Cuando me convertí en madre, quería darles a mis hijos todo lo mejor. Hay una frase que, como yo, muchos padres repetimos: “Yo a mis hijos les voy a dar todo lo que a mí me faltó”.
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Y es lo que queremos, que ellos no pasen por los malos trago que pasamos nosotros. Queremos ser buenos padres y generosos, pero a veces nos equivocamos queriendo darles lo que un día nos faltó.
Porque no, no se trata de darles todo lo que tú no tuviste. Se trata de darles lo que ellos necesitan. Y no siempre coincide.
Cuando crecemos con carencias, no tiene por qué ser económicas, a veces son emocionales, nos convertimos en adultos con algún tipo de trauma. Y cuando le das a tu hijo todo lo que te faltó de niño, no estás complaciendo a tu hijo, estás intentando aliviar el dolor que siente ese niño que un día fuiste y aún vive en tu interior.
Si de pequeño tenías pocos juguetes, los Reyes Magos te traína ropa y cosas para el colegio, ahora te sientes casi en la obligación de comprarle a tu hijo todo lo que te pida. Su habitación está llena de juguetes y a ti siempre te parecen pocos. Piensa esto: cuando le compras a tu hijo otro coche que no ha pedido, no se lo estás regalando a él, se lo estás regalando a tu niño interior.

Lo mismo pasa con los que tenemos un trauma con algún deporte, con aprender a tocar un instrumento o con cualquier hobby que te interesaba de niño y tus padres no te llevaron a hacer, por el motivo que fuera. Deja de llevar a tu hija a gimnasia rítmica, porque, a lo mejor, ella prefiere ir a Karate. ¿Se lo has preguntado alguna vez?
Tenemos que darnos cuenta de que nuestros hijos no son nuestra segunda oportunidad.
Son personas distintas, con necesidades distintas, en un contexto completamente diferente al que tú viviste. Y cuando intentas sanar tus heridas a través de ellos, sin darte cuenta, los cargas con algo que no les corresponde.
Muchas veces confundimos los sueños de nuestros hijos con los nuestros. Ojo con el típico: “a mí me encantaba el fútbol y mis padres nunca me apuntaron, así que mi hijo va a jugar sí o sí”. Y ahí tienes al niño, con tres años, con la equitación puesta, delante de un balón. Y tú lo miras desde la grada con ilusión mientras insultas al árbitro.

Ese niño, cuando llegue a cierta edad, odiará el futbol, se querrá salir del equipo y su padre se llevará la mayor decepción de su vida, por un sueño propio que quiso cumplir a través de su hijo. Y el pobre niño a cargar con la culpa de haber decepcionado a su padre…
Y si nos fijamos en los traumas emocionales, está el adulto que creció con padres ausentes. Esos que nunca estaban en casa, que no iban a las funciones del colegio, que no sabían ni el nombre de sus amigos. Ese adulto, cuando tiene un hijo, decide hacerlo completamente diferente: no separarse de él ni un segundo. Está pendiente de cada movimiento, de cada emoción, de cada problema, incluso de los que no existen.
Y claro, ese padre o esa madre siente que lo está haciendo perfecto. Pero en ese intento de no ser como sus padres, cae en el otro extremo: la sobreprotección.
Luego están los que crecieron en una casa que parecía más un campamento militar: todo eran normas, exigencias y cero espacio para expresarse. Y esos, cuando tienen hijos, se traduce en padres comprensivos y permisivos criando niños sin límites, que no entienden un “no”, que no saben gestionar la frustración porque nunca se la han encontrado. Y esos padres, que querían evitarles el dolor que ellos sintieron, acaban creando otro distinto.

Educar no es fácil y cuanto antes asumamos que algún trauma le vamos a crear a nuestros hijos, pues mejor. Pero los menos posibles, si puede ser.
Como padres debemos ser conscientes de que cuando actuamos desde nuestras heridas, no vemos a nuestros hijos, vemos a los niños que fuimos.
Nuestros hijos no han venido a sanar nuestra infancia. No han venido a cumplir nuestros sueños pendientes. No han venido a compensar nuestras frustraciones. Han venido a vivir su propia vida, y lo mejor que podemos hacer por ellos es aprender a escucharlos y respetar sus decisiones.