Os pongo en situación. En mi empresa, casi toda la plantilla teletrabajamos. Vamos a alguna reunión presencial de vez en cuando, una vez al mes más o menos, pero la mayor parte del tiempo trabajamos desde casa, con nuestro ordenador.
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El caso es que llevaba casi dos meses hablando con un compañero con el que había tenido buen feeling. Nos veíamos en Instagram, nos habíamos caído bien y parecía que nos gustábamos bastante. Yo creo que soy del montón, normalita. Él, un gym bro de los que da gusto mirar. Y al que yo también quería probar. Soñaba con tocar los pectorales que se le marcaban debajo de la camiseta y poder reseguir con mis dedos (y quizás con algo más) los tatuajes que tiene por todo el cuerpo, y que alguna vez me había enseñado en fotos. (Me vuelven loca los tíos tatuados, qué le voy a hacer.)
Cada vez el tonteo era más evidente, con video llamadas y mensajes casi diarios, así que se animó a pedirme que nos viésemos en persona. Yo soy de Barcelona y él es de Alicante y me propuso vernos en un punto medio, en Valencia. Yo acepté y él se ofreció a pagar el hotel, porque yo le había contado que hacía poco había tenido que llevar el coche al taller y me había llevado un buen susto con la factura.
Me dijo que había encontrado una oferta de un hotel de cuatro estrellas, una habitación doble, a ciento sesenta euros dos noches. Me pareció perfecto.
Llegó el día y pasó lo que ya nos imaginábamos. Una conexión inmediata, salimos a tomar algo la primera noche y acabamos follando. Los dos días, como conejos, sin parar, pegando polvos como nunca en mi santa vida lo había hecho. Ambos encantados y yo estaba sexualmente maravillada. Así que la experiencia estaba siendo totalmente de mi agrado.
No obstante, la segunda tarde le empecé a notar raro, después de salir a comer. Así que le pregunté que qué le pasaba. Le vi reacio a contarme nada, pero quise hacerle ver que no se tenía que agobiar con ese fin de semana, que no teníamos ninguna obligación pero que si queríamos que hubiese ora vez, tendríamos que ser sinceros el uno con el otro.
Pues bien, con el café me contó lo que le pasaba. Me dijo que en sus muchas citas (a ver, un poquitín fantasma si era, pero es que el jambo estaba de toma pan y moja), la chica de turno siempre se había ofrecido a pagar la cuenta, aunque fuese a medias, o al menos hacía el amago de pagar.
Que ese fin de semana habíamos ido de restaurante a comer y a cenar, a desayunar a sitios chulos, a tomar copas… Y que yo en ningún momento había hecho ni siquiera el gesto de echar mano al monedero, que me quedaba impasible mientras veía como él pagaba.
Bueno, yo le dije que la idea de quedar fue de él y que como sabía que yo tenía la factura del taller mecánico, daba por hecho que él aceptaba correr con los gastos. Me miró un poco raro, pero dijo que dejásemos el tema porque, al fin y al cabo, en un rato teníamos que hacer el check out del hotel e irnos cada uno para nuestra casa.
Esa noche me envió un audio que más parecía un podcast de lo largo que era. Me decía que se consideraba una persona con educación, que no le gustaba ser cortante, pero que le parecía increíble e inaudito mi comportamiento, dejando que me lo pagasen todo sólo porque había ido a follar.
Que si, en ese momento, no podía aportar económicamente, había tenido mil opciones para poderme justificar, tipo la próxima vez pago yo, o ya te pagaré la mitad cuando me vaya mejor… Que había mil excusas que podría haberle dado pero que yo no había dicho absolutamente nada, cero.
Y que le jodía porque yo le parecía una tía inteligente, preciosa y que le encantaba. Pero que su dignidad le obligaba directamente a cortar la relación conmigo. Y que como, gracias a Dios, nuestro trabajo lo facilitaba, que no iba a volver a hablarme.
Ha cumplido. Me ha hecho un ghosting en toda regla. Y todo por no hacer el gesto de pagar.
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