Era sábado por la mañana, uno de esos que parecen hechos para no hacer nada. Había sido una semana agotadora y decidí que me merecía pasar el día cómodamente en casa, simultaneando entre Netflix y el libro que no había podido abrir en varios días por tener tanto curro. No pensaba ni cocinar, pediría una pizza y listo, sin complicaciones. Llevaba unos meses cumpliendo el propósito de intentar hacerme la vida más fácil y tranquila en la medida de lo posible, y ese día pretendía seguir haciéndolo.

Estaba leyendo apaciblemente en la cama cuando escuché un estruendo enorme en la escalera. Extrañada, salí a mirar. Abrí la puerta y encontré a una chica pelirroja, con las mejillas rojas como un tomate y el pelo revuelto, un mono vaquero y una camiseta rosa recogiendo a toda prisa cosas del suelo y metiéndolas en una caja de cartón. Se presentó y me dijo que era la nueva vecina del tercero. Estaba haciendo la mudanza ella sola y se le había caído toda una caja al suelo en mi rellano, en el segundo piso. Me ofrecí a echarle una mano y la acompañé con las cosas a la siguiente planta.

Pensé que sería un favor rápido: subir alguna caja, bolsas y poco más. Pero cuando crucé el umbral de su apartamento vi el caos que reinaba en aquel espacio, con pilas de cosas empaquetadas, ropa, cajas, bolsas y maletas. Toda una vida a medio desempaquetar, una casa aún por convertir en hogar. Me dio las gracias por ayudarla a subir las cosas y me dijo que me debía una, pero, justo cuando me iba a marchar, me sentí mal por ella y decidí renunciar a mí sábado de relax y ofrecerme a ayudarla con aquel desmadre.

Empezamos a mover y abrir cajas juntas, a reorganizar libros y ropa, a limpiar estantes de la cocina y colocar tazas de muchas formas y colores. Era curioso, pero abrir cada caja me enseñaba una parte de la personalidad aquella mujer. Entre risas nerviosas y comentarios sobre la cantidad absurda de cosas que había ido acumulando con los años, yo atisbaba rasgos de una persona que me empezaba a despertar curiosidad.

Nos fuimos contando cosas sobre nuestra vida, nuestro día a día, nuestra familia, nuestra historia. Me llamaba la atención cómo se movía. Había algo en la manera en que se agachaba a coger las cosas o se ponía de puntillas para colocar algún objeto en alto. Era delicada pero fuerte, no muy alta pero ágil, y tenía una sonrisa preciosa. Cuando la miraba fijamente a los ojos, escuchándola con atención, se le subía el rubor a las mejillas y apartaba la vista, algo que me pareció terriblemente encantador.

Paramos para almorzar y la invité a mi casa. La conversación fluía sin esfuerzo así que se nos pasó el tiempo volando y en nada volvimos a meternos con su mudanza. Y seguimos hablando. Y cuanto más profundizábamos y más personales y profundas eran las cosas que nos contábamos, parecía que se iba extendiendo un puente de intimidad entre ambas. La mudanza se empezó a convertir en un juego sutil de miradas, de sonrisas, de silencios cargados de comprensión. Nuestras manos se rozaban por accidente pero cuando ocurría ya no las apartábamos con rapidez, y la distancia entre nosotras se acortaba con cada gesto.

Se nos hizo de noche y, como aún quedaba faena por delante, le dije que podíamos cenar en mi casa y ya seguiríamos al día siguiente. Cogió una botella de vino que venía en una de las cajas y nos bajamos a mi piso. Y allí, en el sofá, exhaustas, nos la bebimos entera mientras esperábamos que llegase la cena. Con cada sorbo aumentaba la tensión, las miradas se intensificaban y se mezclaban con risas nerviosas y contacto físico más intencionado, como si ambas supiéramos que estábamos tanteando el terreno. Era evidente la conexión entre ambas. Pero ninguna daba el paso. Una parte de mi pensaba que nos habíamos conocido esa misma mañana, que era absurdo sentirme así hacia alguien con tanta rapidez. Finalmente, tras la cena, se marchó a su casa y no pasó nada. Pero yo me pasé la noche deseando que llegase la mañana siguiente para volver a verla.

A las 10 de la mañana, como un reloj, estaba en la puerta de su casa, tal y como habíamos quedado. Reconozco que apenas había pegado ojo. No sabía qué me estaba pasando pero estaba dispuesta a hacer caso a mis sensaciones. Ella abrió la puerta con expresión de sorpresa y sonrió de oreja a oreja. Dijo que no estaba segura de que fuese a aparecer después de la paliza del día anterior y le dije que siempre cumplía mis promesas.

Poco a poco el apartamento empezó a tomar forma con cada cosa en su sitio. Y cuando tras unas horas finalmente acabamos, nos desplomamos en el sofá, satisfechas y cansadas. Nos miramos, sonriendo, y esta vez ella no apartó la mirada. Y así, de la forma más sencilla y sincera, nos besamos. Fue un beso lento, como con precaución, pero la electricidad que sentí desde el mismo instante en que sus labios rozaron los míos me dejó claro que aquello no era solo atracción, al menos, por mi parte. Me sentí viva de una forma que hacía mucho que no experimentaba. Y eso me dio vértigo. Le dije que debía irme porque había quedado y me pareció que su rostro se ensombrecía por un momento antes de decirme que no había problema. Me levanté y me dispuse a salir de su apartamento sintiendo que algo en mí había cambiado.

Me pasé horas pensando. Era una chica soltera e independiente que no tenía intención ninguna de empezar nada con nadie, ni siquiera físico. Tenía previsto quedarme sola y tranquila una buena temporada. Y esto me había descuadrado los esquemas. Qué irónico, la había ayudado a ordenar su mudanza y eso había acabado desordenando mi plan de vida. Pero así había sido, y no tenía intención de negarme a la evidencia. Ella me gustaba, y mucho. Y parecía que era recíproco. Me levanté del sofá y bajé a llamar a su puerta.

Esa noche fue nuestra primera cita oficial. De eso hace ya ocho meses. Despacito, sin prisa ninguna, nos fuimos conociendo y acabamos saliendo formalmente. Aún me parece una locura cómo surgió todo si me paro a pensarlo. Y es que a veces, un hecho o acto que crees simple y sin trascendencia se acaba convirtiendo en algo mucho más grande que llega a tu vida para ponerla patas arriba y cambiarla por completo. En este caso, para bien.

Escrito por Carol M. Basado en un testimonio real anónimo.