¿Sabéis lo que es un contrato prematrimonial?
Todo lo que yo sabía al respecto provenía de alguna película, serie o de una revista del corazón.
Parece de esas cosas reservadas a celebridades como Brad Pitt y Angelina Jolie o a personas de los primeros puestos de la lista Forbes, tipo Jeff Bezos.
Desde luego no es algo sobre lo que me hubiera parado a pensar nunca.
Hasta que me vi sentada frente a un montón de folios cargados de jerga legal.
Sin saber que eso terminaría llevándonos poco después a un destino inesperado y a que os esté contando aquí cómo mi boda se convirtió en ruptura por un acuerdo prenupcial.
Mi novio y yo estábamos enamorados.
De verdad de la buena, lo nuestro era amor.
Nos llevábamos de maravilla, nos queríamos y nos respetábamos.
Tuvimos un noviazgo genial, una pedida de ensueño y grandes planes de boda.

Y de pronto un día, comiendo con sus padres y hablando de nuestro enlace inminente y de otros temas sin nada en particular, voy y suelto: ‘Cuidado, cari, no te olvides que una vez nos casemos lo que es tuyo es mío y lo que es mío, es mío. Jajajajajajaja’.
Terminé de reírme yo sola y noté cómo se hizo el silencio.
Uno de esos silencios casi corpóreos que fue interrumpido por el carraspeo de mi novio y por la intervención de mi suegra: ‘Entiendo que os casaréis en régimen de separación de bienes’.
Dijo ella, muy seria, mirando solo a su hijo.
‘Bueno, no lo hemos hablado aún, pero supongo que sí. Como todo el mundo’.
No, amor, todo el mundo no.
Lo pensé, pero no lo dije. Básicamente porque no estaba segura, pero a posteriori hice mis indagaciones y confirmé que lo más habitual es casarse en régimen de gananciales.
Además, me había quedado tan cortada por la reacción de mis suegros y el titubeo de mi chico, que en aquel momento ponerme a sacar porcentajes era lo de menos.
En cualquier caso, a mí me daba igual en qué mierda de régimen nos íbamos a casar. Y si él nunca no había comentado nada al respecto, entendí que porque le pasaba lo mismo.
¿Era más feliz con separación de bienes? Pues vale, sin problema.

Pero no, descubrí cuando sacamos de nuevo el tema, ya los dos solos.
Resulta que lo que para mí y mi escaso o nulo patrimonio familiar era una nimiedad, para la familia de mi futuro marido era una cuestión de vital importancia.
Tanto que, a pesar de que lo habíamos hablado ya, no sin cierta tensión, y llegado al acuerdo de casarnos con la dichosa separación de bienes; a tres meses escasos de la fecha de la boda mi querido novio me vino con que los abogados de su familia habían redactado un acuerdo prenupcial y que quería que lo repasara con calma y lo comentáramos si había algo que quisiera añadir.
Que podía consultarlo con otro abogado si quería. ¡Como si tuviera uno!
Y yo en plan: ¿Perdona? ¿A qué viene toda esta movida?
¿Crees que estoy contigo para hacerme rica o algo?
A ver, un tema importante, supongo.
Provengo de una familia humilde. Humilde nivel usuario, quiero decir, mis padres acaban de terminar de pagar su piso, viven de sus dos sueldos y, cuando falleció mi abuela materna, mi madre heredó unos terrenos rústicos divididos a partes iguales con sus hermanos. Que le han dado más problemas que alegrías, todo sea dicho.
En cambio, la familia de aquel chico era de esas que tiene negocios, propiedades aquí y allá, inversiones, acciones de empresas del Ibex 35 e imagino que algún que otro bitcoin.
Vamos, que no les va nada mal, pero tampoco es que me fuera yo a casar con el heredero más rico de España.
Así que, sí, me sentó mal que alguien se hubiese tomado la molestia de redactar un documento con el que evitar que me diese por desplumar al chaval. Máxime si todo ello se había producido por una broma sin puñetera importancia.
Y me puse a la defensiva. Y discutimos, un poco.
Pero… después de oír sus razones, y porque el tío era todo un seductor, nos reconciliamos. Le prometí que lo leería y analizaría desde la distancia y dejando de lado cuestiones sentimentales. Me dijo que era un asunto práctico y que todos sus familiares y conocidos lo hacían. Yo pensé que debía ser verdad. Una de esas cosas que los pobres ignoramos por completo pero que los más pudientes manejan a diario. Como lo de tener un coche en la casa de la playa a la que vas dos semanas al año, o lo de poner la lavadora a las cuatro de la tarde.
Entonces, unos días después, leí el borrador del acuerdo.
Y me cabreé muchísimo. Porque en aquel documento había cláusulas para todo y que tocaban palos tan diferentes como posibles pensiones en función de la duración del matrimonio, del motivo de la ruptura de este, de eventuales usufructos y hasta de mínimos y máximos de posibles pensiones y custodias para los hijos que pudiéramos tener.
Y fue todo demasiado para mí.
Me sentí insultada, ofendida y, por más que él intentaba explicarme que se trataba de un simple trámite, a mí me dolía su empeño por que lo firmara.
Si de verdad no era tan importante, ¿por qué no podía ser él quien renunciase? ¿Por qué tenía que ser yo la que cediese y firmase una custodia compartida de los hijos que aún no teníamos y sin saber qué clase de padre iba a ser él? Me parecía una locura y un exceso que me costaba la vida tragar.
Nos queríamos, pero discusión tras discusión, bronca tras bronca, brotaba toda la mierda que teníamos escodida. Hasta que algo se rompió y no fuimos capaces de arreglarlo.
No sé si fue la presión de su familia, la desconfianza de ambos, su orgullo, el mío o qué. Solo sé que decidimos aplazar la boda, tomarnos un tiempo para meditar sobre lo nuestro… y tanto tiempo nos tomamos que nos reencontramos solamente para certificar la ruptura definitiva.
Anónimo
Envíanos tus vivencias a [email protected]