María llevaba un tiempo enferma. Era ya muy mayor y decía estar muy satisfecha con la vida que había llevado. Había amado a su marido por encima de todo hasta que tuvieron a su hija Carlota. Ella era muy sociable y cariñosa. Los tres llevaron una vida muy tranquila, sin sobresaltos, en una ciudad, lejos del Pueblo natal de María. Cuando su marido falleció, hace casi diez años, María quería tirar la toalla, pues no sabía vivir sin el amor de su vida. Pero su hija la había acompañado tanto que, aunque lo añoraba cada día, había conseguido convivir con el dolor de su ausencia.
Ahora María sumaba ya 92 años y unas cuantas enfermedades. Era lógico que supiera que la hora de despedirse de su hija y reencontrarse con su marido se estuviese acercando.
Carlota veía a su madre nerviosa, muy misteriosa y no quería hablar mucho con ella. Estaba mirando fotos antiguas y revolviendo viejos papeles constantemente. Un día le preguntó si recordaba a su hermano. Cuando Carlota tenía 5 años, había tenido un hermano. Pocos días después de nacer, había fallecido. María contó entonces a su hija que su hermano había nacido con un defecto cardíaco que no tenía solución. Ella había rezado mucho para que los médicos se equivocasen, pero por desgracia, era verdad todo aquello y tuvo que despedir a su pequeño siendo aun un recién nacido.

Es normal, en esos momentos de la vida ponerse nostálgica y acordarse de las cosas importantes de tu vida, pero María llevaba días anclada en unos años en concreto. Su hija creía que el recuerdo de su pequeño ángel la estaba atormentando, pero entonces María decidió confesar.
Una mañana María no tuvo fuerzas de levantarse de la cama y, con mucho cariño, llamó a su hija. Le agarró de la mano y le dijo que quería decirle, ahora que no le quedaba más tiempo, todo lo que habían intentado ocultarle su padre y ella hasta que creyesen necesario.
María vivía en un pueblo en las afueras cuando era niña. Un día, un hombre bastante mayor había llegado al pueblo con su hijo Ricardo, que era un poco más mayor que ella. Mientras aquel señor y la madre de María charlaban acaloradamente, María enseñaba a Ricardo el río, el camino al mercado, la granja de Severino… Todas las cosas interesantes en el pueblo. Él vivía en la ciudad y parecía no haber visto nunca un animal. Pasaron una tarde agradable mientras sus padres discutían algún asunto ajeno a ellos.
Aquel señor se fue muy enfadado de la casa de María y se llevó a su hijo, ya adulto, a trompicones de allí.
Poco tiempo más tarde aquel muchacho tan atractivo había vuelto por el pueblo. Se dedicaba a vender telas y había decidido ampliar el negocio de su recién fallecido padre, viajando por los pueblos para vender algo más. La madre de María había llorado mucho la muerte de aquel cascarrabias.

Unos meses más tarde, la madre de María le había dicho que debía buscar pronto un oficio, ya que el dinero en casa no alcanzaba, así que aceptó la oportunidad que Ricardo le ofrecía de ayudarle a vender las telas por los pueblos. Pronto aprendió el oficio y María se ofreció a quedarse fija en la tienda de la ciudad, donde aprovechaba para tejer y así vender no solamente las telas, sino alguna pieza cosida ya. Con lo que empezaron a ganar gracias al carisma de María, Ricardo dejó de viajar y trabajaban juntos cada día. Pero, cuanto más se miraban, más se enamoraban. Y así apareció Ricardo en el pueblo a pedir la mano de María. Su madre, al verlos llegar de la mano se había puesto muy nerviosa. No pudo atender a su futuro yerno, ya que un dolor muy fuerte en el pecho la había dejado sin habla. Cuando pudieron hacer llegar al médico, ella ya había muerto, agarrándose el pecho con un gesto terrible de pánico. María tardó en superar aquello. Era hija única y su padre había fallecido antes de nacer ella, así que se quedaba sola en el mundo.
Todo esto aceleró aun más los planes de boda de Ricardo, porque no quería ver a su amada sola en el mundo. Así que se casaron en una ceremonia íntima en la que hubo mucho amor y pocos invitados.
Tardaron varios años en conseguir un embarazo. Estaban tan felices que no vieron venir que aquel malestar de María era el preludio a algo peor. Tres embarazos hicieron falta para que la feliz pareja llegase a vivir el sueño que tanto añoraban. Carlota llegaba a iluminar sus vidas con su belleza y el amor que repararía una parte de sus penas.

Al año nacer la niña, María quiso visitar el pueblo que, tras el trágico episodio con su madre, no había vuelto a pisar. Al llegar todos recibieron entre alegría y asombro a aquella familia tan bonita que no sabían que se había formado. Pero Conchita, la amiga de su madre, no parecía alegrarse tanto. Se llevó a María a un lado y le dijo “Dime que Ricardo no es el padre, ¡dime que no te casaste con ese hombre!” María no entendía nada, pero Conchita era una gran amiga de la familia y debía prestarle atención. “¿Ese no es Ricardo, el hijo de Rogelio García?” María asentía con nerviosismo. “María, cariño, Rogelio era tu padre”.
María la empujó y salió de allí corriendo. Siempre habían bromeado con tener el mismo apellido, pero siendo tan común, no era algo tan raro. Su madre siempre le había contado que su padre había muerto al poco de saber de su embarazo. Gracias as Concha, supo que lo que había muerto era su relación. Rogelio estaba casado y tenía tres hijos y, aunque prometía dejar a su mujer e irse al campo con ella, jamás había pasado por su cabeza hacer tal cosa y, aunque reconoció a María como su hija (amenazado por su abuelo), jamás quiso saber nada de su hija. Aquella vez que los vieron discutir él había ido a comunicar que dejaría de pasarle el dinero que acordaron desde el nacimiento de la niña, ya que esta ya estaba en edad de trabajar, de ahí que su madre de pronto le pidiese que buscase un oficio.

Cuando María y Ricardo supieron aquello intentaron separarse, pero su amor era tan fuerte que no fueron capaces. Trabajaron duro para levantar su negocio y dar una buena vida a su hija. Cuando supieron de su nuevo embarazo se disgustaron mucho, pues ahora entendían las dificultades que habían tenido al principio y tenían miedo de que algo fuese mal de nuevo, como así fue.
Se obsesionaron con llevar a Carlota a mil médicos que corroborasen que gozaba de una estupenda salud y guardaron para siempre su secreto. Cuando supieron la verdad ya era tarde para ellos. Se amaban como pocas parejas se amaban y querían tanto a su hija que decidieron protegerla de aquella información hasta que llegase el momento.
Carlota no entendía por que su madre se había alegrado tanto cuando su marido y ella habían querido adoptar tras un par de años de intentos fallidos de embarazo. El marido de Carlota tenía dificultades y ellos habían decidido no arriesgarse, dado el historial de abortos de su madre, por si fuese algo genético. Y anda que si lo era…
Carlota sostuvo la mano de su madre sin soltarla mientras escuchaba el relato y, al terminar, solamente pudo abrazarla y darle las gracias por tanto amor. María parecía haberse quitado un enorme peso de encima. Ese día charlaron durante todo el día. Carlota tumbada a su lado, por fuera de las mantas, sin soltar la mano de su madre, que se sentía al fin en paz.
Esa noche, cuando Carlota se levantó a beber agua antes de dar las buenas noches a su madre, esta había partido al fin, ligera de equipaje, a reencontrarse con su amor y con su precioso hijo. Murió tranquila, en paz, lo contrario a lo que había hecho su madre por intentar guardar un secreto.
Luna Purple.
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