Siempre se dice que la única forma de entrar a un hospital para algo hermoso es para dar a luz. Pero no es así. No es la única. Esta noche ingreso en un hospital porque voy a donar médula… a alguien que no conozco.

Hace menos de un año me inscribí en el registro de donantes. No lo hice porque viera un vídeo viral. No lo hice por Mateo, tal vez el caso más conocido en España. Lo hice porque un día tocó cerca, en mi familia política, a la que yo no podía ayudar con mi genética. O tal vez sí… porque os cuento: hay 1 posibilidad entre 40.000 de que un donante anónimo sea compatible con un receptor (no sólo son casos de leucemia… ni os imagináis la de enfermedades de la sangre que acaban en necesidad de trasplante). Cuando mandé aquel email y me extrajeron aquella pequeña muestra de sangre nunca pensé que pudiera pasar. 

¿Quién juega a la lotería pensando realmente, con la mano en el corazón, que un día le tocará? Creo que muy pocos. Eso pensé yo. Hasta 9 meses después. No es broma. 9 meses después llegó la buena nueva, llegó mi persona, llegó mi responsabilidad, llegó mi certeza de haber pasado por este mundo por algo, o por alguien. 9 meses, manda cojones la similitud…

– ¿Marina Romero? Le llamamos porque hay una persona compatible con usted que necesita médula.

Al día siguiente corrí al Centro de Transfusión a que me volvieran a extraer otra muestra de sangre para realizar un estudio genético, digamos, más complejo. Estas pruebas tardaban un par de semanas. Era complicado que el test definitivo fuera positivo, así que preferí no hacerme ilusiones.

 

Pero llamaron. Un número de Barcelona. Era de la Fundación Josep Carreras, encargados del proceso. Ángeles de la guarda de todos nosotros, donantes y receptores.

Una voz de mujer me volvió a preguntar si daba mi consentimiento. Le dije: “Palante, palante, rotundamente sí”. Había alegría en su tono de voz, y comprendí que a pesar de ser su trabajo, era una persona llena de empatía… “Gracias, Marina” es lo que oí… y os juro que es uno de los momentos más emocionantes de mi vida. 

No soy gran amiga de profundidades sentimentales, pero en ese instante comprendí lo que debe sentirse cuando te dicen que vas a ser madre. Había un vínculo, había una persona que me necesitaba a mi, sólo a mi, en cualquier parte del mundo. Había alguien a quien me unía una genética medular casi idéntica. Es extraño… supe lo que es el amor incondicional. Me contaron que a esa persona tenían que prepararla durante semanas para el trasplante, inhibirle su sistema inmunológico, algo peligroso, muy peligroso, y como una madre primeriza, se me agarró a las tripas una tremenda preocupación. No temí por la punción que tenían que hacerme a mi, ni por mi hospitalización, ni la anestesia… no. Sólo pensaba en la otra persona. Os lo prometo.

Por eso hoy entro radiante a un hospital, porque ha llegado el día. Su día. Su oportunidad.

Llegados aquí es imposible hacer un mundo porque te anestesien, te pinchen cuatro veces y media y porque tengas que tomar hierro un par de meses. Es absurdo. El precio es ínfimo.

Lo mío es una nimiedad. Lo único que me importa hoy es la peli que esa persona va a ver estrenarse en otoño… los regalos de Navidad… los besos que se dará con esa chica del instituto que le gusta… las pruebas del vestido para su boda… las extensiones que se va a poner cuando le crezca el pelo… el partido de fútbol que verá en el estadio… esas sí que son las cosas más grandes, más importantes de nuestras vidas. Las que nos hacen vulgares y corrientes. Fijaos: no puedo evitar sentirme especial por lo que acaba de pasarme, mientras esa persona sólo quiere ser normal.

Y aquí estoy, a punto de ingresar. Me acompaña mi hermana. Me miran orgullosa, esconde la pizca de preocupación y sonríe conmigo porque ella también ama incondicionalmente a esa persona, a mi persona. Nunca la veré, ni sabré si es niño o niña. Sólo me importará que esté bien. Y que dentro de poco sea esa persona sana, normal y corriente que me cruzaré por la calle.