Llevábamos pocas semanas saliendo cuando me contó que venía de una relación larga. Fue por eso por lo que, al principio, le costaba reconocer que lo que teníamos era más que una follamistad. O eso me dijo… El caso es que la cosa se estableció y, tanto él como yo, teníamos claro que éramos pareja.
Aunque también es cierto que no éramos la pareja más cerrada y apegada del mundo. Yo creía que eso se debía a que los dos somos muy independientes. A ambos nos gusta tener nuestro espacio y nuestros momentos de soledad o con otras personas de nuestro entorno. Nunca llegamos a hablar de irnos a vivir juntos, por ejemplo. Estábamos bien así. Cada uno en su casa, viéndonos cuando nos apetecía y haciendo planes, tanto juntos como por separado.

Por eso no me resultaba raro que, eventualmente, pudiéramos pasar una semana sin vernos. O que los fines de semana que tenía guardia nunca hiciéramos nada juntos. Esos días le podían llamar en cualquier momento y no quería estar nervioso ni dejarme colgada si tenía que ausentarse. Como decía, había sido así desde los inicios de la relación, por tanto, no me llamaba la atención.
Uno de esos findes estaba por ahí con mis amigas cuando vino a saludarme un chico que me sonaba y no recordaba de qué. Era un compañero de trabajo de mi novio, nos lo habíamos encontrado una vez y nos había presentado. Él tenía mejor memoria que yo, así que hablamos y, en un momento dado, me preguntó dónde estaba mi chico. Le dije que, al estar de guardia, había preferido quedarse en casa. Y entonces él puso cara rara y me dijo: ‘¿Qué guardia? Si desde que abrieron el departamento de 24hrs el año pasado, nos las han quitado’.
Ajeno al impacto que esa información me había causado, todavía estuvo un rato protestando porque, junto con las guardias, también les habían retirado un plus importante de la nómina. Me dio dos besos y se fue a la barra, lo mismo estaba un poco pedo. Pero, pedo o no, dudaba mucho que se hubiera inventado todo eso. Lo cual suponía que mi novio me mentía. Salí del local y le llamé para preguntarle cómo estaba y eso. Eran las doce de la noche y me respondió con voz de dormido. Le pregunté qué tal la guardia y me dijo que tranquila. Y yo, que estaba cualquier cosa menos tranquila, colgué, cogí mis cosas y me planté en su piso.
Terminó de sacarme de mis casillas que intentara mandarme de vuelta a través del telefonillo, el tío no me quería abrir para que subiera. Le dije que o me abría o me pegaba a los timbres hasta que alguien llamara a la policía. Debió de creerme, porque por fin abrió el portal.

Me esperó en el rellano, en pijama, con cara de pocos amigos y la puerta entornada. Yo, un poco fuera de mí, lo hice a un lado y atravesé el pasillo hasta el dormitorio, esperando encontrarme con otra chica en la cama.
Pero no había nadie. Fue al volver a la entrada y empezar a contarle lo que había averiguado, cuando apareció un niño en el pasillo. Estaba parado delante de la puerta del dormitorio juvenil que, según me había dicho, estaba tal cual lo habían dejado sus caseros cuando aún vivían allí. El chaval se nos quedó mirando y le preguntó: ‘¿Qué pasa, papá?’.
Resultó que cuando nos conocíamos venía de cerrar una relación larga, sí. Lo que no me dijo nunca es que tenía algo que le uniría siempre a su ex. ¡Es que me ocultó DOS AÑOS que tenía un hijo! Y me da igual que al principio temiera asustarme al decírmelo y luego se le hiciera bola.
No tiene justificación. Aceptar que era padre me hubiera sido mucho más fácil que perdonar que me lo hubiera escondido durante tanto tiempo. Porque, además, nunca sabré si me lo hubiera llegado a decir algún día o si nunca creyó en lo nuestro y por ello no vio necesario hablarme del niño.
Natalia
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