Sin duda, la familia que uno elige, es decir, los amigos, juegan un papel fundamental en nuestra vida. Y esta es la historia de cómo perdí a los míos. Durante años, ese grupo de amigos había sido mi refugio, mi segunda familia, ya que la mía vivía a muchos kilómetros de distancia. Cuando llegué a la ciudad, una compañera de trabajo me presentó a su grupo y me acogieron con los brazos abiertos.

Llevaba unos meses bastante nefastos cuando ocurrió. Lo había dejado con mi novio, con quien mantenía una relación a distancia, y no levantaba cabeza. Un sábado por la noche quedamos todo el grupo para irnos de cañas. Entre una cosa y otra, lo cierto es que al final me pasé con las cervezas y uno de mis amigos me acompañó a casa para asegurarse de que llegaba bien. Una vez allí, me dio el bajón y le pedí que no me dejase sola, que durmiese conmigo. Yo sabía que él estaba por mí, lo reconozco. Y pensé que igual ese clavo acababa sacándome a mi ex de la cabeza, así que intenté acostarme con él. Pero se negó. Me dijo que si a la mañana siguiente, cuando estuviera serena y sobria, seguía queriendo tener sexo con él, aceptaría encantado, pero que no iba a acostarse conmigo en mi estado. Pues adivinad qué pasó a la mañana siguiente: efectivamente, nos acostamos.

Aquello quedó ahí, en un principio. Le dije que lo había pasado muy bien, pero que yo no quería empezar nada con nadie en ese momento, lo cual era cierto, y él me dijo que no había problema, pero que si me lo pensaba se lo dijese, porque iba a esperarme. Le dije que no lo hiciera, pero contestó que, aunque quisiera, no podría borrar sus sentimientos por mí automáticamente. No insistí. Di por sentado que se le pasaría y seguiríamos siendo dos buenos amigos sin más.

Unos días después fui a casa de otro de los chicos del grupo a llevarle un libro que me había pedido prestado. Me invitó a pasar y abrimos una botella de vino. No hacía mucho que le habían dejado, así que nos dedicamos a compartir penas y acabamos abriendo una segunda botella. Sin darnos cuenta, todo se fue volviendo más íntimo y acabamos tonteando, desinhibidos por el vino. Y pasó lo que tenía que pasar: nos acostamos. Lo pasamos genial y nos despedimos de buen rollo, la verdad. Quizás por eso me chocó más lo que pasó después. No había acabado mal con ninguno de los dos.

Debo decir que no tenía intención de herir a nadie. En ambas situaciones me dejé llevar, sin pensar, sin darme cuenta de las consecuencias que podrían acarrear mis decisiones. Pensé que todo quedaría ahí, cómo dos simples aventuras que no llegaron a más. Pero ellos sí hablaron entre sí. Y entonces, todos se enteraron. A partir de ahí, el cambio fue evidente: mis mensajes quedaban sin respuesta la mayoría de las veces, si yo decía de hacer algo respondían que estaban ocupados, si decía que me apuntaba a un plan, al final siempre se cancelaba. Pero luego veía stories en sus redes sociales en las que veía que habían salido sin mí. No sabía qué estaba pasando, pero pronto iba a enterarme.

Una de mis amigas más cercanas del grupo, tras varios mensajes ignorados en los que le pedía explicaciones, fue quien me enfrentó. Me dijo que, en su caso, le había dolido que me acostase con su ex, que era uno de los dos chicos en cuestión. Le dije que como habían pasado dos años desde que rompieron no pensé que le fuera a importar, ella ya estaba con otra persona y a su ex le gustaba yo. Pero me contestó que le había dolido igualmente, que si éramos amigas no debería haberlo hecho, que la había traicionado. Y que, tras hablar todos entre ellos, habían decidido que era mejor que no siguiera saliendo con el grupo.

«Lo siento pero no queremos esta clase de líos. Estamos todos de acuerdo en que no queremos que sigas saliendo con nosotros, al menos por ahora. Les has hecho daño a ellos dos jugando a dos bandas y me has hecho daño a mí, que se supone que soy tu mejor amiga en este grupo. Creemos que estás intoxicando al grupo y no queremos eso».

No me lo esperaba. No me podía creer que las personas a las que había considerado familia los últimos tres años me estuviesen echando de sus vidas sin más. Nadie me preguntó cómo me sentía yo ni qué opinaba. Hablaron entre ellos, me demonizaron y me expulsaron sin más. Si llevaba unos meses malos por mi ruptura, aquello fue el último clavo en mi ataúd.

Han pasado varios meses desde entonces. No hubo vuelta atrás, por mucho que intenté hablar con ellos. Gracias a mi psicólogo volví a ponerme en pie, pero no fue fácil. También entendí que yo había hecho cosas mal, aunque fuera sin mala intención. Pero ellos me juzgaron sin darme el derecho a defenderme, y aunque haya pasado el tiempo, en el fondo de mi corazón eso me sigue doliendo.

Escrito por Carol M. Basado en un testimonio real anónimo.