Por si teníamos poco estrés con el elfo travieso y Papá Noel, ahora llegan los planes navideños. Igual me vais a llamar exagerada, pero a mí todo esto me provoca ansiedad. Yo quiero dar mis hijos lo mejor, comprarles todo lo que pidan en la carta a Papá Noel y a los Reyes Magos, que nuestro elfo haga las trastadas más originales y graciosas, y, además, ahora me tengo que preocupar de sacar dinero de debajo de las piedras para llevar a mis niños a un montón de planes navideños por mi ciudad, o si se puedo, hacerse una escapada.
Yo ya no puedo más. Ser padres en Navidad es muy estresante.
Viajes a Laponia para ver las auroras boreales y al Papá Noel de verdad. Escapadas a Alsacia para ver sus pueblecitos navideños. O a Vigo, capital mundial de las luces y de las bombilla. Mercadillos, pistas de hielo, espectáculos, trenecitos, belenes vivientes, navidades mágicas en cada barrio, Cortylandia, funciones especiales, talleres creativos, experiencias inmersivas. Y yo mirando la agenda, la cuenta del banco y pensando: no me da la vida. Ni la visa.
Vivo en Madrid, así que, cuando yo era pequeña, mis padres me llevaban a Cortylandia a la Plaza Mayor a comprar una figurita para el Belén y a comernos un bocata de calamares. Pero es que ahora si no llevas a tus hijos a al menos un parques temático, a tres o cuatro actividades navideñas y te pegas un viaje que te ha costado medio riñón, no lo estás haciendo bien.
La moda de los viajecitos a mí me trae por el camino de la amargura. Me encanta viajar y me llevaría a mis niños al fin del mundo, el problema es que no tengo dinero.
Ahora lo más cool es llevar a los niños a Laponia, porque allí vive el verdadero Papá Noel. Que subirse a un avión rumbo al Círculo Polar Ártico con niños abrigados hasta las cejas, rutas en trineo, renos de foto y chocolate caliente con malvaviscos, está muy bien. Pero no sé yo hasta que punto disfrutan las criaturas con el frío que tiene que hacer allí.

La otra opción más low cost es irte a Francia a ver mercadillos navideños de la zona de Alsacia. Low cost por decir algo, porque ya os digo yo que Francia no es barata, pero al menos está más cerca que Finlandia. Que aquello tiene que ser precioso, pero se ha puesto tan de moda que ya ni se puede pasear por las calles de los pueblos.
Otras alternativas que tenemos para que las navidades de nuestros hijos sean únicas, son: ir a Suiza a esquiar, a Disneyland a ver a Mickey disfrazado de Santa Claus, a Alemania que también hay mucho mercadillo navideño, o a cualquier rincón de Europa, porque parece ser que en el viejo continente se vive la Navidad más intensamente que en España.
Y luego estamos los pobres, lo que no nos podemos permitir salir de España. Entonces te llevas a tus hijos a Vigo o a Madrid a ver el alumbrado navideño. O si eres aún más pobre, aún más clase media tirando a indigente, pues te quedas en tu puñetera casa viendo Solo en Casa, o cualquier otra peli navideña, y comiendo palomitas arropados a una manta.

Los padres estamos sometidos a mucha presión en esta época del año. Porque elegir dónde dejarte el dinero estas vacaciones escolares entre el Naviluz, el Navipark, Las Mágicas Navidades o la Warner decorada de Navidad, no es fácil. Sobre todo cuando tu cuenta bancaria está pidiendo ya la eutanasia.
Y es que todo cuesta dinero. Lo único gratis que puedes hacer es salir a ver las luces de tu ciudad. Pero eso ya no basta, ahora hay que ver las del barrio de al lado y las de la ciudad vecina, que dicen que son espectaculares. A eso añádele un taller de hornear galletas para los niños, ir al teatro a ver una función navideña y comprar una bola para el árbol en alguno de los miles de mercadillos navideños que te ves casi obligado a visitar.
O lo de las experiencias inmersivas, que eso ya es otro nivel. Te vas a un pueblecito de la sierra de Madrid, que allí hay más nieve y es más navideño todo, te plantan unos decorados, un señor disfrazado del de la barba blanca, un par de villancicos con los niños, y por eso te clavan unos cien euros por familia. La pura esencia del espíritu navideño, vaya.
Y si no te olvides de hacer muchas fotos y subirlas a las redes, porque si no subes una foto parece que no ha ido. Y si no has ido, no has llevado a tus hijos a ver a Papá Noel en alguno de los tropecientos emplazamientos donde se encuentra estos días, entonces parece que eres mala madre.
A veces tengo la sensación de que estamos criando más para Instagram que para nuestros hijos. Que la ilusión ya no es para ellos, sino para demostrar que estamos a la altura. Es competir con otros padres a ver quién es mejor padre en función de las actividades que hace con sus hijos.

Que somos padres implicados. Padres guays. Padres que hacen planes. Aunque por dentro no te apetezca una mierda meterte al centro de la ciudad a caminar como sardinas en lata.
Yo reivindico la Navidad imperfecta. Que cada uno haga con sus hijos lo que quiera, o lo que económicamente pueda. Que tengamos la libertad de decir “paso de meterme en el centro” sin sentirte una mierda de madre.
Porque ser padres ya es bastante exigente el resto del año como para convertir diciembre y la primera semana de enero en una prueba de resistencia.
Porque no pasa nada si tus hijos no hacen todos los planes. Porque no pasa nada si no viajas. Porque no pasa nada si te quedas en casa.
Quizá algún día miren atrás y no recuerden cuántas luces vieron, ni en qué ciudad estuvieron, ni si fueron a Cortylandia tres veces o solo una. Pero sí recordarán las tardes de mantita, peli y palomitas, montar el árbol de Navidad todos juntos, o juntarse con sus primos en Nochebuena.
Y esas cosas que no se compra con dinero.