Aquel día de 1982 decidí entrar a uno de los bares de moda en pleno corazón de la movida madrileña sin saber que allí, apostado en la barra con su chupa de cuero y su melena desgreñada, se encontraba el amor de mi vida. Tenía dieciséis años cuando conocí a Juan y si algo tenía claro al final de aquella noche, era que quería pasar el resto de mi vida a su lado. Lo que no sabía era que un linfoma de Hodgkin me lo arrebataría tan sólo tres años después dejándome sola y al cargo de nuestros dos hijos.
Nuestra historia estuvo plagada de obstáculos desde el principio, pero no existía dificultad en el mundo que pudiera separarme de él. Yo había nacido en el seno de una familia adinerada y siempre tuve más de lo que podía desear, pero nunca me había sentido parte de ese mundo elegante y cuando Juan entró en mi vida creció en mí la idea de salir ahí fuera y conocer el mundo lejos de aquella cárcel con barrotes de oro que era mi vida. Cuando mis padres se enteraron de que me había enamorado de un chico de clase trabajadora con el que además pretendía casarme, pusieron el grito en el cielo. Me dejaron bien claro que era la vergüenza de la familia y que si seguía adelante con aquella relación no querrían volver a saber nada más de mí. Con todo, decidí casarme y dejar atrás una vida de lujos, aceptando con todo el dolor de mi corazón el hecho de que para mis padres yo había muerto.
No fue nada fácil construir una nueva vida desde cero sin contar con la ayuda de nadie, pero en contra de lo que mis padres pudieran pensar, a mí no se me cayeron los anillos y me puse a trabajar como la que más para poder salir adelante junto a mi marido. Durante algún tiempo pasamos bastantes estrecheces y teníamos apenas lo justo para vivir, pero yo no había sido tan feliz en toda mi vida. El día que mi hijo nació, me di cuenta de que nunca había necesitado el dinero de mis padres, porque yo tenía la fortuna más grande del mundo entre mis brazos. No me importó que nadie de mi familia viniera a conocer a mi pequeño ni tampoco a mi hija cuando nació un año y medio más tarde. Pero lo cierto es que no me importó en absoluto, porque yo ya tenía todo lo que necesitaba y si mi marido estaba a mi lado, nada podía ir mal.
Hasta que un día, Juan empezó a encontrarse mal y a perder peso a un ritmo alarmante. Al principio lo achacamos al cansancio propio de tener dos hijos pequeños y a las largas jornadas de trabajo, pero cuando descubrimos que tenía un bulto en el cuello acompañado de una fiebre de órdago, fuimos corriendo al hospital. El diagnóstico, linfoma de Hodgkin. La verdad es que no teníamos ni idea de qué tipo de enfermedad era, así que cuando los médicos nos dijeron que se trataba de un tipo de cáncer la noticia nos cayó como un jarro de agua helada. En la década de los 80 España no disponía de un tratamiento efectivo, por lo que la tasa de mortalidad era considerablemente alta y la esperanza de vida bastante más corta que en la actualidad.
No podía hacerme a la idea de que mi marido, el amor de mi vida y padre de mis hijos, fuera a dejarme tan pronto sin que yo pudiera hacer nada para evitarlo. Tan sólo unos meses después, una mañana de Nochebuena, aquel chico alto y delgado de mirada dulce y melena desgreñada del que me enamoré perdidamente hacía tres años, murió en la cama de un hospital a los veinticuatro. Lo cierto es que mis ganas de vivir se macharon detrás de Juan aquel día y sé con certeza que yo misma hubiese puesto punto y final a mi vida de no haber sido por mis hijos. Desesperada, acudí a mis padres; era una madre de diecinueve años que acaba de perder a su marido, ¿qué más podía hacer? Sin embargo, cuando me presenté a la que había sido mi casa con mis dos hijos en brazos, ellos me cerraron la puerta en las narices después de decirme que fuera a llorarle a mi otra familia.
Mis suegros tampoco quisieron tenderme la mano, me dijeron que bastante tenían con haber perdido a su hijo pequeño y que no podían hacerse cargo de una cría y de sus hijos. Me dolía el alma por mis hijos, no era capaz de entender ese desinterés hacia dos criaturas tan pequeñas por parte de sus propios abuelos. Estuve a punto de tirar la toalla, pero entonces apareció un ángel para devolverme la fe: mi cuñado, el hermano mayor de Juan. Fue él quien me ayudó a gestionar la pensión de viudedad que me correspondía, cosa que yo desconocía por completo y, junto a su mujer, me encontró un trabajo mejor remunerado con el que poder sustentar más holgadamente a mis hijos, si bien es cierto que durante un tiempo ellos me echaron un cable.
Cuando mis hijos fueron algo más mayores, comencé a rehacer mi vida muy poquito a poco y un día, sin esperarlo en absoluto, conocí a alguien que me devolvió la ilusión. Miguel es un hombre estupendo y cariñoso que desde el principio ha querido a mis hijos como si fueran suyos, sin embargo y aunque cuento con la bendición del hermano de Juan para dar el paso, nunca he sido capaz de volver a casarme. Quiero a Miguel con locura y estoy muy enamorada de él, pero en el fondo de mi corazón sé que sólo tuve un gran amor en mi vida y que, aunque ya han pasado muchos años desde que se marchó, todavía pienso en él como el primer día, apoyado en la barra de aquel bar.
Escrito por Mar Martín basado en un testimonio real.
