Mi pareja y yo llevábamos juntos unos años. No había sido una relación fácil porque a veces chocábamos en carácter y no terminábamos de entendernos, pero siempre el amor que sentíamos el uno por el otro terminaba por imponerse y volvíamos a salir.

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Después de muchas idas y venidas, estábamos intentándolo por enésima vez y yo sentía que aquella era diferente. Nos notaba mucho más complementados, no había discusiones tontas ni malentendidos absurdos por cuestiones que al rato ninguno de los dos recordábamos. La convivencia estaba siendo mucho más fluida y tranquila que las veces anteriores que lo habíamos intentando y yo realmente me sentía feliz por lo bien que estaba saliendo todo.

Yo trabajaba en el departamento de Recursos Humanos de una empresa de mi ciudad y me iba bien. Sabía que si continuaba en esa línea me podían ascender pronto porque mi jefe inmediato se jubilaba. Lo único malo es que tendría que hacer varios viajes a la semana a las oficinas centrales, pero lo veía como un trampolín en mi carrera profesional que no me suponía demasiado sacrificio.

Una noche mi pareja y yo decidimos salir a cenar por ahí para celebrar nuestros seis meses de nueva convivencia. Ambos estábamos sorprendidos por lo bien que estaba yendo y queríamos darnos un homenaje, que nos pusieran la cena por delante y dedicarnos nosotros únicamente a charlar y a disfrutar del otro.

Tomamos unas copas y al volver a casa nos entregamos a la pasión de una noche tan maravillosa. Hicimos el amor felices, enamorados, queriéndonos y sintiendo dentro de nosotros la llama de aquel amor increíble que llevaba tiempo consumiéndonos aunque no siempre hubiera sido fácil. Acto seguido, nos quedamos dormidos sin pensar en nada más.

Aquella noche dormimos tan bien que ni cambiaos de postura y a la mañana siguiente, cuando nos despertamos, estábamos en la misma posición que al dormirnos. Nos hizo gracia la situación y entre risitas y tonteo mi pareja fue a coger el condón para tirarlo, pero no lo encontraba por ningún sitio. No estaba dentro del envoltorio ni tampoco lo tenía puesto. Miramos entre las sábanas e incluso debajo de la cama. No recordaba haber ido al baño, pero igualmente buscamos en la papelera o incluso en el suelo por si se le había caído sin darse cuenta. Nada, no estaba. Condón se había puesto. Ambos lo recordábamos y el envoltorio abierto lo demostraba.

Nos miramos y ambos dedujimos a la vez dónde podría estar: en mi interior. Yo me asusté mucho. Él me relajó. Me tumbé en la cama, miró y, efectivamente, allí estaba. Estaba hecho un gurruño y no parecía que se hubiese derramado semen. Ninguno de los dos le dimos mayor importancia.

Un par de meses después, cuando estaban a punto de darme el puesto de mi jefe, tuve que salir corriendo al baño en la oficina porque me entraron unas ganas terribles de vomitar. Estuve un rato y las náuseas no terminaban de irse. Parecía que estaba embarazada. Y entonces, de forma terrorífica, una idea se pasó por mi mente. ¿Cuándo había sido la última vez que me había bajado la regla? Miré asustada el calendario del móvil, donde solía llevar un control.

Allí, sentada en la tapa del váter donde había vomitado hacía nada, vi había dos meses en blanco. No me lo podía creer. En el trabajo estaba siendo todo muy estresante con la jubilación de mi jefe. Todas las papeletas decían que me darían a mí el puesto, pero el ambiente era tenso y yo estaba dando el doscientos por cien de mí para asegurar que mi nombre ocupara aquel puesto. No había echado mucha cuenta a otra cosa que no fuera el trabajo y ahora me encontraba con aquello.

Salí del baño, pedí permiso para salir un momento, fui a una farmacia a por un test de embarazo y en el cuarto de baño de una cafetería donde me pedí un café para disimular, me hice el test.

Positivo.

Estuve unos días asimilando la noticia antes de decírsela a mi pareja. ¿Quería ser madre? Nunca me lo había planteado seriamente. Yo quería apostar por mi carrera profesional. Había sido mi sueño de siempre. Lo de ser madre era algo secundario que pululaba por mi alrededor pero  que no tenía mucho que ver conmigo. Sin embargo, cada vez que aquel pensamiento se cruzaba por mi mente, me llevaba la mano a la barriga en un instintivo gesto de protección.

Cuando se lo conté a mi pareja lloré muchísimo. Lloré porque ya sabía que quería tener a ese hijo con independencia de lo que él quisiera. Lloré porque empecé a despedirme de quien había sido yo hasta ese momento. Lloré porque supe que ya no podría llevar esa vida de trajín que el ascenso me exigiría. Lloré porque ya no sabía quién iba a ser yo a partir de ese momento.

Ahora, un par de años después y aún en el puesto en el que estaba cuando me enteré que mi hijo ya existía dentro de mí, sé que tomé la decisión correcta y que ser la madre de Pablo es lo mejor que el destino podía tenerme preparado.

 

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