Mi amiga y yo somos dos renegadas de todo aquello que conlleve una disminución de calorías en nuestro cuerpo serrano. Tanto si es en forma de comida poco calórica como de ejercicio. No es que tengamos sobrepeso, pero evidentemente nos sobran unos kilitos que a priori no son difíciles del todo de perder, pero hay etapas de nuestras vidas en las que “unos kilitos de más” son “varios kilos” que te hacen ganar hasta una talla.

Y es así como en una de estas etapas en las que ambas estamos metidas en un bucle de ansiedad en los que nos daba por atracar la despensa decidimos parar para que aquello no fuese a más, y ponernos a dieta (cada una por nuestro lado). Pero ojo, que nuestras dietas tienen sus lagunillas… porque los fines de semana están para disfrutar y eso es indiscutible. Así que mi amiga, para reforzar el proceso, decide apuntarse al gimnasio. Y yo, inconsciente, no tengo otra cosa que decir que… “¡me apunto contigo!”.

Ni qué decir tiene que ninguna de las dos habíamos pisado un gimnasio antes… Así que como no teníamos mucha fe en nosotras, decidimos que sería uno de estos low cost en los que no te piden permanencia pero a cambio la maquinaria está en dudosas condiciones, el personal es casi inexistente, las duchas tienen los mismos moños de pelos en el desagüe durante días…  Tres meses duramos (y mucho me parece, también os digo).

El caso es que nosotras, por algún motivo que desconozco, porque taquillas había de sobra, compartíamos siempre una. Supongo que como eran amplias y ahí cabían las dos bolsas… Y como tenemos bastante fe en la humanidad (nótese el tono irónico) la cerrábamos con un candado de los más malos que podía haber de la tienda de los chinos, de esos que compras otro y le sirven las mismas llaves para el mío que para el tuyo. Pero oye ¡quien tenga miedo a nacer que no nazca!

Y resulta que uno de estos días en los que acabamos el ejercicio, procedemos a ducharnos. Nos desvestimos, nos ponemos nuestra toalla, las chanclas, guardamos la ropa sucia, volvemos a poner todo en la taquilla, la cerramos con nuestro mega candado súper seguro y nos metemos en la ducha (las duchas no las compartíamos, que todo tiene un límite). Hasta aquí todo correcto. Hasta que procedemos a abrir la taquilla para vestirnos. 

Nos ponemos las dos en los bancos que hay frente a nuestra taquilla… Yo miro a mi amiga, mi amiga me mira a mí, ambas pensando que la otra estaba pensando que estaba muy cansada. No pasa nada, aún no hemos caído en lo que realmente estaba pasando por nuestras cabezas. Pasan unos segundos hasta que le digo: “Rocío, abre la taquilla ¿no?”.  Y me responde: “Ábrela tu que tienes la llave”. TRAGEDIA. Ambas nos miramos con los ojos como platos, con más miedo que cuando abres el buzón y hay una carta de hacienda, y acto seguido nos miramos las gomillas que tenemos en las muñecas, donde una u otra solíamos engancharnos la llave. Y en ese momento tuve un “darme cuenta” y visualicé en mi mente el momento en el que metí la llave en el bolsillo de la mochila, las guardamos y cerramos la taquilla con el candado. TIERRA TRÁGAME.

Así que allí estábamos mi amiga y yo, con una toalla liada en la cabeza, otra en el cuerpo y las chanclas… y solas, porque nos gusta tanto el gimnasio que siempre íbamos a las horas que menos gente había, incluidos trabajadores. Y a esa hora solo quedaba el chico del mostrador, que obviamente se encontraba en el mostrador, justo en frente de la entrada, cuya pared era una preciosa cristalera con vistas a la calle principal.

  • Tía ¿qué hacemos ahora?
  • Yo qué sé… me he bloqueado.
  • Vamos a esperar a ver si viene alguien a cambiarse y le decimos que salga a llamar a alguien de aquí.

