Eso del “yo nunca haría…” siempre lo he tratado con cautela. Tengo unos principios básicos asentados e inamovibles, pero también tengo otros tantos valores abiertos a sufrir modificaciones con la experiencia y el paso de los años. Y me atrevo a asegurar, que lo del “yo nunca me acostaría con un hombre casado” es uno de esos valores que nos estallan a muchas en la cara. En mi caso doblemente: primero para hacer lo que dije que nunca haría, y segundo para asegurar que nunca más volvería a hacerlo. ¿O tal vez sí?

Como en muchos casos que me constan, al conocer a Rafa yo no sabía de su estado, pero nada más que empezamos a hablar sospeché. Tengo que confesar que me hacía gracia la situación: él y la necesidad de desmontar su historia y descubrir a qué estaba jugando. Pero no me las voy a dar de gran investigadora, pues Rafa era muy muy torpe.

Aseguraba que estaba separado, con un bebé y que era policía nacional en no recuerdo dónde. Justo en el detalle de su profesión le pillé la primera mentira: me manda una foto de uniforme, y el escudo claramente era de la policía local. Se excusa diciendo que quería preservar su ubicación profesional por seguridad, pero que tiene muchas ganas de quedar conmigo.

Eso fue lo siguiente que me llamó la atención: no podíamos vernos en una cafetería (todavía nos acostumbrábamos a la nueva libertad post pandemia). Además tenía que ser en mi casa, pues en la suya estaba su madre que venía desde otra ciudad a ayudarle con su bebé. Esto también hizo que me saltaran las alarmas ya que no me parecía muy normal, ni lo del miedo a las terrazas ni la logística del cuidado de su bebé. Puede pasar en algún caso, pero que un padre sea el que se encargue en solitario de un bebé tan pequeño porque, según él, la madre se desentiende, también me resulta difícil de creer.

El caso es que yo no terminaba de ver lo de quedar con Rafa y eso que era bastante atractivo y me ponía muchísimo. Pero entre que estaba obsesionado con el sexting y que yo no iba a invitarle a mi casa directamente, no llegábamos a ponernos de acuerdo. Pasaron las semanas, hablábamos casi a diario, me pedía fotos, él me las mandaba… De nuevo, gracias a una de estas fotos, me fijé en algo que me llamó la atención. Era un selfie sentado en la cama de su torso y su abultado paquete, pero en el fondo se veía pegada la cuna de su bebé al otro lado de la cama. Yo tengo hijos, y la cuna siempre iba junto a mi lado para tenerlos más a mano. Esa disposición del dormitorio para un padre “soltero” me escamó. Pero en la app en la que le conocí tenía fotos claramente de su cara… así que ¿cómo iba a arriesgarse a eso un hombre casado?

Para intentar salvar un montón de inconsistencias, terminó por decir que su mujer y él seguían viviendo juntos por el bebé, pero que iban a separarse.

Un día, como tantos otros en los que me aburría, me animó a acercarme a un parque en el que iba a estar con su hijo, para que nos conociéramos. Y allí que me fui, simplemente por la curiosidad de desvirtualizarlo después de varios meses escribiéndonos y llamándonos. Físicamente era tal y como imaginaba, pero su historia se terminó por desmontar. Por cada frase que decía, un dato nuevo que no cuadraba con la vida que se había montado. Muy hábil para ser un infiel no era el muchacho… En resumen: Rafa estaba “felizmente” casado con su mujer, pero quería acostarse con otra. Bueno, conmigo, aunque cualquiera le valía creo yo.

Y sí, no tardó en quedar con otra mujer en un hotel. Me contó que habían pasado unas horas maravillosa, dándole fuerte y flojo, y disfrutado muchísimo. Y yo me alegré, pues ya no me sentía tan tan culpable si hacía lo mismo con él. ¡No iba a ser yo la que se metiera en su matrimonio! Así que al final me atreví a invitarle a casa. La verdad es que lo pasamos bien, era agradable hablar con él y el sexo también bastante bien, no lo voy a negar. Pero saqué dos mentiras más: no era Rafa (se le escapó su nombre real, pero seguiremos llamándole así) y no había existido esa quedada con esa otra mujer. 

Después se fue a su casa y yo a otra cita, eso no le sentó nada bien. ¡Pero si él estaba casado! ¿Cómo no iba yo a poder quedar con otros? El caso es que mi cita no salió como esperaba, y yo estaba caliente, y Rafa quería verme otra vez… Así que me pasé por su casa. De verdad que alucinaba con la poquísima vergüenza que ese hombre podía llegar tener. Y yo detrás, no me escondo (ni me enorgullezco). Follamos en su sofá y perdió el poco anonimato que le podía quedar: fotos por todos lados, nombres, apellidos, su dirección…

Al terminar, me fui decidida a que no se repitiera más. Ya me había quitado la curiosidad y el calentón, y esperaba que a él le sirviera o para dejar a su pobre mujer o para desahogarse y ponerle ganas a su matrimonio de nuevo. Pero todavía tenía que sorprenderme un poco más.

De vez en cuando me volvía a aparecer en las app para ligar, con su foto, pero con un perfil completamente falso: soltero, con gato (¿¡qué gato?!), buscando una relación formal y tener hijos. Ahí ya sí empezó a darme miedito, ni para amistad quería a una persona así en mi vida. Y así se lo dije, pero no lo entendía. No hacía más que escribirme y llamarme. Me decía que yo era especial, que teníamos algo y que no quería perderme. Le bloqueé de Whatsapp, días después me escribió por Telegram (bloqueado también) y varios meses después me llamó al móvil (de nuevo BLOQUEAR). 

De verdad que creía que ya había asumido mi rechazo, pero ¡sorpresa! NO. Como si estar escribiendo esto le hubiese atraído de nuevo a mí, más de un año después de todo, y el otro día vuelve a llamarme (y, por el número fijo, creo que desde la comisaría donde trabaja). “¿Cómo estás?” me dice. Y yo: “Ya te dije que no quería saber más de ti”. No ha insistido, y espero que ya sí le haya quedado claro. Si la mayoría de tíos son dados a desaparecer… ¿por qué precisamente este, casado, tenía que empecinarse tanto en mí?

AROH