En junio de 2021 tuve a mi tercera hija. Una amiga cercana, Mar, se quedó embarazada poco después que yo, así que compartimos parte del embarazo (poco, por eso de que aun andaba el virus por ahí dando la lata). Tres meses después que yo, dio a luz a una pequeña preciosa, pero unos días más tarde llamaron a su marido para trabajar en otra ciudad y se tuvieron que marchar, con el puerperio a medio empezar, la niña con la lactancia sin establecer del todo y el padre con el permiso sin coger para poder aprovechar la oportunidad laboral.

Sentí mucha pena, pero la verdad es que, con los confinamientos y las precauciones pandémicas, nos veíamos cada vez menos.

Poco a poco empecé a sentir distancia, pero no con ella, sino con mi entorno de siempre. Veía cada vez más claro cómo quería y, sobre todo, como no quería hacer las cosas con la crianza de mi niña y de mis niños mayores (nunca es tarde para aprender) y no encontraba a nadie con quien compartir los pensamientos y emociones que me despertaban los nuevos conocimientos que estaba adquiriendo.

Sentía como un nuevo despertar dentro de la maternidad, todo tenía más sentido cambiando el enfoque, pero en mi entorno solo veía burla y desprecio hacia mis razonamientos. Entonces un día en que llamé a Mar para preocuparme por ellas, empezamos a hablar sobre algunos temas que teníamos en común: lactancia materna, incomprensión por parte de algunos miembros de la familia, sentimiento de soledad… Y vimos que teníamos las mismas ideas y valores en cuanto a la crianza, nos informábamos en sitios similares y podíamos intercambiar conocimientos y experiencias.

Siempre nos llevamos genial, nos conocimos en un trabajo bastante horrible y ella fue muy importante para mí muy pronto, ya que mi vida dio un triple tirabuzón con mortal hacia atrás y ella estuvo siempre cerca, tanto como para que me sintiera acompañada, tan poco como para que no me sintiera agobiada. Ahora, enviando audios eternos con mi hija pegada al pecho, veía que siempre tuvimos mucho más en común de lo que creíamos. Nos importaban las mismas cosas, teníamos las mismas preocupaciones y un humor bastante parecido.

Las niñas fueron creciendo poco a poco y nosotras seguíamos compartiendo la frustración por no poder encontrar un trabajo que nos permitiera conciliar, la preocupación por unas niñas que se estaban tomando demasiado tiempo para avanzar en su desarrollo y el cabreo por tener que recibir siempre la opinión de todo el mundo sobre las decisiones que tomamos (y que por supuesto todo lo “malo” sea nuestra culpa y lo “bueno” gracias a los demás).

Cuando celebré el primer cumpleaños de mi niña no pudieron venir. Ella, al estar lejos de su familia, apenas celebró el de la suya. Y así, una vez por otra, no dábamos coincidido con las niñas físicamente. Yo conocía el color de la silla de paseo, del bolso de pañales y hasta de las cacas de esa niña, pero la había tenido en brazos una vez recién nacida y nunca más. Hasta que un día, sin mucha antelación, me avisa de que vienen y que, si hay suerte, podremos vernos un rato.

Coincidiendo con el horario de la escuela infantil de mi pequeña, ellas consiguieron escabullirse de los compromisos sociales durante un rato para poder pasar un tiempo conmigo. No podía permitir que esa bebé estuviera en mi casa y la mía no, así que bajé corriendo a buscarla y, al fin, se vieron siendo conscientes por primera vez.

Fue muy gracioso verlas interactuar, ver cómo se miraban y cómo compartían juguetes mientras nosotras podíamos hablar sin apenas interrupciones. Fue curioso cómo, a pesar de no vernos desde hacía casi un año, parecía que no había pasado el tiempo. La realidad es que hablo más con ella que con cualquier persona de mi día a día y es ella quien mejor me ha entendido en años. Además, siento que para ella soy igual de importante y eso también me hace sentir bien. Han sido casi dos años muy intensos en nuestras vidas, pero haciendo tribu entre nosotras, con nuestras familias, todo ha pesado mucho menos. 

Pronto será de nuevo el cumpleaños de mi pequeña y, esta vez, espero que puedan venir a soplar las velas con nosotras, porque no tiene sentido alguno que estas niñas se estén criando juntas sin saberlo, que sus madres sean tan especiales la una para la otra y apenas nos conozcan.

Siempre supe lo importante de tener una tribu, pero nunca antes había experimentado lo especial que es saberte siempre sostenida en algo tan complejo como es la maternidad.