Hubo un tiempo en que el verano era mi estación favorita. Estaba deseando acabar el cole para irme a la casa del pueblo con mis abuelos y mis primos. Luego, cuando creces, aprovechas los veranos para trabajar y sacarte un dinerito para tus cosas, o para escaparte a la playa con tus amigas.

Cuando eres adulto, el verano se reduce a las vacaciones que te permite tu trabajo, pero aún así, sigues disfrutando del calorcito, los días más largos, de tomarte una cerveza en una terrada o de leer un libro tirada en tu toalla en la playa mientras te tuestas al sol.

El verano era sinónimo de libertad, de desconexión, de vacaciones mentales. Luego me convertí en madre y el verano se fue a la mierda.

Ahora el verano se traduce en caos, gritos y niños que, encima de acostarse súper tarde y de levantarse demasiado temprano, se aburren a los cinco minutos de haberse levantado. ¿Y sabéis qué es lo peor? Que este suplicio dura casi tres meses.

De finales de junio a primeros de septiembre, tienes a los niños en casa y tienes que hacer malabares con los horarios para atenderlos, para que luego estén quejándose todo el santo día porque se aburren. No sé vosotras, pero yo estoy harta, y no llevamos ni medio verano.

“Mamá, me aburro” es la frase estrella, más escuchada en mi casa que la canción del verano.

 

La dicen nada más terminar el desayuno, que suele consistir en un intento desesperado por que coman algo mientras tú te tomas un café frío. Y luego, cada media hora, escuchas la dichosa frase. ME ABURRO. Pero si tenéis juguetes, libros, tablet, piscina, pinturas, plastilina, juegos de mesa, el cuadernillo de Vacaciones Santillana… da igual. Con nada se entretienen.

Y si sólo tienes uno hijo, enhorabuena, aún hay esperanza para ti. Pero cuando tienes más, a los “me aburro” hay que añadirle las constantes peleas entre hermanos. En mi caso, que tengo dos, mis hijos se pasan el día discutiendo: por el mando de la tele; por el sofá, porque los dos quieren tumbarse en el mismo sitio; porque si uno está jugando con un juguete, lo quiere el otro.

Y eso que mi hijo pequeño solo tiene dos años, pero ya apunta maneras. Ya quiere elegir él los dibujos que ponen en la tele (es fan de La Patrulla Canina), pasa de sus juguetes y quiere los del hermano, y a todo esto hay que añadirle las rabietas de los terribles dos años. ¡Mi casa ahora mismo es un espectáculo!

Si además te toca trabajar en verano, porque no tienes la suerte de ser una mantenida o de estar en el paro, la cosa se pone fea. La conciliación en verano es una autentica prueba del Grand Prix. Tira de abuelos, de colonias de verano, campamentos, paga a alguien para que se quede con tus hijos, o a veces todas las anteriores a la vez.

No es mi caso, pero tengo amigas que apuntan a los niños a los campamentos urbanos que organizan en el cole, pero salen a las 14h y tienen que ir a buscarlos sus abuelos, porque ellas no trabajan de 9 a 14h que es el horario del campamento.

En agosto tienen que contratar a un canguro que se quede con los niños, porque los abuelos se quieren ir de vacaciones o porque encontrar colonias veraniegas en agosto es una odisea. En julio tienes opciones, pero en agosto debe ser que todo el mundo tiene el mes entero de vacaciones y apenas se organizan alternativas para los papás que trabajan.

Otra opción es trabajar desde casa los meses de julio y agosto para poder hacerte cargo de tus hijos. Pero te digo desde ya que teletrabajar con niños ociosos en casa es una trampa. Da igual que les pongas la tele para que se entretengan y te dejen, da igual que les dejes comer patatas fritas a las 10 de la mañana con tal de que están callados, da igual que te encierres en la habitación a trabajar. Ellos entran, gritan, se pelean y te chillan eso de “mamá, me aburrooooooo”.

Al final acabas adelantando trabajo por la noche mientras ellos duermen. Pero que no se te haga muy tarde entre facturas y hojas de Excel porque a las 7 de la mañana ya están levantado los muy hijos de su santa madre.

Y luego está la semanita que te pegas de “vacaciones” en la playa. Decides dejarte un riñón y alquilar un apartamento en algún pueblito costero para pasar unos días idílicos en familia. Nada más lejos de la realidad. Al final acabas más estresada de lo que te fuiste.

Las vacaciones de las madres no existen. Hay cambio de escenario: en lugar de estar harta en casa, estás harta en un apartamento alquilado, pero tienes las mismas discusiones con tus hijos y tu marido.

Las tareas, esas si cambian. Ahora te dedicas a lavar las toallas de playa, preparar bocadillos, perseguir al niño para que se eche la puñetera crema solar, cargar con cubos y palas para hacer castillos de arena… Las vacaciones son para los niños, no para ti.

Y lo peor es que te sientes mal por odiar el verano. Porque, un día, fue tu época favorita del año, y ahora se ha convertido en un infierno.

Llamadme aguafiestas, pero yo solo quiero que llegue septiembre. Quiero la rutina, los horarios, el cole, la normalidad. Quiero levantarme temprano y saber que en un ratito estarán en el cole y tendré el salón limpio y recogido.  Quiero volver a echar de menos a mis hijos, porque ahora mismo los echo de más.

¡Qué viva septiembre y que viva el colegio!