Ella tenía una rutina muy marcada. Cada mañana cogía el mismo bus en la misma parada donde veía a las mismas personas. Llegaba con tiempo al mismo trabajo de siempre, donde se dejaba llevar por la desidia hasta la hora de salir, cuando cogía el mismo bus de nuevo para dirigirse a la misma cafetería cada día a tomar un café rápido con las mismas personas con las que hacía tiempo que no tenía nada en común. Llegaba a su casa y disfrutaba de su soledad con gusto, pero, en cuanto se despistaba, estaba de nuevo esperando aquel bus que la llevaba a la monotonía.

Hacía meses que había ocurrido algo diferente, un chico de unos 30 años empezó a coincidir en la misma parada de autobús. Al principio se le veía nervioso, se notaba que tenía poca costumbre de usar el transporte público y miraba mucho el reloj, como calculando cuanto más podía esperar antes de echar a correr. Ella, como cada mañana, daba los buenos días al llegar a las 8 o 9 personas que solía haber allí: una abuela con su nieto, un matrimonio mayor que iban a la plaza a por productos frescos cada día, dos señoras que iban a un centro social muy temprano para entretenerse mientras sus familias trabajaban… En resumen, ellos dos bajaban mucho la media de edad de aquel espacio que se hacía pequeño en los días en que la marquesina era lo único que los separaba de llegar calados hasta los huesos a sus respectivos quehaceres.

Cuando pasaron dos semanas desde la primera vez que aquel chico había aparecido, al fin se le empezó a ver más tranquilo. Supuso que saber que llegaba a tiempo a su trabajo lo había hecho relajarse y le sonreía cada mañana. Alguna de esas veces en que el niño y su abuela protagonizaban una escena cómica (era muy gracioso ver cómo aquel niño se empeñaba en explicarle a su abuela las nuevas generaciones de pokemon y la importancia de los cromos dorados), ellos se miraban con complicidad y se reían con inocencia. Después, como siempre, ella se subía en la línea 2 y él se quedaba allí, esperando al siguiente, que sería el suyo.

Ella estaba muy descontenta con aquel trabajo de administrativa en aquellas oficinas deprimentes, siempre había soñado con alcanzar un puesto mucho más divertido, era una chica creativa y tenía formación suficiente como para trabajar en una agencia de publicidad o algo así. Dejar a un lado de una vez la facturación y las promesas de ascenso en aquel cubículo del que nadie salía jamás.

Una noche se quedó hasta tarde elaborando un cartel para la fiesta sorpresa que le darían a su madre por su cumpleaños. Tenía mucho talento y, aunque fuera en cosas más íntimas, le gustaba mucho poder expresarlo. Se puso a dormir tan de madrugada, que cuando sonó el despertador creyó que era un error y siguió durmiendo. El corazón casi se le sale del pecho cuando, media hora tarde, saltó de la cama sabiendo que no llegaría a tiempo, pero lo iba a intentar. Se saltó muchos pasos deseables de su rutina mañanera y, sin desayunar, sin peinar y con el aliento mortal de recién levantada, salió corriendo hacia la parada del bus. De lejos vio a aquel chico mirando nuevamente su reloj con nerviosismo, pero también mirando a ambos lados, parecía estar esperando a alguien. De lejos pudo ver el bus de la línea 2 parar y seguir de largo sin ella, aceleró el paso todo lo que pudo en una carrera desesperada. Al llegar a la parada solo pudo agarrarse las rodillas al intentar recuperar el aliento y, con el pelo delante de la cara dejó salir de su boca unas cuantas palabrotas (menos mal que el autobús escolar ya había pasado). Aquel chico se acercó a ella y le preguntó si estaba bien. Ella le explicó que se había dormido y que, si no cogía un taxi, no llegaría ni de broma a su trabajo. Entonces él le dijo “No te preocupes, yo te llevo”. Ella no paró a pensar en lo extraño que podía parecer, simplemente lo miró con desesperación “¿en serio? ¿no te importa?” Él simplemente sacó de su bolsillo la llave de su coche y la instó a que lo siguiera. En la calle de detrás a la parada estaba aparcado su no muy humilde coche. Ella se subió aliviada y él sonrió.

El principio de la conversación giró entorno a la desesperación de ella por llegar tarde y sobre lo frustrante que era su trabajo como para, aún encima, la posibilidad de una bronca. Pero entonces, al fin, su cerebro despertó del todo y comentó “Si yo tuviera este coche en la puerta de mi casa no dependería cada día del autobús, con las vueltas que me hace dar”. Él sonrió y le contó que el coche estuvo un tiempo en el taller, por eso tuvo que ir en bus al principio y que después se acostumbró a la rutina, el ahorro de gasolina y la responsabilidad con el medio ambiente. Ella entendió el porqué de aquellos días que venía tan estresado y se rieron juntos sobre el tema. El bus que él cogía pasa, en realidad, 15 minutos después que el de ella, pero le gusta estar con tiempo por si acaso. Al pasar por un gran edificio con carteles luminosos y grandes pantallas en la fachada, ella le dijo que su sueño siempre había sido trabajar allí, en aquel lugar donde la gente parecía siempre tan motivada. Él frenó un poco para contemplar aquel lugar. “¿Estás segura? ¿de qué te gustaría trabajar allí?” Y ella le contó con ojos de soñadora cuanto le gustaba haber estudiado diseño gráfico, la ilusión que le haría poder expresar su talento y que tuviera recompensa…En la siguiente rotonda él giró del todo y ella se puso muy nerviosa preguntando constantemente qué hacía y gritando que llegaría tarde. Él paró delante de aquel edificio, aparcó su coche en una plaza reservada para personal y se bajó del coche. “Vamos a hablar con el jefe”. Ella, totalmente despeinada, con la ropa torcida y su aliento mortal le preguntó si estaba de broma. Él le tendió la mano y ella decidió tirarse a la piscina. No sabía quien era aquel chico, pero al verlo durante meses cada día, sentía una irracional confianza en él. En el ascensor se atusó el pelo como pudo, se colocó lo mejor que pudo la ropa y se metió un chicle en la boca.

Fueron directos a hablar con el director de la empresa. Su nuevo amigo entró saludando a la secretaria por el nombre, llamó a la puerta y entró presentándola a ella como “aquí está lo que me pediste”. Hablaron un rato sobre su currículum y su poca experiencia, luego ella envió desde su móvil un par de trabajos viejos que conservaba en el correo electrónico y aquel hombre trajeado asintió con la cabeza. Una hora más tarde había olvidado llamar a su antiguo trabajo para decir que no volvería, pues tenía un puesto todavía bajo, pero en su propia rama profesional con posibilidad real de ascender.

Él y ella fueron juntos en autobús durante meses a la nueva oficina, que poco tenía que ver con la anterior. Ella pronto ascendió hasta ser responsable de una sección creativa de la empresa. Él era el jefe de recursos humanos. Antes de entrar una mañana, ella se paró ante el edificio, mirando hacia arriba con ilusión, él la miraba a ella. Cuando se dio cuenta le preguntó qué miraba y él dijo “La ilusión en tus ojos son la enorme recompensa por haber estado tantos meses fingiendo tener el coche estropeado y dejando ir el primer bus para poder esperar al segundo a tu lado

Han pasado un par de años de aquello, yo los conocí meses antes de su boda. Fue el evento más romántico al que he asistido, sin duda. Son muy felices juntos y planean ampliar la familia pronto, y todo fue posible gracias a aquella mañana que el 2 pasó de largo sin ella.

 

Envía tus historias personales a [email protected] y Luna Purple las pone bonitas para WLS.