No trabajo fuera de casa, pero dejo a mis hijos en el comedor del colegio. Y no es por necesidad, ni por conciliación, ni porque llegue tarde a recogerlos. Es por algo mucho más simple y, al parecer, mucho más escandaloso: no me gusta cocinar y me resulta muy difícil darles de comer de una manera variada y sana sin volverme loca.

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Sí, lo he dicho. No me gusta cocinar. Y, así en general, no se me dan bien las tareas de casa. No soy yo muy buena ama de casa. Solo plancho si es estrictamente necesario, pasar la aspiradora me parece tedioso, y hago las camas todos los días porque no me queda más remedio. Pero, sin duda, cocinar, es la tarea que más odio en el mundo.

Lo sé, lo sé. Según cierta parte de la sociedad, esto me convierte automáticamente en una madre negligente, en una persona vaga o, directamente, en alguien que no ha entendido nada sobre la maternidad consciente y respetuosa. Porque parece que ser buena madre implica dominar el bello arte de la repostería para que mis hijos lleven un bizcocho casero como almuerzo. Y si en vez de eso, los mandas al cole con un paquete de galletas oreo, pues eres la peor madre del mundo. 

 

¿La gente me critica por ello? Sí.
¿Me importa? Pues no demasiado, la verdad.

Parece que es un crimen dejar a tus hijos en el comedor cuando tú estás en casa. Como si el hecho de poder recogerlos a las dos implicara automáticamente que debo hacerlo, llegar a casa, escucharles quejarse de que están hambrientos, que empiecen a comer cerca de las tres de la tarde, y enfrentarme al eterno drama de “esto no me gusta” o “esto tiene cosas verdes”.

Además, parece que el comedor escolar sigue teniendo la fama que tenía en los años 90. Cuando yo iba al colegio, en el comedor se servían todo frito y empanado. Lo más saludable que te comías en el colegio era la ensalada de lechuga, tomate y ya que te ponían cómo acompañamiento del pescado rebozado.

Pero sorpresa: los comedores escolares han evolucionado. Y mucho.

Hoy en día, en las cocinas de los colegios trabajan profesionales que saben exactamente lo que hacen. Los menús están diseñados por nutricionistas, se planifican para que sean equilibrados, incluyen verduras de todo tipo, legumbres, fruta y pescados que mi economía no permitiría ponerles en casa.

Que esa es otra, la economía doméstica. Al precio que están los alimentos, me sale mejor pagar el comedor que intentar reproducir en casa esos menús equilibrados que les ponen en el colegio.

¿Y la carga mental que a mí me supone pensar todos los días qué van a comer tus hijos? No es solo cocinar. Es planificar menús, hacer listas de la compra, intentar que no repitan demasiado un alimento, que prueben recetas nuevas mientras se quejas de que eso no les gusta.

A mí el comedor escolar me facilita la vida, me elimina ese estrés diario de las comidas. Durante cinco días a la semana sé que mis hijos están comiendo saludable y equilibrado, y eso me va genial a mí para mi salud mental.

Porque tener que preocuparme sólo de las cenas me da una paz, una tranquilidad, que eso no se paga con dinero. Que también os digo, no me lo curro mucho. Cosas sencillas: una tortilla francesa, un poco de verdura, unas salchichas… La verdad es que cenan nuggets de pollo y salchichas más veces de las que me gustaría admitir.

Mis hijos están alimentados, están sanos, están aprendiendo a comer de todo y, lo más importante, tienen una madre que ha decidido ser un poco más feliz. Y no solo soy feliz yo, mis hijos se quedan encantados a comer en el cole. Porque además juegan en el patio con sus amigos después de comer.

Así que sí: dejo a mis hijos en el comedor del colegio porque no quiero pensar cada día en qué hacerles de comer. Porque no me gusta cocinar. Porque me genera mucho estrés. Y porque así los recojo más tarde y tengo más tiempo para mí, para hacer las cosas de casa o para irme a tomar un café con otra mamá. Porque las mamás también necesitamos vivir y tener vida social.