Estoy de obras en mi piso nuevo y me dieron el teléfono de un carpintero. Necesitaba puertas nuevas y, sobre todo, empotrar dos armarios. Quedé con el buen hombre y allá que se presentó en mi casa.
Resultó ser un tío súper atractivo. No por ser especialmente guapo, pero sí de estos tíos varoniles con las manos grandes, con la voz bonita y con una mirada que traspasa. El primer día tan solo fue una primera toma de contacto para decirle lo que necesitaba. Midió los huecos, le estuve explicando, y no sé… al irse, sentí como que había habido cierta conexión, como si esa atracción que de pronto yo había sentido hubiese sido mutua.

Al día siguiente me llamó por teléfono para preguntarme cosas de los armarios, pero también bromeamos un poco y quedó en venir por la tarde con el muestrario de maderas. Estuvo en mi casa tres horas de reloj. Hablamos de las puertas y los armarios, pero también de todo un poco: de mi obra, del porqué de mi mudanza y de otro millón y medio de cosas. Era obvio que estábamos a gusto los dos. Solo había un pequeño problema: el primer día me fijé en que llevaba alianza de casado.

Yo estoy divorciada y soy libre como el viento, pero ya he tenido experiencias con casados y de verdad que no merece la pena. Si es para pasar un rato hay un montón de tíos sin ataduras disponibles, y si es para más, peor. Insisto: no hay por qué complicarse la vida.

Cuando salió esa tarde de mi casa, realmente me dio mucha rabia la situación, porque era obvio que nos teníamos ganas, aunque intentásemos disimular.
El disimulo duró poco, porque esa misma noche, mi carpintero favorito me envió un WhatsApp diciéndome que no podía dejar de pensar en mí. En esa conversación, bastante larga, una cosa derivó en otra y terminamos teniendo sexo a través del móvil. Me acosté con un calentón del quince y con ganas de que me empotrase a mí además de al armario, pero a la mañana siguiente, ya en frío, me volví a acordar de que no merecía la pena complicarse la vida.

Le escribí y le dije que había sido un error y que era un hombre casado, y que yo con hombres casados no quería nada. Pero ya era demasiado tarde, porque el muchacho decía estar colgado de mí. Y así, conversaciones diarias, dejándome querer un poco, pero cortando cuando la cosa se ponía más heavy.

Cuando le tocó venir a montarme los armarios, estaba nerviosa, porque mi cabeza decía una cosa, pero mi cuerpo otra. Cuando lo tenía cerca, solo deseaba acercarme, pero me decía a mí misma que había que poner distancia física. A la media hora de estar en mi casa, lo de la distancia física se fue al traste cuando me cogió en una esquina y me zampó un beso. Pero no un beso normal, no… un beso de película, de los ricos, de los largos. Y ¡cómo besa mi carpintero, por favor!

Ese día no pasó nada porque le eché un poco de cabeza al asunto, pero desde entonces solo pensaba en él. Y me consta que él estaba encoñado conmigo, porque no paraba de decírmelo.
Solía imaginármelo en el salón de su casa diciéndome esas cosas con su mujer al lado y me sentía muy mal. Yo no era la que estaba siendo desleal, pero me hacía sentir fatal formar parte de ese engaño.
Por eso, desde entonces, he cortado relación con él y, de hecho, he solicitado que sea su compañero quien venga a montarme los armarios y las puertas. Porque sé que si nos quedamos a solas de nuevo, estamos perdidos.

Anónimo

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