Hace algunos años se puso de moda hacerse el láser en todo el cuerpo. Nos bombardeaban con publicidad sobre las bondades de la depilación definitiva y podías encontrar clínicas en cada esquina. Lo de ir pelona por completo era una idea atractiva, las cosas como son. Aunque tenía sus detractores, a mí me parecía muy cómodo no tener ni un pelo en todo el cuerpo, sobre todo teniendo en cuenta los problemas de piel que siempre he tenido y que estos se acrecentaban en las zonas íntimas.

Pues nada, me decidí y me gasté una pasta, pero oye, que aquello funcionó a la perfección y pude olvidar lo que era depilarme. Como mucho me salía algún pelillo suelto por algún sitio, pero vamos, cosas sin importancia.

Después de un par de años de hacerme el tratamiento, me pasó algo muy extraño. Despreocupada como estaba, apenas si le prestaba atención a si tenía vello en algún lugar. Sin embargo, un día en el baño me di cuenta de que algo asomaba por la mitad de mi papo. Eran unos pelajos largos y negros que salían de dentro. Aquello era como los mejillones del supermercado. 

Me horroricé. No me había visto el bollo tan feo en mi vida. Como el pelo nacía por dentro de los labios, me daba miedo afeitármelo por si me cortaba por ahí dentro, pero no me lo podía dejar así.  Lo único que se me ocurrió fue coger unas tijeras y recortar un poco para que no se viese tan peludo, que parecía que había un monstruo melenudo atrapado ahí abajo, intentando escapar.

Llamé a la empresa donde me hice el tratamiento de láser. Me indicaron que, tal y como ponía en el contrato, tenía incluidos unos repasos anuales para las zonas donde el pelo hubiese vuelto a salir. Así que pedí cita y me presenté en la clínica unos días después.

“Se que tendría que haberme depilado bien, pero es que me daba miedo y necesito ayuda” Le dije, muerta de vergüenza, a la chica de la clínica al entrar en la sala de tratamiento. Ella sonrió muy amable y me dijo que me tranquilizase, que ellas tenían maquinillas allí y que seguro que no era nada. Pero cuando vio el fenómeno que se escondía en mis partes nobles me miró un poco confusa. Me preguntó que desde cuando tenía esos pelos y si los tenía así cuando me hicieron el tratamiento la primera vez.

Y no los tenía, por supuesto que no. Si hubiese tenido ese manglar en medio de la raja me acordaría. De hecho, seguro que ellas también, porque no creo que fuese algo que se viese todos los días.

La chica estaba preocupada. Estaba claro que ella no me iba a depilar ahí y yo lo entendía. No era mi intención que lo hiciera, en realidad, me daba vergüenza tan solo con pensarlo, pero tenía la esperanza de que quizás no sería la única a la que le había pasado eso y que tendrían algún truco o alguna solución.

Empezó a repasarme con la pistola láser otras zonas del cuerpo, supongo que ganando tiempo mientras pensaba en decirme sobre mi mejillón. Cuando estaba terminando de repasar el pubis, miró la zona más de cerca y me dijo muy apurada que no me podía hacer el láser por dentro, que eso era zona húmeda y que me podía causar quemaduras.

Y hasta ahí pudo llegar. Me dijo que intentase afeitarme en casa con mucho cuidado, que me echase mucho jabón y que fuese despacio.

La buena intención se agradecía, pero hasta ahí llegaba yo sola, no iba a rasurarme en seco y a cuchillazo limpio.

Así que regresé a casa con mi mejillón peludo y con mucho miedo y resignación, me metí en el baño y me afeité como pude, la parte interior de los labios púbicos, que es donde al parecer, toda la queratina de mi cuerpo había decidido acumularse.

Así que nada, después de más de mil euros y con el cuerpo entero como una bombilla, he tenido que volver a preocuparme de comprar cuchillas especiales y gel íntimo que sea espumoso para depilarme bien sin cortarme. Que dicen que el cuerpo es sabio, pero el mío más bien es un cachondo. Y la ciencia habrá avanzado mucho, y nos puede suavizar las arrugas, quitar las manchas y hacer desaparecer el vello de la piel, pero cuando las cosas se complican, tenemos que regresar a las viejas prácticas, esas de las que intentamos escapar, pero que, en realidad, nunca fallan.

 

Lulú Gala