A finales de siglo pasado yo tenía unos 25 años y en esa línea de querer probarlo todo antes de que fuera demasiado tarde, para no ser menos, me lie con un hombre casado.

Primer error, éramos compañeros de trabajo, pero se parecía a George Clooney, era la época del boom de “Urgencias”, y tenía unos ojos verdes como semáforos, vamos, que lo demás me importó tres huevos y una tarde de verano en la que un grupo quedamos para tomar algo después de currar, le tiré los tejos abiertamente y él se dejó hacer. 

Segundo error, me enganché a él porque follaba muy bien y como siempre salía corriendo a su casa después de acabar, yo me quedaba fantaseando con que dejaría a su mujer por mí, porque yo era joven, guapa, divertida y una diosa en la cama, ¿qué más podía querer un tipo de cuarenta y dos años y casi veinte de matrimonio? Pues eso, ERROR.

En aquella época nadie hablaba de “follamigos” ni similar, salías con alguien o tenías un lío con alguien, y en este segundo caso, siempre había algún que otro sentimiento de por medio. Quiero decir, no conocía a nadie que follara por deporte ni se me pasaba por la cabeza hacerlo yo. Yo lo que quería era una historia que poder contar algún día, con sexo y algo de amor y, si encima se podía, un final feliz.

Así que dejé que mi imaginación volara y cada vez que el tipo en cuestión saltaba de la cama para irse con su señora, ajena por supuesto a todo, yo sonreía como solo una idiota puede hacer y pensaba “hoy será el día en que le diga que la deja y me escoge a mí”. Y así durante casi un año en el que fui metiéndome cada vez más en mi papel de “amante joven pero sobradamente experta”, compasiva, comprensiva con sus horarios y otras ocupaciones u obligaciones, por supuesto sin salir con otros hombres, solteros y disponibles, y esperando a que la nube rosa de estupidez y fantasía por fin se asentara sobre nosotros y para siempre. Cosa que nunca sucedió, también os digo, porque evidentemente a él le venía fenomenal tenerme siempre disponible y dispuesta a todo.

En el trabajo nos veíamos de refilón, no pertenecíamos al mismo departamento y no solíamos coincidir demasiado, pero un día otra compañera nos pilló en un baño y aunque prometió silencio, no tardamos en ser la comidilla de la empresa y enseguida el jefe se enteró. No valió de nada que su propia mujer hubiera sido una antigua empleada, y que además la conociera estando él aún casado con la anterior, como bien le recordé cuando me llamó a capítulo. Tampoco sirvió de nada que tratara de esgrimir una lanza en favor del “amor que yo sentía”, ni que a la desesperada le reprochara que fuera solo a mí a quien le quisieran abrir expediente, porque eso también pasó, que a él nadie le dijo nada. Pero repito, eran otros tiempos.

Se me dio a elegir entre irme por la puerta grande a otra sucursal, en otra ciudad, o ser despedida. Y de entrada opté por lo primero, pero cuando me vi en una ciudad nueva, aislada por completo en la oficina, porque por supuesto allí sabían lo que había pasado y las mujeres me miraban con recelo y los hombres buscaban su propia oportunidad, y apartada de “mi gran amor” y sin posibilidad de verle más que muy de vez en cuando, decidí dejar el puesto y volver a mi ciudad.

Apenas le vi una vez más, que le sirvió para romper conmigo definitivamente, y yo lloré lo que no está escrito durante unas cuantas semanas, de rabia, frustración, desamor y, sí, lo confieso, vergüenza por haber perdido mi trabajo, mientras me prometía a mi misma no volver a liarme con un fulano casado o, como mínimo, con un compañero de trabajo. 

Y hasta el día de hoy he cumplido.

 

Pandora