Siempre he sido gorda y siempre me he querido mucho. Nunca he tenido problemas con mi cuerpo. Me miraba en el espejo y me gustaba lo que veía. Sabía sacar partido a mis curvas, vestir bien y gustar a los hombres. Segura de mi misma y con labia, no me han faltado nunca pretendientes.

Pero de buenas a primeras tuve que adelgazar. Un problema de salud grave me hizo parar y replantearme muchas cosas en mi vida, entre ellas, mi peso. Fue una decisión médica, no estética, como os digo, yo era feliz con mis michelines. Con dieta y ejercicio perdí 30 kilos y la verdad es que me quedé estupenda.

Como había cambiado de talla, me di el gusto de renovar mi vestuario. Entrar en tiendas en las que antes ni me molestaba en mirar fue una experiencia nueva y, para qué mentir, emocionante. También me cambié el pelo y me atreví con un corte bob con flequillo recto, un estilo de pelo que siempre me había gustado, pero pensaba que no le quedaría bien a mi cara tan redonda. Pero mi rostro también había perdido volumen así que me atreví a cortarme la melena y quedé encantada con el resultado.

Mi aspecto físico había cambiado tanto que gente a la que llevaba meses sin ver no me reconocía. Me cruzaba con gente por la calle que no me devolvía el saludo. Hasta que me di cuenta de que muchos no sabían que era yo.

También renové mis fotos de perfil en redes sociales. Y en Tinder fue cambiar las fotos y me llovieron los matches. Me mandaban mensajes alabando mi belleza y mi cuerpo. Yo estaba acostumbrada a que me dijeran que era guapa de cara o mona, eso de “vaya tipazo tienes” se me hacía como raro.

Entonces me pasó una cosa muy curiosa: estaba quedando con un chico de Tinder, la cosa iba bastante bien, nos lo pasábamos muy bien juntos. Un bueno día se me ocurrió contarle que yo antes pesaba casi 90 kilos y me pidió que le enseñara una foto mía. Cuando la vio, se echó a reír y me soltó: «Si llegas a estar aún así, jamás hubiera quedado contigo». A la chica gorda que había dentro de mí le dolió tanto aquel comentario, que dejé de quedar con él después.

Entonces, tras aquel suceso, tomé una decisión: volví a poner en mi perfil mis fotos de cuando estaba gorda. Fue una especie de experimento, quería ver si los tíos estaban interesados en algo más que un físico.

Que, a decir verdad, tampoco es que yo buscara en Tinder un novio con el que comprometerme y tener hijos, pero no me gustaba la sensación de sentirme un trozo de carne.

Los que deslizaban a la derecha porque les parezco mona o porque les gusta mi perfil, donde digo cosas como “adoro las croquetas y el sarcasmo”, ganan la primera ronda. Los que no… bueno, probablemente a mi ellos tampoco me iban a interesar, así que mejor, me ahorro quedar con cretinos o gordófobos.

Una vez pasaban el filtro ya me ponía a hablar con ellos y les contaba que las fotos era yo de hace un año aproximadamente y que ahora pesaba 30 kilos menos, ¿y sabéis lo que me he encontrado? ¡Pues de todo!

Algunos directamente me acusaban de haberles engañado y se enfadaban muchísimo. “Es que no pareces la misma persona” me dijo más de uno. Con el tiempo descubrí que aquellos que se ofendían tanto porque ya no estaba como en las fotos, era porque buscaban chicas gordas para cumplir sus fantasías sexuales. Porque también los hay, chicos que solo se excitan con chicas con sobrepeso.

 

Luego están los que se alegran muchísimos de que ahora estés delgada y quieren ver tus fotos actuales a toda costa, como si fuera un trofeo que hubieran ganado sin esfuerzo. Y ahí es donde decido cortar la conversación. Como os decía antes, no busco marido en Tinder pero tampoco que me traten como un premio.

Por último, está ese pequeño porcentaje que me ha devuelto la esperanza en los hombres. Son los que ni siquiera se inmutan cuando les cuento mi historia. “Ah, vale, me parece bien”, dicen, y seguimos hablando como si no hubiera ocurrido nada. Son hombres que no solo valoran una cara bonita o un cuerpo normativo, sino que están dispuestos a conocer a la persona que hay detrás. Algunos incluso me han dicho que les gusta mi actitud, esa mezcla de confianza y sentido del humor que no tiene nada que ver con mi talla.

Pues estos últimos son con los que suelo quedar en persona para tomar algo, ir al cine o lo que surja. Que luego cuando nos conocemos fuera de la app ha habido muchos que me han salido rana, pero ya al menos han pasado los primeros filtros.

También os cuento que con alguno quedé sin avisarle de que la chica de las fotos era yo con cuatro tallas más. Y lo primero que pasaba es que no me reconocían. Quedaba con ellos en un sitio concreto, los veía llegar y mirar hacia todos los lados sin verme. La mayoría de las veces tuve que acercarme yo a decirles “¡Hola! Soy la del Tinder”. Y claro, pues flipaban.

Y luego pues lo mismo que cuando hablo con ellos por Tinder: estaba el que se enfadaba porque ya no tengo esos kilos de más y a él solo le gustan las chicas de tallas grandes; el que parece que le ha tocado la lotería porque había quedado con una gorda y ha aparecido una delgada; y los que menos, a los que les da igual como seas.

Lo curioso es que, en este proceso, he aprendido mucho sobre mí misma. Antes creía que ser gorda era parte esencial de mi identidad, algo que me definía ante los demás. Pero al perder peso, me di cuenta de que no soy ni la gorda ni la delgada: soy yo. Una mujer con defectos y virtudes, con días buenos y malos, con un carácter fuerte y un corazón que a veces necesita un empujón para abrirse.

Usar mis fotos de cuando estaba gorda en Tinder no solo es una manera de filtrar a los cretinos, también es mi forma de mantenerme conectada con mi historia. Porque esa mujer que aparece en las fotos me enseñó a quererme tal como soy. Fue ella quien me ayudó a tener la confianza suficiente para enfrentarme al mundo, incluso cuando mi belleza no era normativa. Y eso no lo voy a olvidar nunca.

 

Escrito por Raquel Acosta, basado en la historia real de una seguidora.