Yo también ‘felicitaba’ a mis ex como Shakira
Llevo todo el verano escuchando la canción de marras y siempre que suena me viene a la mente todas las veces que he sentido la necesidad de soltarle a alguien lo mucho que la ha cagado conmigo, pero sutil, como quien no quiere la cosa. Y es que las que pasamos la adolescencia en el Messenger cultivamos esa pequeña aura de pasivo agresividad desde el momento en que decidimos que era buena cosa mostrar la canción que estabas escuchando en el estado. ¿Os acordáis?
¿Qué tu amiga te ha traicionado liándose con el que te gusta? ¿El que te gusta te ha dado plantón? ¿Tus amigas te han hecho el vacío en clase y no sabes por qué? Pues indirecta al canto.
El drama estaba servido con guarnición de victimismo para acompañar. Pero hoy no vengo a hablar de eso, más bien, me he dejado invadir por la nostalgia de aquella época en la que yo ―e intuyo que muchas de vosotras― aprendisteis esta estrategia de desahogo, con todo lo bueno y lo malo que conlleva.
La realidad es que la gestión de las emociones es uno de los mayores retos a los que nos enfrentamos en esta vida, al menos, en lo que respecta a relacionarse con los demás.
Desde que era una niña me enseñaron que el arte era una forma más de canalizar esas emociones que no terminas de digerir y estoy convencida de que en la canción de Shakira hay un poquito de eso (y también mucho marketing). Así que no debería sorprender a nadie que las adolescentes que fuimos, con nuestras hormonas en plena ebullición y su correspondiente montaña rusa emocional, acudiéramos a algo tan fácil y tan de moda como lanzar indirectas a través de canciones o poemas o citas célebres solo por quedarnos a gusto.
Bueno, miento, en el fondo había algo más: hacerlo público implicaba hacer partícipe al resto.
Así que sí, yo también ‘felicité’ a mis ex y a mis crushes y algunas amistades, porque es muy fácil sucumbir a ese “actuar en caliente” y desahogarte en público. Sin embargo, con el paso del tiempo, empecé a darme cuenta de que, cuando lo hacían otras personas, a menudo sentía vergüenza ajena. ¿Por qué? Más allá de que cada persona tiene su forma de expresarse y que hay quienes nacen con un don nulo para la sutileza, me di cuenta de que no me aportaba nada conocer tantos detalles de la vida de otros, pero, sobre todo, lo que más me chirriaba era que no servían para nada.
Tal y como yo lo veo, se empleaba demasiada energía para una cosa que, seguramente, a la otra persona le daba igual. Si habíais acabado en malos términos ya sabía que estabas enfadada, decepcionada, dolida o lo que fuera, no necesitabas un titular a todo color para hacérselo saber.
Por lo que el objetivo real no era lanzar indirectas, ese era el pretexto, sí, pero lo que de verdad pretendíamos era demostrar al mundo lo mala persona que era el otro y, en ocasiones, promover su difamación.
No digo con esto que Shakira pretendiera eso con su Te felicito, (tampoco lo desmiento) pero al tratarse de personajes públicos las reglas del juego cambian y ella y Piqué, ni que decir tiene, juegan en otra liga.
Por lo que a mí respecta ya no me produce satisfacción dedicar un estado de WhatsApp o unas historias de Instagram a lo Shakira a nadie con la mera intención de poner en tela de juicio el comportamiento de dicha persona, amén de la llamadita de atención protocolaria que eso conlleva.
Si de verdad necesito consuelo o apoyo acudo a los míos, me ahorro muchos pasos y me aseguro de que me van a escuchar los que de verdad me interesan, y no gente cualquiera de internet.
En cualquier caso, si eso te ayuda, mientras no le hagas mal a nadie tampoco tengo ninguna objeción a que te desahogues en público. Y si, por lo que sea, ya has superado esa fase, te felicito. Pero esta vez, de corazón.
ELE MANDARINA
