Queridas R y F:

En este año que comenzáis una nueva etapa de retos y responsabilidades, agarrando fuerte el timón de una escuela totalmente vapuleada en los últimos años por una gestión nefasta que nos ha hecho huir, me gustaría alentaros y dedicaros una carta escrita desde este corazón remendado de madre leona que llevo en el pecho.

Siempre habéis sido un ejemplo de profesionalidad para mí. Desde que habéis hecho entender a algunas mentes algo más duras la importancia de la educación infantil, que habéis conseguido que personas que llevaban toda la vida reprimiendo sus emociones hablasen de ellas con sus criaturas, desde que habéis puesto el foco en vuestro alumnado, sin egos, sin airear responsabilidades y cogiendo fuerte las manos de las familias que queríamos subirnos al barco de la empatía, la igualdad y la crianza consciente.

Recuerdo con mucho cariño cuando, al salir de la primera cita con la neuróloga de mi hijo acudí a F y le dije que teníamos que hablar. Recuerdo su alivio por haberse saltado esa fase de hablar con una familia que no sabía cómo podría reaccionar, y recuerdo mi alivio al ver cómo se remangaba para trabajar con todo su empeño y conocimiento para la total integración de mi hijo en su aula. Recuerdo sus formaciones extracurriculares, cómo acogía mis propuestas para mejorar, cómo me aconsejaba algún truco que se le había ocurrido.

Fue el sol saliendo de detrás de una tormenta, fue una linterna en un lugar que parecía muy oscuro, fue una compañera de viaje.

Pasaron unos cuantos años y tuvimos que huir de ese lugar por las negligencias de un equipo directivo lleno de ego, lleno de odio y con el depósito de la empatía agujereado (que hoy habla de la huida de nuestra familia neurodivergente como una victoria). Recuerdo la pena, la rabia y el miedo. Recuerdo las lágrimas de mi hijo mayor despidiéndose de sus amigas, recuerdo el gesto de preocupación de mi hijo pequeño creyéndose responsable de aquello que pasaba, pero también recuerdo cómo R apareció en la puerta del colegio y sostuvo mis emociones como nadie lo había hecho. Con sincera preocupación, con la intención de consolarme, pero también de tomar mi partida como un reto, con la promesa de que aquello no volvería a pasar si ella podía hacer algo al respecto.

Hoy sé que habéis cogido el timón de ese barco que tanto deseé que se hundiese en este año que, llena de rabia, miraba desde lejos y no puedo evitar sentirme un poco orgullosa de cómo han acabado las cosas. No solo de vosotras si no de cómo me habéis hecho sentir parte de todo a lo largo de los años, de cómo os habéis implicado con mi familia, de cómo habéis visto la injusticia, las deficiencias de un sistema con unos cimientos frágiles y os habéis metido de lleno a arreglarlo. De cómo escucháis con sincero interés, de cómo pedís consejo a quien debéis y no a quien os da la razón.

Nos hemos ido con mucha pena y mucho sacrificio personal, pero con eso hemos conseguido que recibieseis el empujón que necesitabais para que un montón de niños y niñas, para que un montón de familias aprendan de primera mano lo que es ser iguales, lo que es la comprensión, lo que es el apoyo mutuo, lo que es la colaboración y el amor por una profesión.

El mérito será todo vuestro y de vuestro esfuerzo y trabajo, pero yo me quedaré en la sombra con un pedacito, con vuestro permiso, y con eso me consolaré pensando en que ahora me fui dejando ese lugar mucho mejor que cuando lo encontré, como intento enseñar a mis hijos que se debe hacer.

Gracias, gracias y mil gracias.

Las familias neurodivergentes somos cada vez más y no siempre encontramos el apoyo que necesitamos. Pero vosotras sois esperanza y luz para nosotras.

Luna Purple.