Nunca he sido una persona miedosa ni de esas que piensan siempre en lo peor, así que durante el embarazo me dediqué a disfrutar y no fui a clases de preparto ni hice nada de lo que recomendaron que hiciera, simplemente por eso, porque no tenía ningún miedo del parto. Algunas de mis amigas devoraban libros que no hacían más que hablar de lo mal que se pasa y te lo hacen pasar en el hospital, y yo decidí que para qué me iba a meter movidas chungas en la cabeza. Llegó el día y me fui para allí tan contenta. 

Los dolores comenzaron bastante más tarde, porque una vez que llegué allí, yo me cerré como un molusco y aquello se paró del todo, así que tardó en reanudarse lo que viene siendo la dilatación y todo eso. Aquello se iba alargando y el personal iba cambiando de turno, cosa que me daba un bajón impresionante porque acentuaba lo eterno que estaba siendo. Hasta un momento dado solo me habían visto algunas matronas y todo el personal en prácticas de toda la provincia, eso seguro. De repente, oigo que le dicen a mi pareja que estaba en camino el ginecólogo, y escucho que se refieren a él como Doctor Montes. Os juro que se me congeló hasta la placenta. Un Doctor Montes ginecólogo solo podía hacer referencia al que fue el novio de mi madre durante algo más de un año; un tío soso, sin gracia alguna (Flanders le llamábamos) del que nos reímos hasta la saciedad mi hermana, yo, y al final hasta mi propia madre. Madre mía, no había ni contemplado la posiblidad de que fuera Flanders quien trajera a mi hijo al mundo, qué grima, qué mal. Quise pedir un cambio de médico, pero me pareció todavía más violento, así que decidí callarme, pero eso no le hizo ningún favor a mi parto, que decidió seguir parado durante varias horas más. 

Cuando apareció, actuó sorprendido, no sé si sería fingido o no, igual ya saben el nombre de la parturienta de antemano. La cosa entre él y mi madre acabó con ella haciéndole un ghosting exagerado, así que no hacía más que desear muy fuerte que Flanders no decidiera vengarse conmigo. En realidad tenía otro aspecto así, vestido con bata blanca y revestido de esa autoridad que se otorgan a sí mismos los médicos, en general. Sí que daba el pego y no parecía el pringadillo que en realidad era.

Charlamos un poco, así, las típicas tonterías que se dicen en una situación tan incómoda como aquella, y enseguida empezó la fiesta. Más de 20 horas después de haber entrado por la puerta del hospital, las contracciones empezaron a doler como si estuviera el mismo demonio abriéndome en dos. Me volví loca, chillé, grité, supliqué para que me pusieran la epidural, hay momentos que ni siquiera recuerdo, como alguno de mis ciegos más gordos. Flanders se mostraba ya un tanto agitado e impaciente conmigo, quizá él a mí me tuviera la misma estima que yo a él. Me dijo cosas como “no estás empujando bien”, o “si dejas de gritar y  me escuchas…”. Podría haberlo matado. El caso es que me hizo un tacto y decidió que el cuello de mi útero era demasiado estrecho y que tendrían que practicarme una cesárea.

Para entonces, ya llevaba 30 horas allí. Me dio rabia porque eso significaba que todo aquel sufrimiento había sido en balde, pero la verdad es que yo lo único que quería ya es que me sacaran a mi hijo de dentro. No podía más. Pues el infierno todavía no había acabado. Cuando acabaron la operación, se llevaron a mi bebé corriendo, sin decir absolutamente nada, y cuando yo le preguntaba a Flanders, llorando, a ver si estaba bien, él me decía “está con los médicos”. Ni una sola palabra para tranquilizarme, mientras yo me volvía loca pensando en lo peor.

Por fin, volvieron con el bebé, sano y salvo, y el tonto del culo no hizo ni despedirse. Luego pensé que quizá quiso huir de una posible visita de mi madre, pero su actuación como médico no la justifica nada.  

 

Anónimo

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