Hay decisiones en la vida que marcan un antes y un después. Qué estudias, a qué te quieres dedicar en el futuro, qué amistades tener, qué pareja elegir, casarte, no casarte, tener hijos, no tenerlos, etc. En aquel momento de la mía, yo estaba en el punto boda. Dos años de relación, una relación cómoda y tranquila, sin muchas discusiones, una relación que en líneas generales consideraba feliz. Y ahí estaba él, de rodillas en el salón de casa de mi madre y con un anillo. Dije que sí, por supuesto. Quería, pero además pensaba que era lo que tocaba, llevábamos bastante tiempo juntos y era el siguiente paso en la vida, ¿no?. Sin embargo, existen otro tipo de decisiones, esas que no se toman desde la lógica o la razón sino desde el corazón, desde la intuición y las entrañas, como si notases que un imán gigante te atrae en la dirección opuesta a la que la lógica te marca. Conocerle a él, lo cambió todo.
No fue un gran encuentro a lo película de Hollywood ni mucho menos. Fui a casa de una de mis amigas a llevarle la invitación de la boda y estaba allí su hermano. Había estado viviendo fuera y nunca habíamos coincidido hasta entonces. Mi amiga preparó café y nos sentamos los tres a charlar. Fue una tarde estupenda y me fui de allí con una sonrisa.
El problema vino cuando pasaron las horas y a mí se me venía a la cabeza todo el rato el recuerdo de la tarde. Y me acordaba del hermano de mi amiga y me entraba algo parecido a nervios en el estómago y una sonrisilla. Sacudí la cabeza y decidí no darle importancia, era un chico mono y agradable y yo estaba muy susceptible con la cercanía de la boda. Sería una tontería sin más.

Esa noche, al abrir Instagram, vi que había empezado a seguirme. Un nudito en el estómago hizo aparición. Le seguí de vuelta y me paseé por su perfil. Y entonces me mandó un mensaje privado. Un saludo y una carita sonriente dieron paso a una conversación que duró horas. Nos dieron las dos de la madrugada. Mi pareja se había ido a dormir temprano y yo, como siempre, me quedé un rato más viendo una serie. Pero esta fue la primera vez que, en lugar de engancharme a la serie, me enganché a otra cosa. Y al día siguiente volvió a pasar. Y al siguiente. Y muchos más. Descubrí que teníamos muchas cosas en común: nos encantaba viajar, la gastronomía, leer fantasía y thriller, hacer maratones de series y películas, el cine, etc. Yo me decía a mí misma que con tanto en común era normal que nos hubiésemos hecho tan íntimos, pero ignoraba deliberadamente que aquello significase nada más que una afinidad y una amistad. Estaba apunto de casarme y solo nos caíamos bien, pensaba. Pero claro, me estaba engañando a mí misma aunque no fuera consciente.
No sé exactamente cuándo pasó, pero un día me encontré deseando que llegase la noche para hablar con él. Y aunque parezca mentira las alarmas se me encendieron ahí, y no antes. Empecé a auto-cuestionarme. Quedaban dos meses y pico para la boda. Y yo estaba deseando llegar a casa, que se hiciera de noche y que mi pareja se acostase para charlar con otro tío. Algo iba mal, pero que muy mal.
Lo primero que hice fue intentar corregir mi comportamiento. Esa noche no le contesté. Al día siguiente me hice la loca y le dije que me había ido a dormir temprano, aunque la ansiedad me hiciese pasar horas en vela. Pero esa misma noche no pude evitar entrar en la conversación y responderle, aunque a los pocos minutos comencé a sentirme fatal y le dije que me iba a dormir. Y, otra vez, no pegué ojo. Aquello se me estaba yendo de las manos. Y necesitaba aclararme. Así que al día siguiente llamé a mi amiga, la hermana del chico en cuestión, y me desahogué con ella.

Esperaba que flipase en colores, pero resultó que ya se lo olía. Su hermano, al parecer, le había contado que estábamos hablando mucho, e incluso le llegó a comentar que vaya pena que yo fuese a casarme porque le encantaba. Lloré a mares por la confusión pero ella fue quien me aconsejó que tenía que zanjar aquello cuanto antes. Me propuso que quedásemos, que estuviéramos a solas un rato y viera cómo me sentía, porque no es lo mismo hablar y estar en contacto cara a cara que a través de un móvil, que quizás yo me estaba montando una paranoia que no iba a ninguna parte en realidad.
Me supo fatal mentirle a mi pareja, pero tenía que saber qué me estaba pasando. Le dije que iba a pasar el día con mis amigas, pero lo que hice fue quedar con él. La ciudad era grande y sabía a dónde podía ir sin riesgo a cruzarme con nadie conocido. Fuimos a comer, dimos un paseo por un parque y luego fuimos al cine. Puede sonar inocente, pero desde el mismo saludo noté el hormigueo en mi interior y el sudor en las palmas de mis manos. No nos faltó conversación en ningún momento, tanto que, tras el cine, pasamos horas hablando en su coche. Y cuando llegó la hora de irme, la realidad me pegó en toda la cara. No me quería ir. No quería volver a casa con mi futuro marido. Quería quedarme allí, con ese otro chico que me había hecho sentir cosas que jamás había sentido antes, sensaciones desconocidas que deseaba seguir explorando. Y entonces lo tuve dolorosamente claro. No podía casarme.
Decirlo en voz alta ante el hombre con el que iba a verme en el altar fue doloroso. Sentía culpa y miedo, pero no sentía dudas. Verle llorar y decirme que no lo entendía fue lo peor de todo. Porque juro que yo le quería, pero no sabía que lo que yo sentía hacia él era cariño y no amor o ilusión hasta que otra persona despertó en mi esa parcela desconocida. Respecto a cancelar la boda, fue un movidón, qué os voy a contar. Además de lidiar con el daño que le había hecho a mi pareja y haber pisoteado sus expectativas, tuve que anular todo lo que había en proceso: catering, finca, fotografía, vídeo, música de la iglesia, grupo en directo, Dj… Perdimos la mayoría del dinero que dimos como señal. Le prometí que yo me haría cargo y le devolvería su parte, pero se negó. Me dijo que no quería nada de mí, solamente que desapareciese de su vida.

Reconfigurar mi vida fue difícil. Tuve que romper con casi todo y empezar de cero. No quise comenzar a salir con el otro chico hasta que pasó un tiempo. Resultó que me correspondía, pero aunque no hubiese sido así, yo habría anulado la boda de todos modos, no tenía sentido seguir adelante. Así que seguimos hablando, pasando madrugadas pegados al móvil y haciendo planes juntos.., en definitiva, conociéndonos. Y resultó que encajábamos a la perfección y al final formalizamos lo nuestro y comenzamos a salir.
Hace casi ocho años de aquello. Hoy en día me siento orgullosa de haber sido valiente y anulado la boda. No todo el mundo lo hubiera hecho, muchos habrían seguido adelante por temor, miedo o vergüenza. Conozco más de un caso. Pero yo fui fiel a mí misma y consecuente con la realidad, y la recompensa fue poder estar, hoy por hoy, feliz con el amor de mi vida.