Mi pareja y yo pasamos con creces de los cuarenta (dejémoslo ahí) y llevamos juntos desde hace más de veinte años. Tenemos una hija y una hipoteca en común. Y una vida bastante apacible. No somos una pareja perfecta (ninguna lo es), pero, con nuestros altos y bajos, nos queremos y respetamos.

La confianza, la seguridad y la tranquilidad que nos damos el uno al otro como pareja ha hecho que la vida sea relativamente fácil. Quizás demasiado. Y quizás también ha perdido un poco de sal y pimienta. Pero, qué queréis que os diga, a mí ya me está bien así. Y yo, que estoy entrando en la perimenopausia, con todo lo que hormonalmente conlleva esta nueva etapa, esta paz me hace feliz.

Pero yo soy mujer. Y mi marido es hombre. Y a él pues le gustaría que volviésemos a tiempos más fogosos.

Esta conversación la estaba teniendo él, en una de sus guardias de noche, para pasar las horas muertas, con un compañero suyo con el que ha trabado una buena amistad. Soltero él, se está reformando una masía antigua en un pueblito de montaña. Alguna vez le hemos ayudado a llevar material con nuestra furgoneta.

Pues su amigo le comenta que está acabando su nuevo proyecto de la casa. Una mazmorra sexual BDSM. Es decir, las siglas de Bondage, Disciplina, Dominación y Sumisión, Sadismo y Masoquismo. Lo reconozco, se lo he tenido que preguntar a San Google. A ver, su amigo está soltero, pero es muy activo sexualmente con intercambios esporádicos. Que está pensando en incluirla como un extra en el loft que ha acondicionado para que salga en Airbnb. Y que si queremos, se lo alquila por un  módico precio y así puede testear la satisfacción de la mazmorra en alguien que no sea él, para saber si va a funcionar.

Mi marido, se emociona con la idea, y urden un plan para ver cómo me plantea el tema y que pueda acabar aceptando. Y no se les ocurre otra maravillosa idea que hacer un power point que me presenta mi amantísimo esposo en una cena “romántica” en casa, con velitas y botella de vino.

En su exposición me cuenta que suele ser muy habitual que las parejas puedan sentir, en algún momento de su relación, que caen en la rutina y que esta puede llevar a la monotonía y el aburrimiento. Y esto puede desencadenar en varios síntomas preocupantes de que la relación se está empobreciendo, como por ejemplo que haya disminución de la motivación y del deseo sexual y sentimiento de obligación a la hora de realizar actividades en pareja. Él afirma rotundamente que, por suerte, nosotros no estamos en esta fase, pero sí que ha notado que nuestras relaciones sexuales son muy previsibles.

Bueno, yo no le veo el problema. Ya sé lo que me gusta y lo que le gusta. Para qué andarse con experimentos.

Sí, pero él se ha estado documentando y, por lo visto, llevar una vida sexual más placentera y satisfactoria son todo ventajas. Mejora la comunicación en la pareja, se renueva la intimidad y se refuerzan los lazos afectivos. Y que en mujeres perimenopáusicas (ahí, metiendo el dedo en la llaga) mejora el bienestar general, aumenta la autoestima, previene la depresión, reduce el estrés y el riesgo de enfermedades cardíacas y ayuda a combatir el insomnio.

Copón, son todo ventajas, venga, digamos que me está interesando. ¿Qué propones?

Introducir nuevas técnicas sexuales. Y me cuenta que él siempre ha fantaseado con practicar el bondage y que su amigo nos dejaría su cuarto…

Pues no sé si será el vino o qué, pero después de recuperarme del shock, decido darle el beneficio de la duda. Bueno, y porque sí es verdad que yo soy una montaña rusa de emociones por culpa de las hormonas de las narices y al pobre hay que reconocerle que lo está llevando bastante bien. Así que porque le quiero y porque se merece un premio por la paciencia que está teniendo conmigo, le digo que, bueno, podríamos ir a mirar un día, sin compromiso a ver cómo es. Que después de las dichosas “Cincuenta sombras de Grey” pues que me ha quedado una pequeña curiosidad por ahí agazapada que tampoco pasa nada si la puedo satisfacer, ¿no?

