Tengo la fortuna de estar rodeada de mujeres increíbles. Mujeres que viajan, que se comunican, que no dejan de crecer. Me he criado entre mujeres que se negaron a hacer lo que se esperaba de ellas y lucharon por su independencia, con orgullo. Eran otros tiempos, ellas ni siquiera se identificarían con lo que hoy llamamos lucha feminista. Lo curioso es que son ejemplos de ella.

 

En mi ADN está marcarse altas metas y conseguirlas, perseguir los objetivos hasta que formen parte de tu currículum vital, alejarme de quienes me cuestionan por intentarlo y protegerme de todo aquello que me haga sufrir.

En mis relaciones de pareja no soy menos: soy cristalina, soy directa, soy apasionada, lucho por que salga bien, cuido y me dejo cuidar.

 

Y cuando me ha ido mal he sufrido, he llorado, me he desesperado…. como tod@s.

 

Pero después me he sorbido los mocos, he levantado la cabeza, he recapacitado, he asumido, he aprendido y he reemprendido mi camino.

 

Siempre sabio, Forrest

 

Hay una verdad (mi verdad) que siempre me ha ayudado en estas ocasiones, y es pensar que UNA VIDA ESTÁ FORMADA POR ETAPAS.

Desgraciadamente no hay nadie que te vaya a acompañar desde tu nacimiento hasta tu último rato en este mundo. Esta verdad es tan dolorosa como liberadora: una vez que interiorizas la transitoriedad de toda relación, paradójicamente ocurre: la disfrutas más.

 

Pero cuando esta relación termina, sea del tipo que sea y por cualquier causa: cambios, muertes, rupturas sentimentales… se ha de llorar la pérdida, recordar lo bueno, agradecer el aprendizaje y DEJAR IR.

La parte más difícil. NADIE LO NIEGA.

 

Lo sano

Y aquí es donde comienzo a sorprenderme con las reacciones de las que yo llamo “amigas que me dan rabia”: Mujeres a las que adoro, inteligentes, válidas, con experiencia vital ya más que suficiente, empeñadas en hundirse más y más en el pozo de la desesperación al descubrirse “otra vez solas” tras una ruptura de pareja.

 

Ellas sufren, pero la que se desespera soy yo cuando compruebo que la duración de su pena se alarga más de lo sanamente aceptado, el bucle en el que se han encallado sus pensamientos, esas lágrimas a las que nada consuela: ni un buen rato con amigas, ni una promoción laboral, ni un viaje antes tan deseado.

Se detienen en ese momento vital en que sus vidas se desgajaron de las de sus ex y vagan por la calle como huérfanas mientras continúan acumulando grandes logros que ni las interesan.

 

El gran logro de seguir vivas, ni más ni menos.

 

Yo, tratando que mis amigas reaccionen

Les explico que debemos apoyarnos en muchas patas para no perder el equilibrio. Las animo a re-encontrarse con su familia, con sus hobbies, con su carrera profesional, con la diversión, con la aventura, con las risas cómplices de su círculo de personas que las siguen amando.

Entonces parpadean, como si despertaran de un letargo que ha durado lo que ha durado mi discurso, y me (se) preguntan de nuevo: “¿Por qué?”.

 

Por qué yo.

Por qué él ya no.

Por qué nadie.

Por qué nunca.

 

No les convencen mis explicaciones y vuelven a refugiarse en la angustia.

 

Yo, cuando mis amigas no salen del bucle

 

Nadie las ha enseñado nunca a ser completamente ellas sin formar parte de otro, y el resto de facetas son para ellas accesorias al hecho de ser alguien para alguien.

 

Y me da rabia su incapacidad de valorar lo que tienen, de aprender de lo sucedido, de ver la cara de la moneda que ellas mismas se están ocultando.

 

Pero son mis amigas, aunque cuando se nieguen la felicidad me den rabia. Y seguiré a su lado hasta que levanten cabeza.

 

 

Las Lunas de Venus

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