Hace años trabajé en una empresa donde la jefa fomentaba la competitividad y el mal rollo “para motivarnos”. Ella iba a junto de los empleados de un turno y les decía que eran unos inútiles, no como los del otro turno y viceversa.

Lo peor de todo es que solía haber muy mal rollo entre empleados porque, como nadie se atrevía a enfrentarse a ella, era más sencillo acusar a otros compañeros de las broncas de la jefa. Una lástima…

El caso es que cada vez que hacía una contratación inesperada o ascendía a alguien que no tenía sentido que ascendiera (una empleada recién llegada que no tenía ni idea de ninguno de los puestos) se pasaba el día hablando maravillas de esa persona y advirtiendo que haría que el resto de empleados quedásemos como basura.

Un día apareció una chica muy guapa por la mañana preguntando por la jefa, venía a una entrevista. Era algo extraño, pues solía citar a la gente en otro horario y se las llevaba a unas mesas apartadas para charlar en privado, pero esta vez tuvo la entrevista casi delante de nuestras narices.

Entró tras la entrevista advirtiendo que aquella chica sería una “estrella blanca” (jamás había oído esa expresión) y que nos dejaría a las demás como las inútiles que éramos.

De forma excepcional tuvo una segunda entrevista con ella, donde le enseñó las instalaciones y le presentó al personal (solo a los encargados, las demás debíamos ser figurantes).

Ni qué decir que en menos de una semana aquella “estrella blanca” lucía el uniforme de la empresa y daba vueltas cual pollo si cabeza sin enterarse lo más mínimo de la dinámica del trabajo.

Era una chica muy joven y con muchos pájaros en la cabeza. Solía salir de todas las situaciones incómodas con alguna mentira absurda. Al parecer venía de una familia de mucho dinero y estaba estudiando medicina, sin embargo, tenía tres trabajos por horas y siempre que se equivocaba con algún producto decía que no veía muy bien poque era miope y no tenía dinero para comprarse unas gafas.

Era una chica muy peculiar, la verdad, pero la jefa seguía presumiendo de lo guapa que era, lo bien que lucía el uniforme y lo poco que le costaría arrancar y convertirse en la empleada más destacada.

Y en cierto modo fue así, pues poco después de tener sus primeras broncas, empezó a llegar al trabajo con un olor… No sabría describirlo, pero era algo terrible. Ella llegaba al vestuario para cambiarse y dos horas después aquella habitación seguía oliendo a podrido. Nadie sabía de dónde venía aquel olor.

Un día una compañera la avisó de que tenía las ventanillas del coche abiertas, pero ella dijo que lo hacía a propósito, pues quería que su hurón pudiera respirar a gusto.  ¿¡Su hurón!? Con esa voz extraña que solía poner cuando contaba historias fantasiosas, contó que tenía desde hacía poco un hurón y le daba pena dejarlo solo tantas horas, así que se lo traía con ella en el coche y podía estar con él en los descansos.

El olor de aquella chica era cada vez más insoportable como lo era también arreglar los estropicios que ella armaba en la empresa. Sus errores eran tan gordos que nos veíamos todas obligadas a hacernos cargo de nuestro trabajo, de parte del suyo y de enmendar errores. Todo esto a toda velocidad sin que el ritmo de la empresa pudiese parar.

Entonces un día al fin la jefa se bajó de la burra y admitió que aquella chica no era lo que prometía ser (trabajadora, super inteligente, dinámica…), pero esto no era algo habitual. Que esa señora admitiese un error tenía un precio, recibir toda su frustración en forma de gritos y humillación (aunque en esta ocasión no lo hizo totalmente público como solía). Se la llevó aparte y le echó la bronca por todos los errores que había cometido durante el turno, le dijo que estaba harta de ver cómo el resto teníamos que correr el doble por su culpa y, no pudiendo más con el cabreo, le dijo “¡Además hueles fatal! ¡Dúchate antes de venir a trabajar y lava el uniforme, porque este olor es insufrible!” Entonces ella, nuevamente con esa voz extraña, le contestó a gritos también “¡Ya me ducho, pero el hurón está sin castrar y me mea la ropa y la cama a diario! ¡Es lo que hay!

Pagaría todo lo que tengo por volver a ver el gesto de aquella señora escuchando semejante locura a gritos delante de todas a las que nos había amenazado con que la llegada de aquella mujer nos haría desaparecer.

El poco tiempo más que duró en la empresa tapó el olor a pis de hurón con litros de colonia super fuerte que hacían más insoportable respirar a su alrededor. Todas dejábamos las chaquetas en los coches para no ponerla junto a la suya, pues el olor se adhería a la ropa de una manera exagerada.

Poco después desapareció. No recuerdo si se fue, si la echaron… Solo recuerdo algunas de las anécdotas tan graciosas y extrañas que nos dejó. Como cuando dijo que tenía dermatitis atópica y por eso no podía cambiarse en el vestuario, pues hacía mucho frío (eso es cierto, era mejor cambiarse en el congelador), y por eso se cambiaba en la zona en la que comían los empleados. Durante las primeras semanas no era extraño llegar y encontrarse a un encargado cenando, otro empleado con el móvil en su descanso y ella sentada en tanga a su lado, como si nada.

Podríamos decir que era una persona… Peculiar. Desde luego seguro que no era “la estrella blanca” que la jefa esperaba.

 

 

Escrito por Luna Purple, basado en una historia real.

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