El calvo del gimnasio

 

Hay personas que, con tan solo con verlas aparecer por primera vez, presientes que te van a meter en problemas. Fue exactamente eso lo que sentí cuando vi a aquel desconocido entrar a la sala de pesas mientras yo me afanaba en hacer mi ejercicio de hombros.

Antes siquiera de que pasara por mi lado, ya presentí que algo se avecinaba, como cuando se oscurece el cielo anunciando una tormenta. Fue por eso por lo que desvié mis ojos del espejo en el que observaba el progreso de mis ejercicios y levanté la vista.  

En ese momento, nuestras miradas se cruzaron. Ambos retiramos el gesto automáticamente sintiéndonos descubiertos, nerviosos e incluso algo avergonzados, pero el mal estaba hecho, aquello había marcado un antes y un después en nuestras vidas y ya no podíamos hacer nada por evitarlo.

Es curioso cómo funciona la atracción; hay quien dice que es pura química, que cuando dos personas se conocen la composición de sus feromonas tienen un cierto grado de compatibilidad o de incompatibilidad. En la mayoría de los casos esa conexión es estándar y necesita de otros alicientes para marcar si un encuentro casual puede convertirse en una amistad o en algo más. Pero cuando ese nivel de atracción es muy alto, se despierta en nosotros una especie de necesidad que nos obliga a saber más sobre la otra persona, a mirarla, a tenerla cerca. 

A mí me había pasado alguna vez, pero nunca así, nunca tan fuerte. Ese chico calvo, musculoso y serio había tenido un gran impacto sobre mi sin decir ni una sola palabra, solo con una mirada y ahora me tenía hipnotizada. 

Intentaba centrarme en mi entrenamiento, pero mirase donde mirase, ahí estaba él, con su camiseta que le marcaba los pectorales, los enormes brazos, con los pantalones que dejaban entrever las piernas de gladiador romano, de dios griego, de “empotrador magnificus”.  Y lo peor de todo no era eso, no solo me quedaba embobada observándolo sin darme cuenta, lo más extraño es que, la mayoría de las veces, él también me estaba mirando a mí.

La situación se volvió algo incómoda. Intentaba poner alguna columna de por medio y volver a mis qué haceres, pero algo me empujaba a buscarle, con disimulo, de reojo. Y ahí estaba él haciendo exactamente lo mismo.

Ese tipo de atracción siempre me ha parecido algo totalmente irracional. Puede gustarte el físico de una persona, parecerte atractivo. Puede gustarte un rostro, unos ojos bonitos, unos labios sensuales o una mandíbula definida, masculina. Una cosa es observar a otro ser humano admirando sus cualidades y otra en sentir la necesidad de tenerlo cerca.

Quizás es algo que este programado en nuestro instinto humano, una característica básica de nuestro sistema límbico que se activa en modo pro diciéndote a voces… “ ve a por él, que te va a gustar” y aun así sigo pensando que es un comportamiento básico y totalmente improcedente, que como seres humanos hemos evolucionado y que una simple combinación de sustancias como la dopamina, la noradrenalina, la serotonina, las endorfinas y feromonas no puede tener tanta influencia en nuestras acciones, en nuestros deseos. 

Sin embargo, ese chico calvo y fornido ha conseguido quitarme el sueño. Cierro los ojos y me imagino cientos de cosas que sonrojarían al más pintado y me siento culpable de estar cosificándolo de esta manera, porque… ¿Dónde he dejado la atracción mental?

Quizás en estos tiempos que corren donde lo visual prevalece, donde una imagen vale más que mil palabras y reina la inmediatez ya no le demos tanta importancia a lo que llevamos por dentro. Nos atrae el envoltorio, lo queremos a toda cosa y lo queremos ya. 

Pero actuar así siempre trae problemas, de eso no tengo ninguna duda, porque cuando el coctel molotov de los primeros días pierde fuerza, cuando la química se asimila, cuando el misterio se desvela, se conquistan los cuerpos y se sacian las ganas, solo nos queda lo que llevamos por dentro para mantener una unión que hemos establecido a lo loco.  Somos consumistas de imágenes y de cuerpos y hemos dejado un poco olvidada la importancia de la mente, de la conexión emocional, de la sincronía del alma. 

Y así hemos creado la sociedad del “ Fast-love”, enamoramientos  que se van tan rápido como había llegado y aunque aún haya quien crea en el romanticismo, somos más lo que han apostado por el“  que me quiten lo bailado”.

 

Lulú Gala