A veces pienso que soy un poco exagerada. Que en una relación hay vaivenes, que no todo es de color de rosa y que quizá no es para tanto. Que siempre tiendo a romantizar las relaciones de pareja.
Y otras veces me muero de rabia y rencor, porque me dolían tantas cosas…
Voy a contar un trozo de mi historia. Digo un trozo porque podría escribir un libro entero.
Mi nombre ficticio es Mireia.
Cuando conocí a mi pareja, casi todo era perfecto: el chico guapo, con buen cuerpo, atento, cariñoso, que me escribía, me llamaba y no estaba conmigo solo por sexo.
A veces hasta me sorprendía que no “se tirase a por mí al cuello”. Venía de relaciones donde eso era lo habitual, y me desconcertaba un poco. No sé si para bien o para mal.
No es que yo sea un “mujerón”, pero si a un chico le gustas, lo normal es que sea pasional. Yo pensaba que era por respeto.
Nos acostábamos, sí, pero todo era muy light y poco frecuente. Tampoco le di mucha importancia: no todos somos igual de pasionales.
Además, él me decía que me iba a cuidar y apoyar, porque yo estaba pasando por un bajón por la muerte de un familiar. Me mandaba cosas bonitas, estaba pendiente… Casi perfecto.
Pero poco a poco empecé a notar cosas que me rechinaban.
Al poco tiempo nos fuimos a vivir juntos. Él trabajaba fuera, en otra ciudad, y pasaba una semana allí y otra conmigo.
Al año de conocernos quiso ser padre. A mí me pareció pronto, pero estaba enamorada, ya tenía una edad y no quería postergarlo más. Me quedé embarazada enseguida.
Durante el embarazo me sentía triste a menudo, sobre todo cuando él salía de fiesta hasta las tantas en la ciudad donde trabajaba.
A veces le llamaba y me colgaba el teléfono con la excusa de que era de mala educación contestar si estaba con amigos.
Yo solo quería saber si estaba bien. No pedía hablar una hora, solo un “todo bien, luego te llamo”.
Pero no. Según él, mis argumentos no eran válidos y yo era “tóxica” por reclamarle atención.
Me decía:
“¿Qué más da que te cuelgue o que te diga que no puedo hablar? Es lo mismo.”
Yo no lo veía igual, pero daba igual.
Sus salidas nocturnas eran constantes, a veces sin saber de él en dos días. Yo le decía que estaba bien salir, pero que me preocupaba ese ritmo, más aún sabiendo que iba a ser padre.
Con el tiempo dejé de decirle nada, porque solo servía para que se enfadara. Me hacía sentir culpable, como si fuese una pesada.
Hasta que un día, con ocho meses de embarazo, encontré algo.
Estaba mirando en la tablet cosas de bebé. No era suya, era la que usábamos los dos, pero estaba sincronizada con su ordenador. Sin querer, vi su historial de búsquedas.
Primero me dolió ver que veía porno muy a menudo. Intenté no darle importancia, pensé: “Está lejos, es una forma de desahogarse.”
Pero seguí mirando. Y ahí lo vi.
Había buscado escorts en el barrio tal y cual.
Yo, ingenua, no tenía ni idea de lo que era una escort.
Pensé que era un coche de Ford. Hasta que busqué lo que significaba.
También encontré palabras como bukake. Me quedé helada.
Me dio ansiedad, me temblaban las manos. No sabía qué pensar.
Cuando vino a casa le pedí explicaciones. Al principio lo negó todo.
Le dije que lo había visto en la tablet. Se quedó callado, sin saber cómo salir del paso.
Al final reconoció que veía porno, pero dijo que lo de las scorts era publicidad.
Le insistí: no era publicidad, estaba escrito en el buscador.
Siguió negándolo. Yo lloraba.
Me acusó de violar su privacidad. Le expliqué que no lo había espiado, que fue casualidad.
Y aun así, terminé sintiéndome culpable, como si yo fuese la que había hecho algo mal.
Después de mucho discutir, lo admitió.
Dijo que lo buscó solo “por excitación”, que nunca había estado con nadie, que era por morbo, que se sentía solo…
Se victimizó. Y yo, en vez de enfadarme más, acabé sintiendo pena.
No sé si creerle.
Estuve a punto de dejar la relación, pero no lo hice por mi embarazo. A veces me arrepiento.
Otras veces pienso que quizá sí decía la verdad y que soy yo la exagerada.
No volví a sacar el tema. Creo que o se supera o se rompe.
Yo decidí callar.
Pero lo guardo dentro.
Y esa herida sigue abierta.
Desde entonces, ya no intento dialogar. Cada vez que expreso algo que me molesta, él se altera y acaba en bronca.
Así que me callo todo, porque hablar solo me hace sentir peor.
No sé si existen hombres que no hagan este tipo de cosas.
No sé si todos son así.
No sé si mis expectativas son demasiado altas o si simplemente me cansé.
Solo sé que, con el tiempo, lo que antes me dolía ahora me deja indiferente.
Y eso también es una forma de romperse por dentro.
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