Cuando conocí a este chico a mí me pareció muy mono. No es el típico tío modelo de anuncio de perfume masculino, pero sí es muy atractivo. Así se lo dije a la amiga que estaba conmigo aquella tarde en cuanto nos quedamos a solas. ‘Madre mía cómo me pone Fulanito’, creo que esas fueron mis palabras. Las de mi amiga fueron: ‘¿Quién? ¿El de las entradas?’. Y yo, que ni me había fijado, me quedé en plan ‘Qué entradas ni qué entradas… ¿tiene entradas?’. Llevaba el pelo muy cortito, eso sí. Luego volví a verle y me fijé en que era verdad, el chico tenía unas entradas bastante profundas y la frente algo despejada. Y daba lo mismo, porque con entradas o sin ellas, seguía siendo monísimo y super simpático. Así que desplegué todas mis armas de seducción a mi alrededor y, unas semanas después de conocernos, podía decir que estábamos saliendo.

La cosa iba bastante bien. El tiempo iba pasando, las semanas se convirtieron en meses y yo estaba en una nube rosa gigante que ya la quisiera Goku para él. Me encanta la rutina que teníamos para vernos entre semana. Me flipaba hacer juntos cosas durante los findes. Hasta me gustaba que se hubiera dejado de rapar el pelo (lo suelto así como dato que no me llamó la atención).

Y, de pronto, un buen día me informó de que se iba a ir de viaje por trabajo unos días más de lo habitual (viajaba con regularidad). No me extrañó, claro. Ni que no me enviase fotos ni nada, porque la verdad es que nunca lo hacía. De hecho, solía quejarse de que viajaba mucho, pero no podía hacer nada de turismo porque se pasaba los días encerrado en la fábrica de turno.

Aunque me empecé a picar cuando, pese a que tuvo que quedarse en destino unos días a mayores, me avisó de que ya había aterrizado y tal, pero que estaba muy cansado y ya me avisaría para vernos. Y luego tuvo mucho curro. Y luego me dijo que se iba a pasar el finde al pueblo con sus padres.

Hablábamos casi a diario y me enviaba wasaps en su línea habitual, sin embargo… me puse paranoica. A mí tanta excusa me sonaba rara y me emparanoié con que se había liado con alguien durante el viaje o algo así. No se me ocurría otro motivo para ese rollo de tenerlo de telenovio y no dar el paso a volver a la presencialidad. Y quería esperar a que por fin me dijese de vernos para ver si se confirmaba mi teoría o qué, pero los días se sucedían y la paciencia nunca ha sido una de mis virtudes. No me quedó más remedio que tratar el tema por teléfono. No esperé a que volviera del pueblo, le llamé y le dije que tuviera huevos, me contara qué pasaba o me reconociera que estaba con otra.

¿Sabéis que respondió a eso? Pues, después de unos tensos segundos de silencio absoluto, me preguntó si estaba en casa, me pidió que esperase, que iba para allí y me colgó. Yo pensé que iba a tener que esperarle bastante, porque el pueblo está como a una hora y media. Sin embargo, el timbre sonó como quince minutos más tarde. Se presentó en mi puerta con la capucha de la sudadera todavía puesta. Hacía frío, pero era raro, pensé. Y más raro fue que no se la quitara tampoco cuando entró en casa, ni cuando se sentó en el sofá.

No obstante, lo más raro estaba por llegar. Porque, todavía con ella puesta, empezó a explicarme que me había mentido porque no quería que lo viera, que le daba vergüenza… que lo había hecho sin informarse bien de los plazos, que no sabía que iba a estar así tanto tiempo…

Al fin se quitó la capucha y, colorado, muerto de la vergüenza y con la cabeza rapada y con un aspecto rarísimo, me confesó que se había ido a Turquía a ponerse pelo.

Mi chico, más guapo y bonito hasta con las rojeces y esos pelillos desiguales. Que a mí me daba igual si se hacía un injerto, se lo quitaba a la cera o se lo pintaba de colores. Porque a mí me gustaba por dentro, por fuera y, además, ¡no me había sido infiel!

 

Relato escrito por una colaboradora basado en el texto enviado por una lectora

 

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