Noviembre ha llegado a su fin y parece que no soy la única que se alegra. Y no porque esté deseando que llegue la navidad, que puede que también, sino porque es claramente el mes más triste del año.

Hace un año, durante noviembre, tuve un problema personal bastante grande que disparó mi ansiedad. Tuve que pedir una cita extra de emergencia con mi psicóloga y mi doctora me recomendó medicación de rescate por si me ponía realmente mal.

Durante esos días en que la vida me pesaba demasiado y mi cabeza daba vueltas a 200 cosas más de las otras 150 a las que está habituada a hacer girar, charlé con una amiga. Llevaba un tiempo viéndola no muy bien, pero no me atrevía a preguntar porque no sabía si teníamos tanta confianza. Entonces me contó que había tocado fondo, que la vida le pesaba demasiado, que no podía siquiera parar y que había tenido que sucumbir a la química para superar el bache.

Ese día me contó, a modo anecdótico, que su doctora le recetó dos cajas de ansiolíticos con la idea de que le duren aproximadamente 6 semanas, entonces ella le dijo a la farmacéutica que le diera sólo una y que ya retiraría la segunda más adelante para no tener tantas cajas en casa. Entonces aquella profesional con bata blanca le dijo “Yo si fuera tú me la llevaría ahora, estamos entrando en noviembre, en un par de semanas vamos a estar sin stock”.

¡¿Cómo?! ¿De verdad tenemos tan automatizado el mes del año en que todo se va a la mierda hasta dejar a las farmacéuticas sin existencias de medicación para la ansiedad?  Pues parece que sí.

Un año más tarde, de pronto el mundo se desmoronó bajo mis pies. Todo eran desgracias a mi alrededor, todo dramas realmente serios, y mi cabeza no pudo más. Acudí de nuevo a mi terapeuta y le pedí ayuda urgente. Estaba a tope.

Al parecer no era la única que, de un día para otro, se sentía peor que en todo el año. Tanto que varias de mis preocupaciones tenían que ver con gente que no había podido resistir más… Por eso recordé a mi amiga contando cómo el año pasado tuvo que retirar las dos cajas de ansiolíticos, recordé cuando yo me hundí un año antes por problemas que tenían mucho que ver con que otras personas tampoco estaban en su mejor momento.

Entiendo que las noches tan largas, la falta de luz, el frío, la humedad, esas cosas afecten mucho a las personas, pero me sigue pareciendo increíble que sea al punto de que las farmacias se queden sin existencias, de que las madres en las puertas del colegio pasen a hablar de penas y tristezas, que las cabecitas de nuestros adolescentes se tensen y haya que estar atentas con mil ojos a sus frágiles personalidades en construcción…

Siempre odié septiembre, sobre todo desde que soy madre, pero ahora os juro que noviembre me da miedo