No sé la vuestra, pero la maestra de mi hija es un ser de luz. No se equivoca, es perfecta. Es una virtud en sí misma, a la que no se le puede corregir los errores. ¿Qué errores? Los errores dejan de serlo desde el momento en el que ella comete uno. Existe la inmunidad legal de la monarquía y luego está la inviolabilidad judicial de esta señora. Tal y como ocurre en muchos colegios, la maestra se comunica con las familias a través de una aplicación móvil. Cada dos o tres días, nos actualiza lo que hacen en clase, nos recuerda traer algo pendiente y nos desea felices fiestas cuando corresponde.

Las faltas de ortografía “imperdonables”

La cuestión es que la doña tiene unas faltas de ortografía considerables. No estamos hablando de alguna tilde o un signo de puntación, que también, pero que son perdonables e incluso justificables según las prisas con las que haya enviado el mensaje. Hablamos de que se come alguna H o confunde la B y la V. Bajo mi parecer, un detalle grave teniendo en cuenta que es la profesional responsable de la enseñanza de la lectoescritura de nuestros hijos. Quizá los padres o las madres no hemos tenido la oportunidad de estudiar por las circunstancias personales que sean, pero ella se supone que sí, que está formada para realizar su cometido laboral. Se supone que tiene una carrera universitaria y, además, ha estudiado una oposición, ya que nos referimos a una experiencia del entorno público. Consideré oportuno hablar porque era insufrible ver una y otra vez mensajes cargados de faltas gramaticales y ortográficas.

Como respuesta a una captura compartida en el grupo de WhatsApp, comenté “en caliente” que me parecía inconcebible que una persona dedicada a la enseñanza escribiese así. Una madre detrás de la otra me acusaron de clasista, asegurándome que estaba faltándole el respeto a la profesora. Para mí, una falta de respeto es dirigirse de esa manera a las familias. Su nivel de comunicación con nosotros era digno de un niño de 10 años con sus amigos en un chat de PlayStation durante una partida de Fortnite.

Ahora sé que no debía haber dicho nada en el grupo de padres y dirigirme única y exclusivamente a la maestra en privado. Las consecuencias fueron nefastas: no solo retiraron la invitación de mi hijo a los cumpleaños ya fechados, sino que a mí me terminaron expulsando del grupo.

Lo más fuerte fue que mi “grupo de amigas”, las madres más cercanas con las que había organizado una merienda el fin de semana, dieron por cancelada la reunión alegando motivos ajenos a esa discusión. El mismo día de la quedada se me ocurrió pasar por el punto de encuentro y ahí estaban. Mantuvieron el plan inicial, pero sin nosotros.

La maestra también me hizo vacío

Y la cosa no quedó ahí. Le escribí a la maestra y, con toda la educación del mundo (¡os lo prometo!), le pedí que cambiara su forma de comunicarse con las familias. Apelé a la importancia de ser un ejemplo para los padres y las madres y, por supuesto, para los niños. Le pedí disculpas por entrometerme mil veces, pero también le insistí en que no podía dejarlo estar dada la gravedad del asunto.

No me contestó. Tampoco me volvió a saludar en lo que restó de curso. Dejó de compartir imágenes de mi hijo en el chat, parecía un fantasma ausente dentro de las actividades del centro, y si tenía que decirme cualquier cosa acerca del niño, me mandaba a la presidenta del AMPA.

Mientras tanto, me convertí en la comidilla del colegio. Incluso otras maestras con las que mantenía buena relación, me han girado la cara en los pasillos y negado el saludo. Un situación tan tensa y angustiosa que me ha hecho mirar un nuevo centro de cara al próximo curso.

Soy consciente de que a ninguna persona le gusta recibir una crítica ni tampoco que nadie ponga en duda su profesionalidad, pero no vi necesario el drama por un comentario del cual, a través de argumentos y pruebas visuales, pude demostrar su veracidad. Es una maestra y nosotros, como padres y madres, deberíamos exigirle un mínimo de calidad en su trabajo con nuestros hijos.

 

Relato escrito por una colaboradora basado en la historia real.