Una diarrea explosiva
Fue un fin de semana en una ciudad del litoral mediterráneo. Todo iba a la perfección. Un par de días allí es lo más parecido a estar en el paraíso. La playa, el clima, la gastronomía y un hotel estupendo con un precio muy competitivo eran los elementos del cóctel que mi amiga se había montado con su novio por aquel entonces. O eso fue lo que le entendí cuando me lo contó entre risas.
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Al parecer, el jambo vivía en un pueblecito cercano a la ciudad y no había salido mucho de allí. Lo suyo era estar con los cochinos, trabajar en el huerto, encargarse de la matanza y pasear por las montañas. La modernidad era algo que le sonaba de la televisión, pero que no le interesaba lo más mínimo. Mi amiga siempre ha tenido la parafilia de cepillarse a un hombre en medio de una montaña y pensó que le había llegado su momento.
Ella era enfermera en una clínica privada y él tenía que bajar a la ciudad para hacerse unas curas en el brazo. Aunque cateto, tenía dinero gracias a su extensión ganadera y siempre decía que «yo me hago daño en el campo y me tienen que atender al momento, no puedo estar tres meses esperando para que me miren. Las bestias no entienden de reloj y si no comen a diario se me mueren». Al parecer, el galán se había caído del tractor, se había arañado el brazo con una zarza y se había dislocado el hombro. Al mover el brazo para sacarlo de las espinas, se desgarró la piel y le tuvieron que poner varios puntos. El hombro se lo colocó su padre de un jalón.
Pues bien, mi amiga lo conoce mientras le hace las curas, él le mira con ojos de carnero degollado y le dice que está invitada a su cortijo. Ella, que nunca ha sido tonta, le dice que primero allí en la ciudad que le va a llevar a ver unos museos y a comer. El cateto accede, se pasa toda la mañana del sábado viendo museos y exposiciones sin rechistar, se va a comer con ella y se mete una mariscada del 15. Por la noche, se van a un restaurante italiano, se toman una botella de Lambrusco y un tiramisú de postre, tras probar varios platos, y se van para el hotel.
Me dice mi amiga que el chaval estaba bien armado y que follaba con bastante ímpetu. Tras tres asaltos, se quedan dormidos. A la mañana siguiente, ella abre los ojos, él estaba roncando al lado, y nota que hay un olor muy fuerte en la habitación. Pensó que era como a abono, pero concluyó que era lógico, ya que él se dedicaba a cuidar ganado.
A los dos segundos escucha un taponazo y como si saliera un líquido. Piensa que podría ser el lavabo y cuando se incorpora ve la cama entera llena de mierda. Es más, un segundo taponazo hace que el cateto se despierte y que salga corriendo al baño mientras lo va pintando todo a pistola. La peste era insoportable, él dentro del baño con una vergüenza enorme, ella llamando a las limpiadoras para que retirasen la sábana manchada y para que limpiasen el suelo. Dentro del baño solo se escuchaban taponazos y retortijones.
Cuando se acabó todo, el chaval salió con la cara como una granada. Alegó que fue el vino italiano y que él era de campo y no de ciudad para explicar lo sucedido. En una farmacia cercana compraron algo para la diarrea, se despidieron y él pensaba que no volvería a ver a mi amiga. Llevan cinco años casados, ella vive con él en el campo y la última vez que le puse una copita de Lambrusco me quiso matar. ¡Vivan las diarreas explosivas y el amor rural!
