Yo creo que lo estoy haciendo bien. No perfecto, pero bien. Enseño a mis hijos a dar las gracias, a pedir perdón, a no pegar, a recoger los juguetes después de jugar. Intento no gritar en exceso y tener paciencia, juego con ellos cuando puedo, procuro que tengan una alimentación variada, y, milagrosamente, la casa suele estar medio colocada. No impoluta, pero tampoco parece un escenario postapocalíptico. Vamos, que dentro del caos general que es la maternidad, yo me sentía bastante tranquila conmigo misma.
Canal de mamis en whatsapp, vente
Hasta que me voy a tomar un café con otras madres.
Ahí, sentada en una terraza, con un café con leche entre las manos, empiezo a sentirme la peor madre del mundo. Sin que nadie me ataque. Sin que nadie me diga nada directamente. Pero escuchando hablar a las otras mamás, a veces me siento la peor persona del mundo.
Ir a tomar un desayuno al bar con tus amigas-madres puede ser terapéutico o un error. A veces hablas, te desahogas, sueltas tus mierdas y te sube a casa con las pilas renovadas. Y otras, te vas con la sensación de que tienes abandonados a su suerte a tus hijos.
Ellas hablan, yo escucho. Y mientras hablan, yo me encojo un poco en la silla. Me siento mal porque me comparo con ellas. Porque algunas mamás hacen cincuenta cosas en el tiempo que tú haces dos. Y porque algunos niños saben leer, escribir y van a empezar con el álgebra ya mismo, mientras el tuyo confunde el color amarillo con el verde.

Sus hijos no ven pantallas entre semana, leen libros, van a fútbol, a natación y a piano. Además, comen cinco piezas de fruta y verduras al día, se lavan los dientes después de cada comida, y, por supuesto, el chocolate no entra en casa y el azúcar es veneno.
Yo les pongo la tele a mis hijos según se levantan por la mañana para que me dejen tomarme mi café tranquila. Porque antes de un café no soy persona y prefiero que vean los dibujos a desayunarme a uno de mis hijos.
Comen fruta coaccionados, y verdura a cambio de un premio. El pescado siempre es congelado o empanado, y el chocolate debo tener cuidado de esconderlo porque, como lo vean, se lo comen y yo ni lo pruebo.

Las comparaciones son odiosas, como se suele decir. Y yo veo a esos niños tan aplicados, tan perfectos y a sus madres tan divinas, que empiezo a plantearme si estaré criando delincuentes.
Porque se empieza chantajeando al niño para que se coma las judías verdes y de adultos acaban delinquiendo y estafando porque es lo que han aprendido en casa.
Ellas parecen tenerlo todo claro. Yo no.
Ellas dicen frases como “es que yo escucho mucho a mis hijos” o “en casa fomentamos mucho el diálogo”. Yo escucho, claro que escucho, pero a veces también desconecto cuando mi hijo me empieza a hablar, a la salida del cole, de que fulanito en el comedor ha tirado el plato de lentejas debajo de la mesa y le han castigado sin salir al patio, o que menganito ha dicho una palabrota.
Y de repente, sin saber cómo, empiezo a repasar mentalmente todo lo que hago mal. O todo lo que podría hacer mejor. O todo lo que no hago como ellas.
Y me siento peor madre.
Y mientras hablemos de cosas banales, ni tan mal. Pero cuando se ponen a discutir sobre temas transcendentales como con quién vas a dejar a tus hijos si te mueres, entonces es cuando me empiezo a poner nerviosa.
Lo curioso es que antes de llegar al café yo estaba bien. Yo venía pensando que había tenido una buena mañana porque sólo había tendido que gritar dos veces al mayor para que se pusiera las playeras. Y que, gracias a que el pequeño había estado colaborativo y se había dejado vestir rápido, hoy habíamos llegado al cole sin prisas, sin llegar con flato a la puerta de la escuela.
Pero entonces te enteras de que el hijo de Mari Pili se viste solo, elige él mismo su ropa y sabe combinar colores para no ir hecho un adefesio. Mientras al tuyo, si le dejas, quiere salir en pantalón corto en pleno diciembre. Pues se te cae un poco el alma a los pies.

A veces me veo casi obligada a mentir, porque no quiero que las madres perfectas llamen a los servicios sociales y me quiten a mis niños. Digo que mis hijos cenan verdura casi todas las noches, pero omito que a cambio les dejo comerse de postres unas natillas. O cuando digo “pues en casa limitamos el tiempo de las pantallas” lo que quiero decir es “mientras me dejen hacer las cosas de la casa, me da igual que se pasen la tarde enganchados al Netflix”.
Al final, salgo de esos cafés con una lista invisible de deberes: debería leer más cuentos, debería tener más paciencia, debería cocinar mejor, debería sentarme a estudiar con el mayor…
Pero entonces, veo a mis hijos y sé que son felices, que se están criando en una casa llena de amor y cariño. Aunque la nevera siempre esté medio vacía, el cubo de la ropa sucia siempre lleno, y sus actividades extraescolares sean bajar al parque cuando hace buen tiempo y ver la tele cuando hace malo.