Se ha pasado el curso completo pidiendo. Nuestros hijos están en infantil: ellos comparten aula y nosotras compartimos grupo de WhatsApp. No ha sido una madre demasiado implicada ni habladora. El año pasado no supe de su existencia, pero este curso se ha ido pronunciando cada vez más. La primera vez que llamó mi atención fue cuando una de las madres sugirió tener un detalle con la profesora el día de su cumpleaños: ella se negó, alegando que ya tenía bastante con el regalo navideño y también el de final de curso. Apoyé su argumentación y eso creó una pequeña complicidad entre ella y yo. Ya no solo nos saludábamos a la entrada y salida del colegio, sino que a veces nos quedábamos de charla e incluso, en alguna ocasión, nos escapamos a tomar un café.

La mamá del cole

Era muy maja y me apenaban las dificultades económicas que me compartía en confianza. Tanto ella como su marido estaban sin trabajo, cobrando una ayuda por una incapacidad de él. Nunca acudían a los cumpleaños de clase, ya que “la norma” de regalo conjunto de la clase “obliga” a participar con un Bizum de 10 euros por niño. Un gasto que ella no se podía permitir.

Tampoco podía permitirse tanta manualidad. Adornos para Halloween, Navidad, disfraz de Carnaval… La mujer estaba agobiada con tanta goma eva y silicona. Le animé a compartir sus problemas con el AMPA y la ayudaron. No tuvo que volver a realizar una manualidad, se las empezaron a hacer en el propio AMPA; no pagó más libros ni excursiones. Con respecto a los cumpleaños, las madres levantaron la “obligación” del Bizum de 10 euros para que cada uno pusiera lo que quisiera/pudiera con un máximo de 10 euros.

El sobre blanco

A pesar de todo, ella no llegaba a final de mes. A veces, me pedía cartones de leche o alguna manilla de plátanos. También ha aceptado ropa y juguetes de otras familias del cole. Incluso, se organizó una rifa a su favor para ayudarla con los regalos de Reyes Magos. Al término del curso escolar, confesó que iba tan corta de pasta que dejaría de pagar el alquiler. Me supo fatal. Mi hijo y el suyo son muy amigos, coinciden en el parque y siempre quieren hacer planes juntos. Hablé con mi marido y le propuse destinar parte de nuestra doble paga a echarles un cable, ya que según nos contó estaba al borde de cobrar un trabajito en negro que había hecho y podría devolvernos el dinero. Ok. Sacamos el dinero del banco y se lo tendemos en un sobrecito con la idea de ayudarles.

Llegó la última semana del cole y no volví a coincidir con ella. Le escribí y me comentó que el niño estaba medio malito y que para lo que quedaba de clases, ya lo iba a dejar en casa recuperándose por completo. Perfecto. Sin problema. Dije de verla durante el verano, invitarles a la piscina de casa y a pasar las tardes con nosotros.

Las vacaciones pagadas

A mi marido le surgió una reunión de trabajo de urgencia, de un día para otro. Tenía que darse un salto a la capital y decidió ir en avión por agilizar su desplazamiento. Y en el aeropuerto, pam… se la encontró. Allí estaba: maleta en mano y pamela en la cabeza. Ella no lo reconoció, ya que no han coincidido en persona, pero él sí le ponía cara porque le he enseñado fotos de ambas. Lo típico de “estoy haciendo un café con Fulanita”, y le pasas una foto. Él estuvo ahí, buscando las siete diferencias, pero no encontró ni una. Era ella con su marido y su hijo, el que tiene la misma edad que el mío, el que supuestamente estaba enfermo, al que le hemos pagado la leche y, por lo visto, las vacaciones al parque Warner de Madrid (información extraída en exclusiva por mi marido, ‘el paparazzi’). Con cierto disimulo, quise pedirle mi dinero de vuelta, pero las excusas volvieron, así que de momento lo daré por perdido.

 

Relato escrito por una colaboradora basado en la historia real.