¿Recordáis las campanadas del año 2000? Yo apenas tenía 17 años, casi 18 y, aunque a las lectoras más jóvenes os parezca imposible, no teníamos redes sociales ni Whatsapp. Recuerdo que los periódicos y televisiones hablaban de colapso de la electricidad, caída de los bancos, fallos en los aviones, caos general en los ordenadores… una locura vamos. Una tontería vaya, porque a pesar de que todos nos comimos las uvas con mucha tensión, no pasó absolutamente nada. Muchos bajamos a los cajeros a ver si daba dinero y llamábamos a familiares de otras zonas para comprobar las líneas de teléfono.

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Quitado el susto inicial, me dispuse a salir con mis amigas para nuestra primera fiesta de fin de año. Podía haber sido el fin del mundo, pero llevábamos meses preparando la gran noche. Los grupos de chicos y chicas más jóvenes de la ciudad iríamos al mismo local, todos teníamos entre 16 y 22 o 23 años, no mucho más. Era un ambiente de fiesta pero tranquilo.

Después de tomarme mis primeros cubatas y sentir la sensación del alcohol por primera vez en mi vida, me desinhibí lo más grande (y mis amigas también) y nos acabamos liando con varios chicos. Uno de ellos, llamémoslo Pedro, me insistió un poco en ir al baño a darnos algo más que besos. Al principio me pareció una locura, pero un par de cubatas después me parecía el mejor plan de mi vida. He de reconocer que parecíamos dos patos mareados (y borrachos) dentro de aquel minúsculo y apestoso baño, pero la experiencia fue…interesante. Acabamos saliendo después de que nos aporreasen 30 veces la puerta. Seguimos bailando y bebiendo lo que quedaba de noche y me dijo el nombre de su padre que lo buscase en las Páginas Amarillas. Como comprenderéis mi capacidad de atención en ese momento era mínima, por lo que nunca más supe de él.

Pasaron algo más de 25 años cuando mi hermana quiso presentarnos a su novio. Todos estábamos expectantes, jamás nos había presentado a nadie, por lo que esto tenía que ser serio. Organizamos una comida en un bar cercano para que fuese algo más informal y no asustar al pobre chaval el primer día.

Los primeros en llegar fuimos mi hermano, mis padres y yo. Nos estábamos tomando las aceitunas de cortesía cuando mi hermano soltó “mira, allí vienen”. Cuando me giré no me lo podía creer. Mi cara de incredulidad debía ser épica, porque mi hermana me preguntó si me encontraba bien. Él sin embargo me saludó con total normalidad, al igual que a mi hermano y mis padres. ¿Estaba alucinando? Era imposible, la misma cara pero con más arruguillas, el mismo pelo aunque con muchas más canas, la misma estatura, la misma voz pero un poco más ronca… es que era él, sin ninguna duda era él.

No es que me hubiese enamorado de él en su día, ni mucho menos. Pero la verdad es que fantaseé con aquella noche de fin de año durante mucho tiempo. Mi grupo de amigas es prácticamente el mismo, por lo que cuando nos juntamos todas siempre acaba saliendo el tema cuando hablamos de nuestras aventuras de juventud. Podéis imaginaros los gritos de estupefacción cuando les conté que Pedro había vuelto, pero como novio de mi hermana y ¡él no me reconocía! ¿tan “estropeada” estoy?.

Hemos coincidido más veces en estos últimos meses y jamás he sacado el tema, aunque siento que sabe que me conoce pero no me ubica dónde. Mi hermana tampoco sabe nada ¿cómo le voy a decir que yo he catado a su novio antes que ella? Aunque fuese hace 25 años. En fin, quizás si en algún momento lo dejan se lo digo a ambos, pero mientras tanto espero que no salga a la luz.