Esta es una de esas historias que una piensa que nunca tendrá la desgracia de vivir, de esa clase de cosas que pasan sin apenas rozarnos y que únicamente le ocurren a los demás en películas y series de televisión. Por desgracia, puedo dar fe de que este tipo de situaciones que tan ajenas nos parecen, son más habituales de lo que un principio podemos pensar.
Mi amigo Diego siempre fue un pilar fundamental dentro de nuestro grupo de colegas. Lo cierto es que Diego era una de las mejores personas que he tenido la fortuna de conocer. No sólo por que nos hiciera reír a carcajadas con sus ocurrencias ni por que fuera el tío más cariñoso, noble y achuchable del mundo, sino porque siempre estaba ahí cuando se le necesitaba, con sus consejos y esa habilidad tan suya de escuchar sin juzgar a nadie.
Nunca entendí por qué esa confianza y seguridad en sí mismo se desvanecía cada vez que una chica le gustaba, pero lo cierto es que así era. A pesar de que en líneas generales era una persona bastante dicharachera, le costaba horrores entablar conversación y muchos menos ligar con ninguna mujer, por lo que aquella timidez se tradujo en pasar los primeros veintiséis años de su vida soltero. Por eso cuando un día, sin esperarlo en absoluto, nos contó que estaba saliendo con Eva nos quedamos flipando.
Eva era la prima de una antigua compañera de clase, una chica que todos conocíamos de haber coincidido con ella en algunas asignaturas. He de reconocer que siempre nos pareció -incluido a Diego- una persona bastante peculiar. Era una chica sumamente seria, no hablaba con nadie, por más que tratásemos de incluirla en la conversación; literalmente no hablaba, se escabullía con una mezcla de miedo y repulsión pintada en la cara. Lo más curioso de todo era que ambas primas no se dirigían la palabra desde que tenían uso de razón, ya que según nuestra compañera, los padres de Eva estaban metidos en una «iglesia muy rara».
Sin embargo, nuestro amigo estaba muy feliz y nosotros quisimos pensar que lo único que teníamos que hacer era despojarnos de nuestros prejuicios y darle una oportunidad. Cuando nos la presentó oficialmente, nos llevamos una sorpresa al ver que la chica parecía haber superado esa timidez extrema que le caracterizaba en el instituto. No es que se hubiera convertido en la alegría de la huerta precisamente, pero al menos estaba algo más abierta a conocernos y a dejarse conocer.
Con todo, nuestros intentos por congeniar y hacer de Eva una más de la pandilla, fueron un fracaso. Mientras nosotros charlábamos sobre temas que, a nuestro modo de ver, eran absolutamente inocuos como la homosexualidad o el sexo en general, ella mantenía los labios sellados en una mueca de disgusto, tan incómoda que nos terminó por incomodar a los demás. Un par de quedadas con su novia bastaron para que Diego dejara de juntarse con nosotros.
Creíamos que tarde o temprano se le pasaría, que aunque ella no quisiera saber nada de nosotros (ni nosotros de ella, todo sea dicho), él volvería a ser el de siempre. Pero nos dimos cuenta de que ya no era ni de lejos la misma persona: nos evitaba, si nos cruzábamos por la calle se hacía el esquivo, no nos devolvía las llamadas… Pero lo más sorprendente fue descubrir el motivo. Según sus propias palabras, relacionarse con nosotros no era sano para su crecimiento espiritual, básicamente éramos un pecadores empedernidos que le llevábamos por el sendero equivocado.
Había empezado a recaudar dinero para su iglesia, a la que aportaba un tanto por cierto de su sueldo cada mes, a relacionarse únicamente con personas del círculo de Eva y sus padres, gente de aquella iglesia a la que su prima hizo referencia en nuestra época del instituto y a la que nosotros no dimos el crédito suficiente pensando que simplemente se trataba de un bulo adolescente. Todo aquello nos olía muy mal e intentamos hablar con él por todos los medios durante meses, pero no hubo manera, ya que ni quisiera cogía el
teléfono ni nos abría la puerta de casa. Pasó un año hasta que volvimos a saber de Diego a través de sus padres.
Nos contaron muy disgustados que su hijo se había casado de forma repentina y que desde entonces había cortado lazos con toda su familia. Ni siquiera les invitó a la ceremonia, ya que como es lógico, habían tratado de abrirle los ojos y más después de saber lo recaudado en la boda más otra cuantiosa suma de dinero, iría destinado al líder de su credo. Y es que Diego se había «convertido» oficialmente a la «religión» que profesaba la familia de Eva y tenía que comenzar una nueva vida lejos de todo aquello que le impidiera ser “puro de alma”. Su pobre madre, hecha un mar de lágrimas nos pidió que no intentásemos contactar con él ya que había amenazado con poner tierra de por medio para siempre si no le dejaban vivir su vida en paz.
Y así lo hicimos, con una pena tremenda por perder a quien había sido el alma de nuestro grupo de amigos de toda la vida y a quien no volvimos a recuperar. Resulta tremendamente doloroso verle pasear por la calle rodeado de sus cinco hijos y no poder acercarse a conocerles, a darle uno de esos abrazos que él solía regalar siempre que cualquiera de nosotros lo necesitase.
Escrito por Mar Martín basado en un testimonio real.