La primera vez que le conté a una amiga que dormíamos separados me puso una cara de entre asombro e incredulidad. Literalmente me dijo:
—Tía, ¿pero todo bien con tu chico?
Y yo, con el cutis de quien ha dormido ocho horas del tirón después de meses de insomnio y discusiones, solo pude contestar:
—Mejor que nunca. Gracias por preguntar.
Y es que mi pareja y yo dormimos en camas separadas. Es más, no es que hayamos quitado la cama de matrimonio y hayamos instalado dos camas de noventa, es que dormimos en habitaciones distintas.
Y no por falta de amor o que estemos al borde del divorcio, todo lo contrario. Nos queremos tanto y teníamos tantas ganas de salvar nuestra relación que decidimos tomar esta medida.
Todo empezó con sus ronquidos. O lo que quiera que sea eso. Porque lo que él hace no es roncar, es convocar a los demonios con su cántico infernal. Se tragaba la habitación con todo lo que había dentro incluida yo, para luego escupirlo.
Al principio me hacía gracia. Me resultaba hasta entrañable el ruidito que hacía mezcla de motosierra y rugido de oso de las cavernas. Yo le chistaba, le daba la vuelta para que dejara de roncar, y funcionaba. Pero a los cinco minutos empezaba el concierto otra vez.

Al cabo de unos meses viviendo juntos, empezaron los problemas. Me levantaba de mal humor, con ojeras que me llegaban a los tobillos y el alma un poco más resquebrajada cada mañana. Y él, mientras tanto, durmiendo como un bendito, tan feliz, tan inconsciente, tan ajeno al apocalipsis auditivo que provocaba a su lado.
Probamos de todo: tiritas nasales, humidificadores, cambiar de almohada, aplicaciones de sonidos de la naturaleza, tapones para los oídos, sesiones de reiki, exorcismos. Nada funcionó. Yo seguía durmiendo menos una madre primeriza.
Hasta que un día, en un arranque de desesperación, le solté:
—¿Y si dormimos en habitaciones separadas? Solo para probar.
Él me miró, asintió y dijo:
—¿Esta noche?
Y así empezó la revolución. Esa misma noche dormí como hacía años no dormía. Sin codazos pasivo-agresivos. Sin despertarme pensando en el divorcio. Sólo yo, mi almohada, y un silencio tan precioso que casi me dan ganas de llorar.
Desde entonces, cada uno tiene su habitación. Yo me quedé con la cama de matrimonio, que para eso era la damnificada, y él se fue a la habitación de invitados. Después de aquello, nuestra vida ha continuado feliz. De hecho nos casamos el verano pasado, pero la noche de bodas la pasamos juntos. Porque dormimos en un hotel, no os vayáis a pesar otra cosa. Si llegamos a dormir en casa, habríamos dormido cada uno en su cuarto, no si antes haber echado el primer pinchito como marido y mujer.
Que esa es otra… el sexo. La gente se cree que como dormimos separados no follamos. “Pues ya no tendréis relaciones sexuales” dan por hecho tantas veces…

“Y si un día os apetece un revolcón, ¿qué hacéis, os mandáis un WhatsApp?”. Pues mira eso es cierto, a veces nos mandamos un WhatsApp en plan “oye, ¿quieres que vaya?”. O nos hacemos una visita nocturna. O lo hacemos en cualquier otra parte de la casa y a la hora que sea. Porque seguimos siendo parejas y nos seguimos atrayendo. No es obligatorio tener relaciones por la noche y en la cama conyugal.
Dormimos separados, pero no somos compañeros de piso. Seguimos abrazándonos, seguimos besándonos y seguimos compartiendo momentos de intimidad.
Y es que parece que si no duermes abrazada a tu pareja cada noche como en una película romántica entonces no la quieres. Y eso es una tontería como un piano. Porque quererse también es decir: “Cariño, te adoro, pero si no me dejas dormir me voy a convertir en Hulk”.

El descanso no debería ser un lujo ni un tabú en una relación. Debería ser una prioridad. Porque cuando una duerme bien, está más feliz, más centrada, más receptiva. Y eso se nota en todo: en el humor, en el deseo, en la capacidad de escuchar y de entender al otro. En cambio, cuando una arrastra sueño, todo es cuesta arriba. Hasta querer se vuelve cansado.
Así que no, no estamos en crisis. No nos vamos a separar. No estamos dejando que la llama se apague. Estamos cuidando la llama desde otro ángulo. Dándole oxígeno. Y si para eso tenemos que dormir en camas separadas, pues lo hacemos.
Escrito por Raquel Acosta, basado en la historia real de una seguidora.
Envíanos la tuya a [email protected]