No hay una forma bonita ni cómoda de contar mi historia. Ni excusas que hagan menos grave lo que hice. Me equivoqué. La cagué sobre todas las cosas. Fui egoísta, impulsiva e inconsciente, abusé de la confianza de mi pareja y me jugué mi relación.
Más testimonios e historias en whatsapp
Llevábamos tres meses casados cuando algo se activó dentro de mí. No se explicar a día de hoy por qué ocurrió, pero sentí que quería ser madre y quería serlo cuanto antes. Si me paraba a pensarlo con calma, sabía que en realidad no era un buen momento. Aun así, las ganas me superaban, me moría de ilusión solo de pensarlo. Así que lo hablé con él. Y me llevé un chasco que a día de hoy entiendo que fue justificado, pero por entonces me sentó fatal.
Me dijo que no. Que ahora mismo no. Me bajó los pies a la tierra. En primer lugar, habíamos hablado tiempo atrás de pasar al menos un año más después de la boda siendo solo nosotros dos, un periodo de transición antes de pasar a ser tres y darle la vuelta a nuestra vida. Me habló de dinero, de la falta de estabilidad que teníamos en ese momento, porque yo cobraba unos ochocientos euros y él apenas un poco más y con un contrato temporal que no ofrecía ninguna seguridad. Lo dijo con calma, con lógica, y eso lo hacía aún más irritante, porque sabía que llevaba razón.
No me quedó otra que asumir que estaba en lo cierto. Pero había una parte de mí que no aceptaba que teníamos que esperar. De vez en cuando volvía a sacar el tema, me insinuaba, le insistía, pero siempre obtenía la misma respuesta, dicha con cariño y calma, pero la misma. Y una mañana, mientras tomaba el café con el que me bebo la anticonceptiva, miré las pastillas y tomé una decisión. Una decisión que no me correspondía tomar a mí sola. Dejé de tomar la pastilla anticonceptiva sin decirle nada. Para él, que confiaba en mi, la pastilla yo la seguía tomando religiosamente.
No tardé en quedarme embarazada, un mes nada mas. Lo cierto es que pensé que tardaría más, ya que había pasado varios años tomando la anticonceptiva. Pero no, me quedé del tirón. Cuando le di la noticia flipó en colores. Le dije que las pastillas a veces fallan, que se nos había colado. Él se quedó en silencio unos segundos y luego me abrazó. Estaba asustado, claro, porque aquello nos pillaba en un mal momento, pero también estaba feliz. No sospechaba nada.
Poco después me diagnosticaron un embarazo de riesgo. Reposo absoluto, me dijeron. Yo era camarera. Mi jefe no tardó en despedirme cuando se enteró, por muy injusto e ilegal que fuese. Ante eso, él empezó a trabajar como guardia de seguridad en un garaje por las noches para intentar ahorrar ahora que solo entraba su sueldo en casa. Turnos interminables, fines de semana incluidos. Yo me quedaba en casa, tumbada, con la culpa creciendo dentro de mí como una sombra. Nuestra vida se había complicado tanto que ahora todo parecía cuesta arriba.
Le vi apagarse poco a poco, atrapado por el agotamiento. Me sentía culpable cuando le veía irse de nuevo a trabajar, sin poder dormir ni descansar más que un rato de vez en cuando. Y un día, en medio de una ansiedad tan honda que ya no podía aguantarla, lo confesé todo. Lloré a mares. Pero más lloraba él.

Cuando consiguió calmarse, no alzó la voz, pero su mirada fue peor que el más fuerte de los gritos. Había decepción en sus ojos. Habló con una tristeza que me partió el corazón. Me dijo que le había traicionado de una manera que jamás se podría haber imaginado y que sentía que había destrozado toda la confianza que tenía hacia mí. Y que él no podía ni quería seguir manteniendo una relación con alguien en quien no confiaba. Aun así, añadió que seguiría a mi lado durante el embarazo, que no me dejaría sola. Después, ya veríamos lo del divorcio.
Yo pensé que se le pasaría. Que cuando naciera la niña, cuando la tuviera en brazos, cambiaría de idea. Que al final seríamos la familia feliz que yo pensé que íbamos a formar. Me aferré a esa esperanza. Pero no ocurrió. Al poco de nacer la niña me pidió el divorcio.
Intenté convencerle. Le pedí que pensase en el bienestar de nuestra hija, de la familia, que intentásemos empezar de nuevo. Le juré que jamás le haría nada parecido de nuevo. Me escuchó con atención y luego me dijo algo que aún me duele cuando lo recuerdo: que, precisamente por el bien de esa niña, teníamos que estar separados. Que quería ser su padre, estar presente, cuidarla y quererla como a nadie. Pero que no quería seguir conmigo, porque lo que teníamos se había roto por completo.

Ahora miro atrás y veo con claridad lo que entonces no quise ver. Que no se puede construir una familia feliz sobre un abuso de confianza. Que mi decisión no fue por amor, sino por egoísmo. Que debí respetarle como él me respetaba a mí. Que crucé todas las líneas. Y me arrepiento profundamente. No hay día que no piense en cómo habría sido todo si hubiera tenido en cuenta sus tiempos, su razonamiento, su voluntad. Aprendí por las malas que en ocasiones el deseo nos ciega. Y cuando vuelves a abrir los ojos, el daño ya está hecho, en ocasiones de forma irreversible.
Envía tus movidas a [email protected]