Vale, pues mi marido habla con su amigo y quedan que un sábado que él está fuera, nos deja las llaves para que vayamos a “investigar”, ya que el proyecto ha finalizado y quiere que le demos nuestra opinión.

Llega el día en cuestión. Mi marido, emocionadísimo. Yo, nerviosa perdida. Abrimos la puerta de la mazmorra con una mezcla de miedo y excitación. Es una sala espaciosa, insonorizada y con control de clima. Hay un juego de suspensión, una cruz de San Andrés

y un gran armario en el que hay prendas de látex y algún que otro disfraz y varios cajones en los que hay juguetes eróticos de todo tipo. No puedo negar que, llevada por la novedad, me estoy excitando. Así que, cuando mi marido me propone que podríamos probar un poquito algo… yo digo que… bueeenooo…

Total, que para satisfacer una de las mayores fantasías sexuales de él, acabo “vestida” de monja e intentando subirme al columpio. Problema, no vemos ningún mecanismo que haga que se pueda bajar ni ningún taburete o escalera para subir. Esto habrá que comentárselo al dueño como punto de mejora.

Primero, pruebo a meter yo una pierna por uno de los arneses. Está un poco alto y mi flexibilidad es regulinchi, pero lo consigo Lo malo es que no tengo la destreza suficiente como para levantarme con mis brazos agarrada a una de las tiras, para poder meter la otra pierna y en el intento me quedo colgando en una postura poco favorecedora. Mi marido acude en mi ayuda pero yo estoy de buen año. Después de unos cuantos esfuerzos, conseguimos que la otra pierna entre. Pero no hay manera de que me quede quieta y mis piernas tienden a abrirse demasiado para la salud de mis ingles. Pierdo un poco la dignidad pero mi marido no pierde la excitación.

Lo malo no es que la correa lumbar se me clave en el culo ni que la correa de la espalda me quede floja, es que no le pillamos el truco y a cada empuje, mi cuerpo se balancea en el columpio y me alejo de él. Resumiendo, que estamos más rato separados que juntos. Así que decidimos cambiar de “mueble”. Pero antes hay que descolgarme. El momento resulta totalmente antierótico. Después de un tirón de ingle y de que se me suba un gemelo y que él note un pequeño tirón en bíceps y pectorales, lo conseguimos. 

Bueno, va, ya que hemos venido a jugar, sigamos. Ahora nos decantamos por la silla de restricción con ataduras, que al menos está en el suelo.  No es difícil acceder a ella, pero colocarse … es una especie de camilla del revés, mezcla camilla de partera y de fisioterapeuta, pero que le falte un trozo. Yo, la verdad, no le veo la gracia, pero según mi marido será excitante que yo quede expuesta y practiquemos el juego de dominación y bondage.

Me está ayudando a colocarme, en una postura un poco antinatural, cuando siento un fuerte pinchazo en las lumbares y me quedo clavada. Creo que el columpio no me ha sentado bien e intentar forzar de nuevo la musculatura para subirme en esta cosa rara, no me ha ayudado.

Perdida ya toda la excitación, mi marido masajea mis lumbares para aliviar un poco la presión y me da un antiinflamatorio que llevo en el bolso.

Cuando conseguimos reponernos y vestirnos, salimos de allí, de vuelta a casa, con la curiosidad mínimamente satisfecha y la moral por los suelos. Quién nos mandaría a nosotros meternos en este berenjenal, con la forma física que tenemos…

Al día siguiente el amigo nos pide que le pasemos la reseña. “Todo muy bonito y limpio. Pero no apto para mayores de cuarenta.” Para qué nos vamos a engañar. La contractura y las agujetas me duraron casi una semana.