Si me hubiesen dicho antes de tener hijos que lo peor de todo sería que te metiesen en el chat de madres del colegio, y no las noches sin dormir, las rabietas o las manualidades que envían a casa… jamás me lo creería. Pero cuando mi hija hizo los 6 años, ese día llegó.
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Al principio parecía algo inocente. Un grupo para compartir información importante, horarios, excursiones, actividades y poco más. En menos de una semana descubrí que aquello funcionaba como Sálvame, eran más los cotilleos y los “tribunales populares” que información escolar. El grupo tenía veintiuna madres (padres no admitidos) y una sola norma no escrita: todo el mundo estaba vigilando a todo el mundo.
Yo tardé dos días en cometer mi primer error. Mi hija llegó a casa diciendo que necesitaba una cartulina azul para el día siguiente. Yo siempre tengo de todo en casa porque me dedico a la artesanía, pero quise preguntar si alguien sabía exactamente qué tipo de cartulina era. Cinco segundos después tenía veinte respuestas:
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Tres aseguraban que era azul marino.
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Cuatro defendían que era azul celeste.
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Dos afirmaban que no era una cartulina gruesa, sino una cartulina pluma.
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Algunas dijeron que ellas ya habían comprado las dos por si acaso.
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Otra envió una foto de una papelería.
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Y una última comentó que la profesora había explicado perfectamente la actividad y que quizá algunos padres deberían prestar más atención a las circulares.
Aquello era un disparo directo con nombre y apellidos. A partir de ese momento aprendí a solo observar. Descubrí cómo funcionaba realmente la organización criminal en la que me encontraba:
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A las 08:00 de la mañana ya había movimiento.
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A las 08:05 alguien preguntaba si los niños tenían que llevar el chándal.
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A las 08:06 otra madre respondía que sí.
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A las 08:07 aparecía una tercera asegurando que no.
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A las 08:08 alguien enviaba una foto del hijo visto de uniforme.
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Y a las 08:09 ya había una discusión abierta sobre una circular enviada tres meses antes.
Todo antes de que me terminase el café. Una mañana apareció una chaqueta perdida. Alguien envió una imagen borrosa que parecía tomada a 10 metros de distancia. En menos de cinco minutos una madre identificó la prenda, al dueño y el día exacto en que la había llevado.
La situación alcanzó otro nivel cuando llegó la organización de la fiesta de fin de Navidad. Aquello dejó de parecer un grupo escolar, era un evento internacional: se debatieron globos, refrescos, bolsas de patatas y hasta hubo una discusión sobre el tamaño adecuado de las servilletas. Yo no sabía que las servilletas podían generar semejante nivel de conflicto diplomático.
Mientras tanto, las madres más veteranas se movían con autoridad militar. Les bastaba con escribir «como se ha comentado anteriormente» para que equivaliese a una orden directa. Nadie se atrevía a cuestionarlas. Lo más surrealista era que siempre estaban conectadas, como si estuviesen en nómina por estar en el grupo. Una vez envié un mensaje a las doce y media de la noche pensando que nadie lo vería hasta el día siguiente. Recibí una respuesta en menos de 30 segundos.
Eso sí, el día más caótico que recuerdo en el grupo fue en su primera excursión:
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El autobús salió a las 09:00.
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A las 09:02 ya había madres preguntando si los niños habían llegado bien.
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A las 09:05 alguien preguntó cuándo regresarían.
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A las 09:07 otra madre quería saber si estaban merendando.
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A las 09:10 yo empecé a sospechar que algunas necesitaban más ayuda que sus hijos.
La excursión duraba todo el día, hubo como mínimo un WhatsApp cada 5 minutos de 09:02 a 21:30, porque obviamente esto acabó cuando los niños ya estaban en cama, no cuando llegaron de la excursión. Después de casi un curso completo dentro del grupo he llegado a una conclusión: las madres del chat podrían gobernar un país, encontrar a una persona desaparecida en menos de una hora, organizar una boda para quinientos invitados en una tarde y probablemente podrían derrocar un gobierno si se lo propusieran.
Por eso ya no lucho contra ellas, he aceptado mi lugar. Leo y de vez en cuando reacciono a algún mensaje con un emoji para demostrar que sigo viva.