DRAMITAS DE SER INTROVERTIDA
Igual no soy introvertida, y solo soy gilipollas, no lo se. Ahí lo dejo.
Pero si hay algo que cambiaria de mí, seria el tener más facilidad de hablar con la gente, y, sobre todo, de sacar la cara por mí misma.
Y no creáis que es que no me gusta hablar, de hecho, me encanta una vez que tengo confianza y estamos menos de 4 personas en la conversación. Pero no puedo evitar que, cuando toca luchar por lo mío, me vuelva pequeñita y no sea capaz de hacerlo por pena, por no molestar, o por imbécil.
Si no lo quiero, siempre digo que no de primeras, pero en cuanto insisten un poco más, es como si mi cerebro pensara por su cuenta y decidiera cosas a las que claramente yo le digo que nanai.
Os pongo ejemplos:
Me encanta llevar las uñas bien hechas, arregladitas, y con manicuras y diseños chulos. No las llevo siempre así porque la planta del dinero que tengo en casa no termina de crecer y no me está dando los billetes de 50 que esperaba, pero de vez en cuando me doy el capricho.
¿El problema? Que siempre salgo del salón con unas uñas siete pueblos más largas de lo que yo quería.
He probado en los típicos sitios de chinos que te pegan la extensión y luego la rellenan con gel, y con los que te esculpen el gel directamente en la uña (no se si me explico), pero el resultado es siempre el mismo.
Voy, lo ponen, y me dicen ¿Cómo las quieres? Y les digo “cortitas, más o menos por aquí, por favor”. Y me las cortan a una altura que ni las Kardashian.

¿Así?
Mas cortas, por favor.
Cortan, literalmente una miaja.
¿Ahora?
Un poco mas cortas, por aquí, por favor. Perdona las molestias.
La persona procede a cortar otra media miaja de uña, y pregunta:
¿Y ahora?
Mi cabeza piensa en decirle “no, sigue sobrando un centímetro de uña”, o incluso piensa en quitarle el cortador ese de la mano y cortármelas yo misma, pero sin embargo de mi boca solo sale:
Así ya perfecto, gracias.
Y es que me da pena la persona. Pobrecita, que estoy yo aquí dándole el coñazo con que más corta más corta.
Y entiendo por qué lo hacen así, siempre se puede cortar mas si es necesario, pero si cortan demasiado no hay vuelta atrás, pero no hay manera. No soy capaz.
Y aquí estoy, con unas uñas que ya las quisiera Eduardo Manos Tijeras con las que no puedo ni limpiarme el culo (ahora que por fin he aprendido).
También me pasa en la peluquería. El flequillo me queda fatal, me hace cara de pan, cara de tonta, no me favorece nada. Y no me gusta. Me resulta muy incómodo. Sin embargo, cada vez que voy a cortarme el pelo termino con flequillo. No sé por qué, desde que vivo en Reino Unido las peluqueras huyen de mí, cada vez que encuentro una peluquera que me gusta y no me cuesta un ojo de la cara, se muda a la otra punta del país después de 2 o 3 citas y me toca volver a empezar.
Encuentro una nueva, y cuando acaba de cortar me dice “¿el flequillo te lo corto?” y yo contesto no, gracias. Me gusta recto, sin face framing, sin flequillo y sin nada. Pero cinco minutos mas tarde vuelve a preguntar ¿entonces flequillo si o no? Y otra vez ahí está mi cabeza diciendo: Pobre mujer, mira que está mostrando interés en tu pelo. Me sabe mal que le digas que no a todo lo que te ofrece. Venga, vamos a decirle que sí. Y no sé cómo, termino dándole vía libre para que lo corte como quiera.
Me pegué tres años con un flequillo de estos de vasca (sin ánimo de ofender, desconozco si se llaman de otra manera), esos flequillos cortitos que se quedan a mitad de frente como si te hubieran dado un hachazo. Sólo me lo conseguí quitar cuando aprendí a cortarme el pelo yo en casa para evitar ese enfrentamiento. Ahora, lo llevo de cortina de los de toda la vida, recogido con una pinza de Peppa Pig de mi hija desde que salí de la peluquería.

Y así soy con todo. Si voy a la carnicería a comprar pollo y el carnicero me ofrece ternera porque le queda un trozo, lo compro. Pobre hombre, encima de que me la ofrece.
Si compro zapatos, me consiguen vender toda la gama de cuidado para mis sandalias de 10 euros. Que pena el dependiente, no seas mala, que ya le has dicho que no a los cordones, a las plantillas y a la bolsa. Cómprale algo que me da cosa decirle que no otra vez.
Y si en un restaurante me sacan un plato que no he pedido, en más de una ocasión me lo acabo comiendo por vergüenza. “Perdona, es que no he pedido esto”. Lo mira en sus notas. A veces me dice si, culpa mía, y se lo lleva. Pero si en vez de hacer eso directamente me pregunta ¿quieres que te lo cambie?, ahí estoy perdida. Por un lado, pienso, “si, obviamente me lo cambias, he pedido una sepia a la plancha y me has puesto unas salchichas que ni siquiera me gustan”. Pero por otro pienso “pobrete el camarero, no es culpa suya, y de seguro le descontaran el plato del sueldo. Venga va, cómetelas, aunque no te gusten y no le des mal al pobre hombre”. Y acabo siendo yo la que pide perdón por las molestias.
Os prometo que es algo en lo que estoy trabajando, y si lo hago por mail o por teléfono se me imponer sin problemas. Pero cara a cara no hay manera.
En fin, como os decía, no sé si soy introvertida, o si directamente soy gilipollas.
Andrea M.