He podido ser testigo de cerca de un amor poco habitual y, con permiso de los protagonistas, os lo quiero contar.
Mi amiga Rosa se quedó en paro hace unos años y, como yo, decidió retomar sus estudios. Es posible que las personas que en los 2000 dejamos los estudios a medias llevados por motivo erróneos o por necesidad, ahora estemos retomando nuestras vocaciones y formaciones siendo ya adultos, añadiendo los estudios a nuestras listas eternas de responsabilidades. Quizá sea algo que está pasando a nivel global o quizá es una realidad que me rodea a mí y a mi círculo de forma casual, no lo sé.
El caso es que el mismo año que yo comencé mi ciclo, Rosa decidió matricularse en las asignaturas de la carrera que le faltaban. Tras más de diez años en curros de mierda, recordó su verdadera vocación y sintió rabia por estar peleando por un contrato decente en trabajos donde no la valoran y donde su máxima aspiración era que en este sí le pagasen cada mes. Por eso, tras la última finalización de contrato, volvió a una empresa que había dejado porque hacían contratos de pocas horas, pero donde la trataban muy bien y decidió pasar un año viviendo de forma austera y tirando de ahorros, pero así podría terminar la carrera y buscar cómo culminar su formación para aspirar a un trabajo de su interés real.

Empezó con muy poca ilusión y mucho miedo. Ese año cumplía 40 y no sabía si estaba preparada para estar rodeada de “pipiolos”. Tenía miedo de sentirse demasiado mayor para según qué cosas y le daban mucho miedo los trabajos grupales y que sus nuevos compañeros la tratasen distinto. Obviamente no se iba a ir de botellón con ellos los jueves, pero sí le gustaría poder conocer gente nueva.
Su primera sorpresa fue encontrarse con varias personas en su misma clase de su edad o incluso mayores, la siguiente fue que uno de ellos no solo fuese de su misma quinta, sino que fuese el hombre más atractivo que había visto en mucho tiempo.
De pronto esas mariposas en el estómago de cuando te mira el que te gusta en el instituto estaban ahí de nuevo. Los jueguecitos de los apuntes, las miradas, los gestos furtivos… Era una adolescente de nuevo. Aquel chico tan interesante estaba entrando con ella en un juego de coqueteo con el que no contaba en absoluto.

Él tenía 43, hacía tres años que había empezado la carrera de cero. Cuando era más joven su padre había fallecido y su madre había entrado en una depresión profunda que le impedía trabajar, por lo que había dejado todo para poder mantener a su madre y hermanas. Hacía un tiempo, a su madre le había tocado bastante dinero en la lotería y había decidido invertirlo en los estudios de su hijo para compensarlo y agradecerle todos los sacrificios que había hecho mucho antes de lo que le correspondía. Así que estaba a punto de terminar una excedencia en su trabajo y debía sacar el máximo de asignaturas posible.
Entre cafés de descanso en las tardes de biblioteca y cañas de relax los viernes al salir de la última clase, Rosa había hecho un pequeño grupito de amigos bastante interesante. Para nada sectario, pues había chicas y chicos de todas las edades. Sin embargo, fueron los miembros del grupo más mayores los que aplaudieron y gritaron con emoción el día que aquel apuesto hombre tan trabajador y honrado, tan atractivo e interesante, besó a Rosa nada más llegar al bar como si de un impulso primario se tratase.

Tantos meses de juego, tantas miradas almacenadas en la retina, tanta ilusión contenida había tenido que explotar. No tenía planeado que fuese en público. No tenía planeado nada, en realidad. Pero al verla no pudo esperar más tiempo sin expresarle el deseo y admiración que le hacía arder las venas.
Rosa se dejó llevar por aquel arrebato de amor y seducción y se abrazó a su cuello para que no se apartase demasiado pronto por los vítores y aplausos. Pero ambos eran ajenos aquel ruido, ellos solamente querían fundirse un rato por todas las veces que habían deseado hacerlo antes.
Formalizaron la relación con mucha velocidad. Rosa nos presentó a su nuevo novio muy pronto y en cuanto lo conocimos supimos que estaban hechos el uno para el otro. La mamá de él se emocionó mucho al conocerla, pues siempre se había sentido muy culpable de que su hijo se hubiera perdido casi toda su juventud por ocupar el papel que su marido y ella habían dejado vacante anticipadamente.

La pobre señora, con una enorme alegría, se volvió al pueblo, que era el sueño que siempre había tenido, volver a su casita donde nació, y le dejó el piso de la ciudad a su hijo y a Rosa para que ahorrasen el alquiler y pudieran terminar sus estudios con menos preocupaciones. Las hermanas de él lo animaron a renunciar a la reincorporación de su excedencia para terminar su carrera y se comprometieron a ayudarlo si después no encontraba trabajo. Rosa aportaba lo que podía con sus ahorros y lo que iba trabajando unas horitas a la semana…
El siguiente curso fue el año de sus vidas. A pesar del estrés, el esfuerzo y el sacrificio, se apoyaron mucho y se enamoraron más aun… Y así ambos terminaron sus carreras y comenzaron una vida juntos que solamente les ha traído cosas buenas a ellos y alegría a quienes los queremos y nos emocionamos por ellos.
Dos personas que lo sacrificaron siempre todo por los demás y que hoy en día han podido ser lo felices que merecían haber sido desde el principio.
Escrito por Luna Purple, basado en una historia real.
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