Aquí, sé que más de una se me va a tirar al cuello. Pero las personas actuamos por los motivos que creemos que son correctos, y yo estoy convencida de que hice bien, aunque me costase mi matrimonio.

En 2022 nos dijeron que mi madre se moría. Ella era mayor y hasta ese momento había estado bien de salud, pero llevaba un tiempo diciendo que estaba muy cansada y la llevamos al médico. Allí le detectaron un cáncer dentro de la médula, que avanzaba sin posibilidad de frenarlo ni de tratamiento, ya que, al estar dentro de la médula, ni la quimio ni la radiación daban buenos resultado.

No nos sabían decir cuanto tardaría, pero nos dijeron que menos de un mes. Lo único que se podía hacer, era darle analgésicos hasta que perdiera calidad de vida, y entonces empezar con los paliativos.

Fue un golpe muy duro para mí y mis dos hermanos. Nosotros nacimos aquí, pero mi madre es de otro país y nunca llegó a aprender bien el idioma. Cuando el médico nos dio la información, ella no entendió nada y nosotros le dijimos al médico que después se lo explicaríamos.

Cuando salimos de la consulta, a mi madre le dio un ataque de ansiedad muy fuerte. Tan fuerte que se orinó encima e intentó salir corriendo, se cayó al suelo y se hizo daño en una muñeca. No pudimos calmarla, aunque ella no había entendido lo que pasaba, nuestras caras y el momento tenso le había dejado claro que pasaba algo grave, y solo con eso, bastó para asustarla tanto que podría haberse lesionado gravemente.

En el mismo hospital, le trataron la muñeca, le dieron un calmante y se ofrecieron a asesorarnos psicológicamente. Nosotros lo rechazamos, estábamos demasiado nerviosos para gestionar más cosas y no sabíamos como decirle a mi madre que en menos de un mes, dejaría este mundo. Entonces, después de hablarlo largo y tendido con mis hermanos, se nos ocurrió no decírselo.

Sé que estaréis pensando que fuimos unos egoístas, que ella merecía saberlo y que es completamente injusto, pero nosotros conocíamos a nuestra madre. Saber que le quedaba menos de un mes de vida, la hubiera matado allí mismo. Hubiera convertido sus últimos días en un sufrimiento profundo, en llanto y en dolor. La muerte era inevitable, pero lo que sí podíamos evitarle, era sufrir.

Solo con imaginarse que algo no iba bien, le dio el ataque de ansiedad a un nivel que parecía tener problemas mentales. Ella era muy hipocondriaca, obsesiva y sufridora, de verdad que no le hubiéramos hecho ningún favor amargándole sus últimos días, que podían ser tres, o podían ser 30.

Tomamos la decisión desde la empatía y el cariño. No desde el miedo a enfrentarnos a decírselo o el egoísmo.  Así que después de hablarlo largo y tendido, cuando vimos a mi madre, le dijimos que le habían detectado un problema en la sangre, como una anemia muy grave, y que necesitaría tomarse una medicación.

Mi madre lloró desconsolada y maldijo en nuestro idioma a todo el personal sanitario. Intentó arrancarse las vías, hacerse daño y marcharse. Le tuvieron que dar un sedante y nosotros hicimos turnos para estar con ella. Decidimos que cuando le dieran el alta, iría a casa de mi hermano para cuidarla mejor en sus últimos días.

Cuando llegué a mi casa, hablé con mi marido y le conté la noticia. Allí pude derrumbarme, llorar y sacar todo lo que había estado controlando en presencia de mi madre. Él me apoyó y lloró conmigo, hasta que le dije lo que había decidido con mis hermanos.

Me dijo que le parecía una locura ocultarle a mi madre que se estaba muriendo, me pidió que entrase en razón e incluso amenazó con decírselo él. Tuvimos una discusión muy grande en la que le supliqué que entendiera mi situación y mi dolor, pero él me decía que no era excusa, que eso no era decisión nuestra y que estábamos siendo muy malos hijos.

No logré hacerle entender que a mi madre le hubiera dolido mucho más la verdad y que esta mentira piadosa le iba a facilitar sus últimos días. Él siguió discutiendo conmigo, cada día, cada vez de peor forma y cada vez más distante.

Llegó a decirme que no me reconocía, que no me veía capaz de algo así y que ahora tenía miedo de que, si pasase algo similar, pero entre nosotros, le hiciera a él lo mismo. Ya no confiaba en mí.

Por más que le expliqué que no era lo mismo, él se fue alejando cada vez más. No podíamos hablar del tema de mi madre y se negaba a estar en la misma habitación que mis hermanos. Con uno de ellos tuvo una discusión que acabó a gritos y después de eso, decidió que no quería verlos más.

Cada día me decía que, por favor, hablase con mi madre, que ella merecía conocer su realidad. Que yo no podía escoger por ella. Que tenía derecho a saber lo que le pasaba por si quería hacer algo antes de morir, hablar con alguien o simplemente despedirse.

Llegó a hacerme dudar, pero cuando veía a mi madre o hablaba con mis hermanos, me convencía de que había tomado la decisión correcta.

Un mes y tres días después, falleció mi madre. La enfermedad la fue agotando a partir de la tercera semana y los últimos dos días se los pasó postrada en la cama, rodeada de nosotros y no nos separamos de ella ni un segundo.

Creo que, hacia el final, ella comprendió lo que le pasaba, pero no nos dijo nada, quizás en el mismo afán por protegernos.

La velamos en el tanatorio y la enterramos en una ceremonia típica de nuestra cultura. Mi marido estuvo presente, pero no estuvo conmigo. Y cuando el funeral terminó, me dijo que quería el divorcio.

Tuvimos unas semanas terribles donde yo estaba llena de ira porque me abandonase en un momento así. Él me decía que no podía perdonar lo que había hecho, que simplemente ya no confiaba en mí, no le gustaba la persona que era y ya no quería pasar su vida conmigo. Pasé por un luto lleno de dolor que me hizo entrar en una depresión, pero eso no frenó que me enviase los papeles del divorcio.

Me divorcié dos meses después de la muerte de mi madre. Una mentira piadosa para ahorrarle dolor, me costó mi matrimonio, y mi vida como la conocía. 

Duele, pero sigo convencida de que mis hermanos y yo tomamos la decisión correcta.