El deseo siempre estuvo ahí.

Lo supe ya de niña, lo tenía clarísimo.

Pero una cosa es querer, y otra es poder.

Y lo que es más importante, no por mucho querer algo, estás más preparada para ello.

 

Conforme fui alcanzando la madurez y comencé a echarme a la espalda las responsabilidades de la vida adulta, la posible maternidad fue quedando relegada a un segundo plano, parapetada tras una pila de obstáculos y circunstancias a causa de las cuales nunca era el momento.

 

Porque no tenía un trabajo estable.

Porque no tenía pareja.

Porque la tenía, pero creía que aun éramos demasiado jóvenes.

Porque no tenía tiempo.

Porque no ganaba suficiente dinero.

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Un día me cansé de esperar, consciente de que el momento perfecto no llegaría nunca.

No seguiría pendiente de algo que no existe.

Tal vez pudiera esperar otro par de años. O ahorrar un poco más. Prosperar en mi carrera. Encontrar un piso más amplio. Ganar en madurez. Viajar.

Puede ser.

 

Sin embargo, mi decisión estaba tomada, y tan en firme como se puede tomar una decisión de esa transcendencia.

Sabía lo que había que hacer, lo puse todo en marcha.

Me documenté, leí libros, comprobé mi perfecto estado de salud.

Y entonces, me asaltó la duda. La más grande de todas las dudas.

 

¿Estoy preparada?

¿Cómo saber si estoy preparada para ser madre?

 

¿Acaso hay alguna forma de averiguarlo?

No encontré ningún manual o listado de requisitos que fueran más allá de cuestiones meramente fisiológicas. Pero mis dudas no van por ahí.

Lo que me reconcome es el miedo a no ser capaz, a no ser… buena. A no hacerlo bien.

 

Quisiera poder pasar un examen psicotécnico, aunque el resultado fuese un simple ‘apta’, sin más. Me aferraría a esa certificada aptitud con uñas y dientes, liberándome a su vez de todos estos temores e inseguridades que minan mi resolución.

 

Ya me he hecho pruebas, ecografías, análisis de sangre y de orina. Estoy sana como una manzana.

Soy adulta, independiente y responsable, por lo que parece que tengo la aprobación de la sociedad.

Entonces ¿por qué no soy quien de darme mi propia aprobación?

Justo cuando más la necesito. Justo ahora que… estoy embarazada.

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Con el test positivo todavía sobre el lavabo llamé a la única persona que me escucharía sin juzgarme.

Mi madre, después de reír, me aseguró que lo haré muy bien.

Me dijo que nadie va a presentarse en mi casa un día para notificarme que el momento es ahora y entregarme un carnet o una autorización. Al parecer, no estás preparada para la maternidad hasta que eres madre.

Solo hay que dejarse llevar por nuestros instintos.

Y aceptar la renuncia.

—¿Qué renuncia? — le pregunté.

 

—Ay, cariño, desde el mismo momento en que te quedas embarazada empiezas a renunciar. — me dijo — Renuncias a una parte de ti misma que nunca volverá. Renuncias a la tranquilidad, pues nunca dejarás de estar preocupada de alguna manera por tus hijos, te den motivos o no. Durante un tiempo renunciarás a tu propio cuerpo, a tu ocio, a tu descanso, a tu libertad… Pero no cedes todo eso gratuitamente, mi amor, ganarás muchísimo más de lo que pierdas.

 

Esa mujer que me dio la vida ha tenido tres hijos, sabe de lo que habla.

O eso fue lo que me argumenté a mí misma.

No me estaba expidiendo un certificado oficial, pero su confianza en mi capacidad me dio alas. Y su discurso me dio tranquilidad: yo no tengo miedo a la renuncia.

 

Temo no estar capacitada, pero no temo los cambios en mi físico. No contaba con que fuese posible seguir haciendo según qué cosas que sí hago en la actualidad. Nunca he sido de mucho dormir…

Puedo vivir con las preocupaciones, nadie dice que sea fácil.

Solo quiero saber que estoy preparada para ser madre.

 

Pero la mía, a su manera, me ha dicho que sí, y ella nunca me ha fallado.

Así que no me queda más remedio que creerla.

En cualquier caso, solo quedan unos meses para descubrirlo.

 

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