Hector y yo somos del mismo pueblo. De toda la vida. Nos conocíamos de vista pero nada más. Hace unos años de fiesta nos hicimos “tilín” y empezamos a quedar. La cosa fue evolucionando muy bien.
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Yo soy enfermera en puesto fijo en la ciudad cercana a nuestro pueblo. Él es autónomo, siguiendo el negocio de su padre cuando éste se jubiló, continuó con la única tienda de electrodomésticos que hay en el pueblo. Con el tiempo fue invirtiendo y abrió una tienda de informática. En este punto, los dos con trabajo estable y que nos daban beneficio económico y una gran capacidad de ahorro (hasta el momento vivíamos con nuestros padres), decidimos que era un buen momento para comprar una casa.
Por mi parte podía pagar la entrada de una vivienda, y él podría reformar lo que hiciese falta y comprar todo lo necesario para empezar a vivir. Encontramos un chalet con piscina increíble. En un primer momento yo ni quería ir a verlo ¿como voy a pagarlo? era casi medio millón de euros y yo apenas tenía ahorrados 40.000€. Él dijo que no me preocupase, que haríamos al revés. Él puso la entrada y, como la casa era prácticamente nueva, invertiría unos 30.000€ en lo que nos hacía falta, así tampoco me quedaría a cero.
En el banco nos dieron el ok, aunque nos dieron varias vueltas entre nóminas, IRPF e impuestos. Finalmente, la casa era nuestra.
Al principio todo me parecía fantástico, un chalet de dos plantas, piscina, jardín, un pequeño espacio de huerto… hasta adoptamos un perro. Pero algo me decía que había sido demasiado dinero a su edad, estaba por cumplir los 35 ese mismo año y había desembolsado 150.000€ a tocateja entre entrada, impuestos, papeleos, etc. Y así se lo dije. Se excusó diciendo que los negocios iban bien, de hecho tenía idea de seguir creciendo pero le faltaba el lugar.
Unos meses más tarde llegó a casa diciendo que abriría un nuevo negocio, un taller de coches, ya que el único del pueblo iba a cerrar por jubilación y se traspasaba. Volví a preguntar por el dinero y siguió confirmando que los negocios iban bien.
Yo no tenía acceso a sus cuentas (ni él a las mías), simplemente confiaba en él.
Un 25 de diciembre, al despertar, me dijo que fuese al garaje. Un BMW que brillaba tanto que necesitaría gafas. Aquello ya sonaba bastante bastante raro, pero él no soltaba prenda.
Fue en su 35 cumpleaños, en una fiesta sorpresa en casa, cuando vi que sus amigos habían traído a varias personas desconocidas para mi. Pasadas unas horas Héctor se ausentó con los desconocidos y fui a comprobar que pasaba. La pituitaria la llaman.
Busqué por toda la casa y no los encontré. ¿A donde se habrán ido? He buscado en toda la casa menos… la caseta de la piscina. Allí estaban. Héctor y 4 chicos más, haciendo recuento de “bolsitas” y billetes. No me lo podía creer. Aún así me callé.
Cuando acabó la fiesta, vino a junto mía a buscar calor humano. Le confronté. Me reconoció que sus negocios eran realmente eso. Que las tiendas algo daban, pero apenas daban para un sueldo. Tan bien montado lo tenía que había más de media docena de personas contratadas. Le dejé ese mismo día. Y sí, también dejé allí el coche.
Durante semanas estuve yendo y viniendo de casa de mis padres a la que era la nuestra, hicimos los cambios de documentación de las propiedades, me extendió un cheque de 30.000€ y me informó de una cita ya marcada en la gestoría para justificar la procedencia del cheque. Yo no quería ese cheque, como si estuviese en una película, lo rompí delante suya. Ese dinero estaba sucio.
Han pasado un par de años y me sigo sintiendo tonta por no haberme dado cuenta antes. O quizás no quise darme cuenta. No lo se. Lo importante es que yo vivo tranquila, sin la tensión de que puede aparecer la policía en casa y me pida explicaciones. Cuando paso por alguno de sus locales se me revuelve el estómago de pensar el por qué están ahí y de donde sale el sueldo que les paga a sus empleados.