Cuando le conocí, nada me hizo sospechar que fuera el ser más ruin y despreciable de este planeta. Supongo que esta clase de personas se cuidan mucho de ser descubiertas para que nadie sea capaz de conocer su verdadera cara hasta que ya es demasiado tarde y, aun así, siempre tendrán la cara dura de negarlo todo hasta el final. En su mente, ellos siempre serán las víctimas de este tipo de historias.
El día que me presentaron a Lucas, sentí por primera vez en mi vida ese flechazo del que siempre había oído hablar, pero que nunca había experimentado. No solo era un chico muy guapo y atractivo, había algo en su actitud, en su forma de moverse, de hablar. Había algo magnético en él que me atrapó desde el principio y me atrajo inexplicablemente, sin saber que más pronto que tarde terminaría como Ícaro, quemando mis alas por acercarme demasiado al Sol.
Después de un par de semanas tonteando y sintiéndome la mujer más afortunada del mundo por tener a semejante tío detrás de mí, acabamos liados. Ojalá hubiera sabido entonces lo que hoy sé para haberme ahorrado el dolor y la decepción que vinieron después, pero nadie tiene una bola mágica de cristal que pueda predecir que el chico del que te estás enamorando pueda llegar a ser un auténtico cabronazo. Así que empezamos a salir en serio. Yo no podía ser más feliz, todo era perfecto: me cuidaba, me sorprendía constantemente, me hacía reír, era cariñoso, atento… una joya, vamos. Y con esa imagen de hombre perfecto que construí en mi mente, pasaron los años.
Las cosas nos iban muy bien y todo estaba genial entre nosotros, hasta que dejó de estarlo. Un día, estando en la universidad, me llegó un mensaje a mis redes sociales. No era una cuenta falsa creada únicamente para mandarme un mensaje, sino una cuenta real, de una chica muy guapa con miles de seguidores. Cuando, extrañada, leí su mensaje, tuve que agarrar todas mis cosas y salir corriendo de clase porque sentí que me ahogaba.
Me dijo que hacía unos días se había liado con Lucas en su coche y que, cuando ella no quiso ir a más, él había intentado forzarla. Aun así, logró quitárselo de encima y él la dejó tirada en medio de la nada.
Me avergüenza reconocer que me creí totalmente la versión que Lucas me dio cuando le pedí explicaciones. Según él, aquella chica llevaba mucho tiempo tirándole ficha, pero como él había rechazado sus insinuaciones, ahora estaba intentando romper nuestra relación como venganza. ¿Cómo iba a dudar de él, si era el novio perfecto?
Después de bloquear a aquella chica e ignorar sus advertencias, nuestras vidas continuaron como si nada. Sin embargo, meses después, cuando yo ya me había olvidado del tema, una antigua compañera de instituto con la que llevaba años sin hablar me escribió un escueto mensaje en el que me aconsejaba que tuviera cuidado con mi novio, ya que no sabía con qué clase de persona estaba saliendo. Leer algo así de una persona conocida me dejó un poco fuera de juego, sin saber qué pensar.
¿No era ya mucha casualidad que dos personas me dijeran lo mismo? Me dijo que estaba asustada, pero que, aun así, tenía que abrirme los ojos. Fue entonces cuando me pasó un par de capturas de pantalla en las que Lucas la amenazaba abiertamente con hacerle daño si se le ocurría contarme nada, ya que sabía que nos conocíamos.
Resulta que llevaba semanas tonteando con él y hacía tan solo unos días habían quedado para tomar unas copas y terminaron enrollados en su coche. En un momento de la noche, en que ella iba un poco perjudicada y empezó a encontrarse mal, le pidió que parase y él no se lo tomó nada bien. Al principio hizo oídos sordos y continuó penetrándola, hasta que ella pudo empujarle con la suficiente fuerza. Lejos de disculparse, la agarró del cuello y la insultó.
Mi antigua compañera de instituto me contó que después de gritarle que eran todas iguales y tirarle su ropa al suelo, se marchó dejándola medio desnuda, borracha y con un ataque de ansiedad en medio del campo. Aquella misma noche Lucas la escribió para amenazarla, a fin de asegurarse de que mantendría la boca cerrada.
Sentí ganas de vomitar. Aquel modus operandi me resultó tan parecido al de la chica que me había escrito hacía meses… todo cuadraba. No había denunciado por miedo a la reacción de mi novio y por vergüenza, por temor al qué dirán.
Con toda la sangre fría que fui capaz de reunir, quedé con Lucas como si nada hubiera pasado y, cuando le tuve enfrente, quise matarle. Nunca antes había sentido tanto asco por una persona, y mucho menos por alguien a quien había querido de aquella manera hacía tan solo un par de horas. Le puse al día sobre mis averiguaciones y le dije que no se molestara en negarlo porque tenía pruebas. Me quedé aún más helada cuando me dijo que era su palabra contra la de él, que todo había sido consentido y que, si no quería tener sexo, no entendía por qué se había subido a ese coche.
Ni siquiera se molestó en disculparse conmigo por haberme sido infiel ni en sentir remordimientos por haber hecho algo tan horrible. Cuando se le cayó la máscara y pude ver cómo era mi novio en realidad, me sentí tan estúpida por haber estado tan ciega que no pude evitar echarme a llorar mientras cortaba con él. No lloré de pena, lloré de rabia, de dolor por todas aquellas chicas a las que habría hecho daño y a las que yo había ignorado.
Durante unos días intentó convencerme de que la víctima era él, que ellas solo querían destruir nuestra relación, pero al final terminó por desistir. Cuando me sentí con fuerzas, volví a hablar con la chica que me escribió y con mi compañera, animándolas a tomar cartas en el asunto, pero ninguna de las dos quiso interponer una denuncia y me pidieron encarecidamente que lo dejara estar.
Con mucha impotencia, respeté su decisión, aun sabiendo que él continúa con su vida sin pagar por lo que hizo.
Escrito por Mar Martín basado en un testimonio real.