Y ahí estuvimos un rato las dos sentadas, sin que entrara nadie… hasta que apareció una “amable” señora mayor a la que después de resumirle nuestra situación, le preguntamos si podía avisar al chico de fuera. La señora salió y volvió a los pocos segundos: “en mostrador no hay nadie” y se fue tan pancha. Ni salió de ella ni nos dio opción de pedirle que mirara en la zona de abajo, que no era entrar en Mordor ni mucho menos… era bajar una rampita y echar un ojo. No, la señora se fue sin ningún atisbo de piedad con nosotras. Así que ahí nos quedamos en la misma situación que antes: “entoalladas” y esperando a que entrara alguien.

Pasaron como diez minutos más y ya nos entró una especie de risa nerviosa porque ambas sabíamos lo que iba a pasar… alguna de las dos teníamos que salir a buscar a alguien que nos echara una mano. Así que nos lo echamos a piedra papel o tijeras. Me tocó a mí. Venga va, es lo justo por olvidarme las llaves dentro. 

Salgo mirando para todos lados… no había nadie. Me meto una carrera y veo venir a dos muchachos que van para sus vestuarios, así que me espero a que entren. ¿Podría haber pedido ayuda a esos muchachos? SI. ¿Estaba en un punto en el que me daba más vergüenza eso que salir en busca de ayuda? También. Llego por fin a la salida de los vestuarios y el mostrador está a unos metros. Eso sí, vacío.

Echo una visual a todo el espacio que alcanza mi vista y no lo veo. Vuelvo a entrar al vestuario y le digo a mi amiga que no hay nadie. “¡Pues ve a buscarlo o nos quedamos aquí a dormir!”. No amiga, esa no era la respuesta que quería oír. Yo quería escuchar algo así como: “venga va, voy yo a buscarlo…”. Pero no, no coló. Así que a joderse, a armarse de valor y a salir a buscar al muchacho del mostrador. Misma operación, mismo recorrido y me vuelvo a encontrar a los dos muchachos de antes… esta vez ya cambiados. Y otra vez me vuelvo y espero a que se vayan para salir.  Ahora sí, desde la puerta de entrada de vestuarios se veía al chico en el mostrador, e intento llamarlo discretamente con un: “shhh, shhh”. No me escucha con el ruido de las máquinas, me cago en tó. Doy un par de pasos adelante y vuelvo a llamar, esta vez con un poco de menos discreción, pero no muy alto: “Perdona… perdona”. Nada.

Y con este modus operandi me encuentro con mi maravilloso atuendo en mitad de la sala cuando el muchacho por fin me ve. Le explico lo que ha pasado y  con una tranquilidad pasmosa, como si esa situación ya la hubiese vivido antes, me dice que vuelva a entrar y que si hay alguien que le diga que se tape o que no salga de la ducha porque va a entrar una persona del sexo contrario.

De vuelta al vestuario sólo estaba mi amiga tal y como la dejé y le digo que ya vienen a ayudarnos. Y a los pocos minutos aparece el chico con un cortafríos de un tamaño descomunal y sin más indagaciones nos pregunta cuál es la taquilla. Podría haber sospechado que habíamos montado eso para robar alguna taquilla, pero creo que nuestra cara de apuro era tal que nos daba total credibilidad. 

Cuando mi amiga y yo vimos el candado en el suelo y la taquilla abierta miramos a ese chico como si estuviésemos ante el mismísimo Capitán América. Se había convertido en nuestro héroe. 

Y con esto, el resto de la semana la dedicamos a andar en vez de ir al gimnasio, esperando a que el chico cambiara de turno para no tener que verlo y morirnos de la vergüenza. Eso sí, a nuestro regreso ya íbamos con un candado numérico que no necesitan llave.  Uno cada una, porque a partir de ese día también decidimos dejar de compartir taquilla.

 

VirPino