Todavía recuerdo el brillo del teléfono en la oscuridad, sobre mi mesilla. Eran las dos de la mañana, y el silencio del cuarto parecía más pesado que nunca. Habíamos discutido otra vez. Una más, una de muchas más, pero no por eso era menor mi sufrimiento. Un pequeño reproche por mi parte que crece y crece, una vuelta a la tortilla por la tuya y ya volvía a ser yo la culpable. Una vez más. Porque tú nunca tenías la culpa de nada. Y yo siempre era una exagerada, una loca, una celosa. Ni siquiera recuerdo qué fue lo que dio pie a aquella discusión en concreto. Solamente recuerdo mi sensación de agotamiento. Yo ya no quería seguir hablando, al menos no esa noche. Estaba agotada de medir mis pasos, de cuidar mi tono, de sentir que te molestaba todo lo que yo hacía, de sentir que no tenía derecho a réplica ni a quejarme por nada.

Los mejores testimonios en whatsapp, vente

Te pedía que parases de escribir, que no quería seguir hablando. Que necesitaba intentar descansar para aclarar mi mente. Pero te daba igual. Seguías acribillándome a mensajes y la pantalla de mi móvil se iluminaba sin parar. Fue así como nos dieron las tres y media de la mañana, pese a que sabías que me levantaba a las seis para trabajar. A esa hora, por fin parecías satisfecho y me dejaste irme a dormir, y yo por fin creía que podría descansar, aunque fuera solo un ratito, caer inconsciente en brazos de Morfeo para no pensar, no sufrir. Estaba a punto de quedarme dormida cuando mi móvil volvió a vibrar y la pantalla iluminó mi habitación de nuevo. Pude notar el resplandor incluso con los párpados cerrados. Abrí los ojos y una mezcla de ira e impotencia se acumularon dentro de mí cuando vi que volvías a ser tú quien me escribía.

En la pantalla de bloqueo pude ver solo el inicio del mensaje: «Si vuelves a hacer esto, te juro que…». Y sentí el nudo en mi estómago. Se me llenaron los ojos de lágrimas. Sabía que ese mensaje era otra especie de ultimátum: si no me comportaba exactamente como tú querías, amenazabas con dejarme, como habías hecho muchas veces antes. Y yo hacia lo posible por contentarte. Pero esa vez algo hizo click dentro de mí. No podía más, sentía que me asfixiaba. Amarte me estaba haciendo tanto daño que estaba acabando conmigo. Y algo dentro de mí empezó a despertar.

Y sin pensarlo dos veces, entré en el chat y, sin pararme a leer tu última amenaza de dejarme si no hacía las cosas como tú quisieras, lo borré. Sin más. Puse el teléfono en modo avión y me dispuse a dormir. No sabía de dónde salía ese impulso que me había poseído, pero pensaba obedecerle.

A la mañana siguiente miré el móvil y no había ningún mensaje tuyo. Esto debería haberme provocado miedo y ansiedad, pero esa vez tenía una sensación extraña, diferente a la que habría tenido en esa misma situación en ocasiones anteriores. No sentía culpa, ni miedo a perderte o a la ley del hielo, que es lo que habría sentido otras veces. Era alivio. Por primera vez en mucho tiempo, el silencio no me asustó. Porque ese silencio lo había provocado yo, no me lo habías impuesto tú cómo castigo. Quise creer que borrar ese mensaje era solo una manera de descansar, pero a lo largo del día, esa tranquilidad se volvió reveladora: ¿por qué me sentía tan ligera sin ti? Porque si pensaba en si aún te quería, tenía claro que sí. Pero algo dentro de mi había cambiado.

Pasaron tres días antes de que me llamases y reclamases mi atención. Tu orgulloso silencio aguantó hasta ahí. Pero yo no contesté. Insististe. Aunque al principio solo un poco, no fuera yo a pensar que de verdad te importaba mi ausencia. Al día siguiente, volviste a insistir. Esta vez con más ímpetu. Estuve por contestar un par de veces, pero cada célula de mi cuerpo rechazaba la idea de hacerlo. Y con cada llamada ignorada, cada mensaje borrado, empecé a entender lo que me estaba pasando. Por mucho que te quisiese, el dolor que me habías hecho sentir durante tanto tiempo había acabado por manchar lo nuestro.

Aquello no podía seguir así eternamente y yo lo sabía. Era cuestión de tiempo que aparecieses por mi casa, y no quería que fueses tú quien decidiese cómo y cuándo. Así que fui a verte yo.

No quise subir a tu piso, te pedí que bajases. Tenía intención de que fuera breve y lo menos doloroso posible. Arrancar la tirita de golpe. Sabía que no sería fácil, pero tenía que hacerlo por mí.

Tenerte frente por frente lo hizo todo más difícil, he de confesarlo. Fue la prueba de que te seguía queriendo, a pesar de todo. Casi dudo, casi cedo… pero entonces dijiste algo que fue como una patada en el estómago: «más te vale no volver a ignorarme». Y esa frase, lejos de romperme o desmoronarme, fue la que me liberó.

Tomé fuerzas y te dejé. Me montaste un numerito allí mismo, pero no me importó nada. Por primera vez, eras tú el que estaba dolido y no yo. Y yo había decidido soltar lastre. Me di cuenta de que te había perdido mucho antes, aunque no te hubiera dejado ir. Yo te quería, pero aquella relación no era amor, era una jaula en la que encerrar a un pajarito que te gustaba mucho.

Aquel día me hice libre. Había tardado en darme cuenta de cuánto me oprimía nuestra relación. Tenía una idea idílica de nosotros como pareja que no se correspondía en nada con la realidad. Ahora, con la distancia del tiempo, me doy cuenta de que aquello no era amor, al menos por tu parte, era posesión. Y para mí no eras mi refugio, solamente eras mi jaula.

Envía tus movidas a [email protected]