Hace muchos años coincidí con un amigo de toda la vida en una hora muerta que tenía que pasar, como cada semana, en una cafetería mientras mi hijo mayor acudía a sus sesiones con la logopeda. Él me vio allí sola y se sentó conmigo a tomar café. Mi “tomar café” es algo falso, pues a mí me sienta fatal y siempre tomo infusiones. Ese día, con el papelito minúsculo de la infusión, mi amigo me hizo una pajarita de papel. Me hizo gracia y la guardé en la cartera.

Desde ese día, cuando estaba agobiada por tener que estar allí sin poder hacer nada más ni irme muy lejos por si me necesitaban, llamaba a mi amigo, que venía y me acompañaba ese ratito que pasó a ser muy agradable. Al fin tenía un rato de distensión acompañada por alguien agradable que, además, siempre encontraba la manera de sacarme una o dos carcajadas. Tal y como era mi vida entonces, no era muy habitual poder desconectar y, menos aún, encontrar un motivo para reír.

Yo seguía en mi empeño de encontrar a la mujer ideal para él. Siempre había sido tan buen amigo para mí que me parecía imposible que ninguna mujer se diera cuenta de que podría ser el compañero perfecto.

Los años pasaron y yo me separé del padre de mis hijos. Entonces tomaba muchas infusiones, pues estaba permanentemente nerviosa y me sentía físicamente mal constantemente. Mientras lloraba mis penas en presencia de mis amigos, B me escuchaba mientras convertía esos pequeños pedacitos de papel en pajaritas y, discretamente, me las dejaba encima del paquete de tabaco, de la cartera o de cualquier sitio donde yo la encontrase antes de irnos. Aquellas pajaritas, de pronto, eran algo nuestro, eran su forma de consolarme y acompañarme.

Os he contado en alguna ocasión cómo fue nuestra historia y, aunque al escribirla yo también la veo venir como algo evidente, os prometo que a nosotros nos cogió totalmente desprevenidos.

Cuando pasé de recibir pajaritas minúsculas alguna tarde en una cafetería a tener mi pajarita cada noche en mi mesa mientras me siento a escribir, no me lo pude creer. Ese hombre que evitaba mirarme a la cara cuando me ponía triste para no hacerme sentir incómoda, ahora me dedicaba todos sus pequeños trabajos de origami a mí y había explorado una y mil formas de acompañarme en los momentos difíciles (y en los no tan difíciles).

Mi hijo mediano ha empezado ahora a querer imitarlo y, la verdad, no se le da mal en absoluto. Todavía no puede conseguirlo con papeles tan pequeños, pero hace unos aviones con los tickets del súper muy chulos.

Las pajaritas de papel han invadido mi vida. Mi casa está llena de ellas, pero siempre, siempre intento llevar una en mi cartera que me teletransporta a aquel tiempo en que sentía que la vida se me escapaba y, con las manos calientes sujetando una taza, olvidaba mis miserias en compañía de alguien que la vida me había puesto delante para que recordase cómo es reír.

Luna Purple