Los que dicen que los fines de semana son para descansar es porque no tienen hijos. Yo, antes de ser madre, me levantaba tarde, desayunaba sin prisa, me quedaba en pijama viendo series, salía a comer fuera si me apetecía, dormía siesta… Ahora, mi sábado y mi domingo se han convertido en un maratón de planes, juegos de mesa, manualidades, dibujos y actividades lúdicas que ni el Grand Prix del verano.
Tengo dos hijos de seis y dos años, y son de todo menos tranquilos. El mayor se despierta a las 7:00 en punto y el pequeño se despierta porque oye al hermano. Y cuando el mayor duerme, es el pequeño el que abre el ojo antes. El caso es que, por uno o por el otro, antes de que se haga de día ya estamos todos desayunando en el salón.
En mi casa no hay piedad: el fin de semana empieza temprano, dibujos animados a todo volumen, desayunos a las siete de la mañana y dos niños con toda la energía del mundo.
Además, mis hijos tienen una energía inagotable. A las nueve ya han desayunado, han desordenado el salón, se han peleado tres veces y te están preguntando qué hay de comer. La mejor opción es bajarte al parque con ellos para que no te vacíen la nevera y, de paso, corran y se cansen un poquito. Así que muchos sábados, son las diez de la mañana y yo ya llevo un rato en la calle con mis hijos. El parque es solo nuestro porque, ¿quién en su sano juicio va a tener allí a los niños a esas horas, tirándose ya por el tobogán? Pues solo yo.
Los sábados por la mañana que no tienen ganas de salir a dar un paseo, es peor aún. Se quieren quedar en casa dibujando con acuarelas, jugando con la plastilina, con el slime o hacer experimentos con harina, agua, purpurina o cualquier otra cosa que se les ocurra. Cosas que implican que luego hay que limpiar media casa, y ¿quién limpia? ¡Pues yo!

Antes, los fines de semana eran mi momento para descansar. Ahora es una carrera de fondo que empieza el sábado por la mañana y termina el domingo por la noche.
Y lo peor de todo es la presión. Porque parece que, si no haces mil planes con tus hijos el fin de semana, eres una mala madre. Mi hijo mayor, que ha empezado este año Primero de Primaria, tiene que escribir un resumen de todo lo que ha hecho el fin de semana para leerlo en clase el lunes, y no veáis los piques entre ellos… que sale luego del colegio echándome en cara que si fulanito ha ido a un parque de atracciones y a esquiar, y nosotros solo fuimos a un parque de bolas el sábado y el domingo no hicimos nada.
Así que ahí estoy yo, buscando desesperadamente planes divertidos y educativos que suenen bien para la redacción del lunes. Porque, como mi hijo ponga dos fines de semana seguidos que ha estado en el Burger King, fijo que me llama la directora del colegio.

Además, es que mi hijo mayor es el niño de los planes, no hay sábado que no pregunte: “¿Esta tarde qué vamos a hacer?”. Como no tengas una actividad pensada, ya empieza con sus quejas. Por la cuenta que nos trae a mi marido y a mí, más nos vale que tengamos entradas para algún sitio, que hayamos quedado con alguien o que hayamos mirado los planes gratuitos de algún centro comercial, porque como el plan del sábado sea quedarnos en casa, ya tenemos a mi hijo de morros todo el fin de semana.
El domingo intento siempre planear un día tranquilo. Y caigo en la trampa una y otra vez. Porque los domingos tranquilos no existen. “Vamos a quedarnos en casa y descansar, que ya mañana es lunes y hay cole”, digo. Pero descansar, en el lenguaje infantil, significa que ellos van a saltar en el sofá, sacar todos los juguetes que tienen y convertir el suelo del salón en un campo de minas. Debes tener cuidado al andar por la casa porque, como te descuides, te clavas una pieza de Lego en el pie o patinas con un coche.
El fin de semana no es tiempo de calidad: es tiempo de supervivencia. Es intentar que no se maten entre ellos, que coman algo que no sea macarrones con tomate, que se bañen, que se cansen y que, con un poco de suerte, duerman pronto.

Y entre todo esto, organizar planes para que no se aburran: ir al Ikea, a casa de los abuelos, comer en un restaurante con parque de bolas, al cine, quedar con amigos que tengan hijos o con los papás de sus amigos del cole… Alguna actividad que los canse para que caigan rendidos por la noche en sus camas y mi marido y yo podamos disfrutar de un ratito de paz en la noche del sábado. Antes salíamos de copas, ahora disfrutamos del silencio.
Aunque luego los que caemos rendidos somos nosotros en el sofá, con Netflix de fondo. Porque, no sé mis hijos, pero nosotros sí que terminamos agotados de tantos planes.
Así que sí, lo confieso: desde que soy madre, odio los fines de semana. No porque no quiera a mis hijos, sino porque esos dos días que antes eran descanso ahora son puro agotamiento. Pero también, y aunque me pese admitirlo, hay algo de ternura en ese caos.
Y supongo que algún día, cuando crezcan y ya no me despierten a las siete pidiendo que les ponga la tele y les haga el desayuno, echaré de menos este desorden, este cansancio y hasta este ruido. Tal vez entonces vuelva a disfrutar de los fines de semana…